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8.10.06

Crónicas de un mochilero (XIII)

A una noche de París

Ya mi estadía en Barcelona se había prolongado por muchos días. Una semana más de lo que tenía previsto. Había llegado el momento de empacar todo y comenzar el verdadero viaje. En los planes originales, los que teníamos en mente con varios meses de antelación, el Tuyío y yo recorreríamos Europa. Por lo menos, él me acompañaría por una buena parte del camino. Pero, como siempre sucede en estos casos, lo que teníamos previsto no se cumplió.

Jorge, su hermano mayor, estaría hospitalizado unos cuantos días a causa de las quemaduras, así que el Tuyío decidió quedarse con él. Acto —comprensible por demás— que me dejaría a la deriva. Si bien es cierto que me había planteado el viaje como una aventura, nunca imaginé sus dimensiones, porque nunca tomé en cuenta que me encontraría completamente sólo en países desconocidos. Mi único respaldo serían los apuntes de ciertos hostales que había encontrado por internet estando en Caracas y mi dominio estándar de el inglés, única lengua que me serviría para comunicarme fuera de España.

Ese tren que me llevaría desde la Estación de Sants, en pleno corazón férreo de Barcelona, hasta el Gare du Nord, en la mismísima ciudad de París, sería mi primer tren. Nunca antes había viajado en uno y no sabía realmente cómo funcionaba el sistema. Me encomendé a la lógica, que también sirvió de mucho, aunque la práctica me demostraría luego que la lógica no es infalible.

Salí con rumbo a Francia un sábado a las 20:00 horas. Todos los viajes largos en tren los pensé en horario nocturno, así podría aprovechar al máximo los días. Minutos antes, mientras esperaba en la estación para abordar mi primer tren, tuve miedo por un instante. Me sentía desnudo. Éramos mi mochila y yo. Nosotros contra lo que viniera, contra lo desconocido que, pronto, ya no lo sería más.

De tanto pensar en lo que estaría por venir se me pasó el tiempo y al fin llegó el tren. Las primeras horas del trayecto las pasé imaginando, fantaseando. No podía quedarme dormido. Los pequeños asientos tampoco ayudaron mucho en ese sentido. El tren se detuvo en la frontera franco—española. Ahí tuvimos oportunidad de bajarnos, mientras los mecánicos del tren lo colocaban en los rieles franceses. Fue el lugar perfecto para dormir un poco. Compré una botella de agua y me tiré en el suelo de la estación usando la mochila como almohada. Ya era oficialmente un mochilero.

Pasaron menos de treinta minutos y abordamos otra vez. En ese momento volví a pensar en lo que estaba por venir. ¡Qué carajo!, me dije. Lo mejor está por pasar. No imaginaba lo que me tocaría vivir durante las próximas siete semanas. Lo único que tenía seguro es que primero sería París.

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16.7.06

Crónicas de un mochilero (XII)


La gent blaugrana

Tot el camp
és un clam
som la gent blaugrana
Tant se val d'on venim
si del sud o del nord
ara estem d'acord, estem d'acord,
una bandera ens agermana


Ahí estaba yo, con mi camisa del Boca Juniors, cómodamente sentado en un asiento de la segunda bandeja, justo en el cráter de un volcán que tenía muchos años con ganas de hacer erupción: el Camp Nou. A mi alrededor habían poco más de 98.000 aficionados del Barca; todos sedientos de victoria.

Desde afuera, el Camp Nou no sorpende por sus dimensiones. “Es que el estadio es engañoso. Igual que los culés. No se puede confiar en ellos”, me dijo un amigo, hincha del Real Madrid, por supuesto. Lo cierto es que este recinto, el más grande de Europa, está construido por debajo del nivel de suelo, así que las personas que caminan por la avenida Aristides Mallol apenas detallan la parte superior del estadio; lo que sobresale del subsuelo. El resto del coso está adherido a lo más profundo de las entrañas de la ciudad; así como todo lo referente al FC Barcelona. Hablar de la ciudad condal y del club que lleva su nombre, es prácticamente lo mismo.

Esa tarde/noche se celebraba el tradicional trofeo Joan Gamper, en honor al fundador del club. En este partido se hace oficial la presentación de toda la plantilla a la afición. Así que el espectáculo siempre promete. La voz del estadio va anunciando a cada uno de los jugadores antes de saltar a la grama y el público responde con gritos de euforia cada vez.

A mi lado estaba un aficionado culé que durante todo el partido no hizo más que quejarse del equipo. Con su voz ronca y desgarradora, gritaba a los cuatro vientos cualquier cosa que se le venía a la cabeza: “¡Me cago en los muertos de tu abuela, Rijkaard!” “¡Gerard al Valencia!” “¡A mover el culo, gilipollas!” “¡Geraaaaaaard al Valencia!” “¡No me rompas los cojones!” “¡Gerard al Valenciaaaaaaa!”. Todo le parecía mal, especialmente todo lo que hacía Gerard. Nada estaba ejecutado correctamente por los jugadores en el campo. Este señor sufría del síndrome de “DT en tribuna”, enfermedad que aqueja a más de uno que siempre cree saber más que los entrenadores, el presidente del club y el todopoderoso Johan Cruyff. —Mentira, lo que dice Cruyff en Barcelona es palabra santa.—

