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5.6.12

La culpa es de Cobain

-       ¿Por qué hay tantos hipsters?
-       La culpa es de Kurt Cobain. Camina.
-       ¿De Cobain?
-       Sí. Ese cabrón llenó al mundo de desesperanza.
-       A mi me gusta Cobain. Siempre me ha gustado.
-       Su desesperanza contagiosa nos ha traído a lo que somos. Tenemos tan poca fe en el futuro que nos aferramos al pasado. Por eso reaparecen las cámaras Lomo, por eso la estética añeja está de moda. Queremos un pasado que no nos pertenece, nos aferramos a eso. El futuro nos pinta tan mal. Camina
-      Voy.
-       Los ochentas sí fueron vanguardistas, la gente se atrevió a crear, a imaginar otras cosas. No esa mierda de los noventas. Estamos estancados. Pero, vamos para atrás.
-       Espera. El semáforo.
-       Puto Cobain. No se podía quedar quieto. No se ha hecho nada nuevo desde entonces.
-       El reggaeton…
-       Estás para la joda. Verde. Vamos.
-       Vamos.

1.12.07

La intrascendente historia de Paco Alegría


Cuando Paco Alegría cumplió setenta años contaba con 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos, legítimos y presentados en la parroquia como mandaba la ley. Todos varones, llevaban el apellido del patriarca, que no era poca cosa.

Paco Alegría siempre se hizo una promesa que, a estas alturas de su vida ya había cumplido notablemente. “El apellido debe multiplicarse”, se juró estando muy joven. No era una pretensión de casta. No había un dejo de banalidad en aquello.

Paco, en su momento, fue el último de los Alegría. Había quedado solo, por cosas del azar y de un mundo cada vez más injusto. Una mañana se percató de eso. Buscando en la guía telefónica, notó que el único era él. Al principio pensó que era un error de imprenta y llamó, sólo para confirmar la precisión de los datos publicados. Indagó en los archivos municipales, en las listas del registro de identificación. En embajadas. En todos lados. Nada. Paco Alegría era único en el mundo. Ahora le tocaba revertir aquella calamidad.

Y así conoció a la señora Alegría. Ella, rubia como él, murió hace unos años. Murió convencida de que el primer encuentro con Paco había sido fortuito. Que el destino, al que tanta fe siempre le tuvo, los había puesto en el mismo camino. Nada más lejos de la verdad. El buen Paco la había visto varias veces caminando calle abajo temprano en las mañanas. En una oportunidad, tratando de llamar su atención, la detuvo y le pidió la hora. Ella iba muy apurada. “Son las siete”, respondió sin levantar la mirada hacia él. Entonces, Paco tuvo la certeza que hace sonreír. Supo que era ella.

A las siete de la mañana del día siguiente, Paco le volvió a preguntar la hora. Ella respondió y siguió su camino. Ese día se vieron por primera vez a los ojos. Por un segundo, tal vez. Un instante que fue largo más allá de la demencia del tiempo. Los días pasaban y con una puntualidad milimétrica ambos se encontraban en el mismo lugar, a las siete de la mañana. Vaya que era difícil lograrlo, pero bien valía el esfuerzo. “Ya son las siete, hora de verte otra vez”, le decía Paco. Ella sonreía y apuraba el paso como tratando de apurar la marcha de los minutos y las horas y así hacer que la mañana siguiente llegara más rápido.

Un día ella, puntual como siempre, llegó a la cita de rutina. Paco no estaba y eso la desconcertó. Siguió caminando, pero esta vez su paso perdió la agilidad de siempre. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y ahí estaba él, esperándola. “Deja que te acompañe más allá de las siete”, le dijo Paco. Y así caminaron hasta llegar al destino, en donde les esperaban 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos. Todos Alegría.

Ubicación al escribir esta entrada:
Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50'W

Recomendaciones de hoy:
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27.4.07

Ciudad múltiple


Acá en mi ciudad el día puede comenzar en Bello Monte. Te verás echado sobre una helada plancha de aluminio, usando una incómoda etiqueta en el pie. Algunas veces el día se transforma en prolongación de la noche y el guaguancó no termina nunca. También hay días que se ven nacer desde el club, con los campos de golf de fondo y un conleche en la taza. El día es día antes del sol, muy temprano cuando saludas al quiosquero o haces colas interminables para agarrar el primero de los carritos de tu jornada. Hay días de días, como esos en los que amaneces empiernado con la más fugaz de las pasiones. Hay días de lluvia y otros calurosos. Caracas y su rutina que parece tragar tu espíritu para llevarlo por el drenaje que desemboca en el Guaire; río que nunca más fue un río, por lo menos no uno apetecible, pero sigue estando ahí para recordarnos la ciudad que somos.

Un día te topas con una mujer embarazada manejando una moto china y otro te encuentras subiendo las longuísimas escaleras del cerro para llegar al hogar después de una jornada de trabajo inclemente. Hay días de no hacer nada y otros de subir el Ávila con ganas y bajar exhausto. Un día vi la muerte cerca de la Concepción Palacios donde a veces se confunden a los bebés y nace todo el mundo. Acá en Caracas, ciudad de profundos contrastes, el verde se mezcla con el concreto y el smog arropa sin que lo notes. Acá las mujeres siempre son bellas y nunca paran de caminar. Acá, en Caracas, hay colinas, montes y valles, cerros y calles desordenadas que nunca se encuentran con semáforos. La basura abunda frente al museo de mi ciudad y en los domingos de parrilla o mondongo en lata las plazas están más solas que los centros comerciales.

En Caracas no nos vemos a los ojos, con la falta que nos hace. En Caracas, ciudad profunda, nos nos conocemos y constantemente negamos al otro, como si este y oeste estuvieran divorciados irremediablemente. Sobrevivimos en realidades opuestas, que se desencuentran aquí y más allá; la ciudad se convierte en cosa ajena, cosa de otros, de aquellos que nos miran a lo lejos. Y aun hoy, por negligencia, no conocemos a fondo la ciudad que despierta de madrugada y no se acuesta nunca; ciudad que devoramos y nos devora. Caracas, la de los afectos y demonios. La ciudad que cada día está más viva.

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