Los bosteros se adelantaron en el marcador. Anotó el gol un tal Carlos Tévez y lo celebró en grande. Fue un disparo que pegó en poste superior del arco y apenas traspasó la linea de gol. FC Barcelona 0 — Boca Juniors 1, se leía en la pizarra electrónica. Yo, estaba muy feliz. En principio, porque Boca es un gran club; después, porque eso hacía molestar mucho más al tipo que estaba a mi lado; también, estaba acompañado por El Tuyío, Arturito, Jorge y El Maestro, todos culés hasta los tuétanos, así que eso los amargaba más y despertaba el fantasma de no ganar un título en años; por último, soy madridista y es intrínseca la alegría en mi cuando el Barca cae en desgracia. Qué se le puede hacer.

El Barca reaccionó después del gol encajado. Para mi desgracia, ese año a la nueva presidencia del club se le había ocurrido fichar a un jugador brasileño. Un tipo que hace del fútbol un deporte inverosímil con tanta magia y, para más, se la vive mostrando una gigantesca sonrisa imperfecta, cargada de alegría y de inocencia infantil. Él, realmente juega con el fútbol: Ronaldinho Gaucho. En ese primer partido ante su nueva afición, Ronaldinho parecía decirle a todos que nuevos tiempos llegarían. Caños, pases magníficos y paredes irreales nos regaló el carioca en su primera noche. Nosotros —porque no puedo negarlo— respondimos con aplausos infinitos.

El Barca empataría un juego que, luego, ganaría en penales. Como si hubiese escuchado durante todo el encuentro esa voz atorrante y carrasposa que tanto le recordaba lo mal que jugaba al fútbol, Gerard anotó el tanto de darle el empate a su equipo y lo celebró viendo hacia donde estaba sentado el viejo a mi lado. Gerard parecía verle a los ojos. En nuestra fila se sintió un silencio que duró un par de segundos, a pesar de que el estadio se caia de emoción. En eso, mi vecino de butaca sólo grito: “¡Yo sabía, chaval! ¡Qué gran gol! ¡Qué grande eres Geraaaaaaaaaaaaard!”

Recomendaciones de hoy:
El blog: Hala Madrid - El sitio: Real Madrid - La peli: Real, la película, dirigida por Borja Manso - El trago: Madrid - La Ñapa: "illa, illa, illa, Juanito maravilla, se ve, se siente, Juanito está presente"

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25.6.06

Crónicas de un mochilero (XI)

“Hoy conocimos Montjuic”

El Tuyío debía hacerle compañía a Jorge en el hospital. Así que sólo Cori y yo nos dedicaríamos a recorrer Barcelona. De todos los del grupo, éramos los que conocíamos menos la ciudad. De cualquier forma, decidimos comenzar por Montjuic. De referencia sabíamos que era una montaña —¡duh!— y que ahí estaba el estadio del Spanyol. Sólo eso.

Tomamos el mapa y vimos que se podía subir en teleférico. Así que fuimos después del desayuno hasta allá. Pasamos todo el día juntos y en la tarde regresamos al apartamento. Un par de horas después, ya casi de noche, quedamos con El Tuyío para ir a cenar algo los tres. Nos queríamos dar un gusto.

En principio, teníamos planes de ir al Hard Rock Café, pero el sitio estaba muy lleno y no valía la pena tanto agite para comer unas hamburguesas. Caminamos un poco por La Rambla y dimos con el sitio: un restaurante italiano que quedaba cerca de Plaza Catalunya. Nos sentamos en una mesa que estaba en piso superior del local y ordenamos.

— ¿Qué hicieron hoy?— nos preguntó El Tuyío después de pedirle al mesonero unas cervezas que aparecían en la carta y tenían un nombre extraño. Eran las más caras.

— Fuimos a Montjuic. La pasamos fino — respondió Cori.

— Sí, subimos por el teleférico. Llegamos al castillo y recorrimos todo el museo que hay ahí. Tomamos un montón de fotos.

El castillo en cuestión es el viejo Castell del Port. Está situado en la cima de Montjuic y era un punto estratégico siglos atrás ya que desde ahí se puede divisar la ciudad por una parte y, por el otro costado, se ve el hermoso mar Mediterráneo. Ahora, el castillo abre sus espacios para que funcione el museo militar.

— ¿Y qué más? — repreguntó El Tuyío.

— Bueno, eso ¡Hasta nos montamos a escondidas en una ametralladora antiaérea! Deja que revelemos las fotos para que veas— respondí orgulloso de nuestro acto cuasi vandálico.

— ¿Y entonces? — insistió mi diminuto amigo.

— Nada. Después de recorrer el museo completo nos tomamos unos refrescos y bajamos— le dijo Cori.

— ¿No fueron al Poble Spanyol, al Palau Sant Jordi o al Museo de Arte de Cataluña?

Cori y yo nos miramos a la cara ¡Qué par de idiotas! Pasamos todo el día metidos en un castillo pensando que sólo de eso se trataba Montjuic. No conocimos más nada. Nos perdimos del resto. Se nos había olvidado ir al estadio donde se celebraron las olimpíadas del 92. No le preguntamos nada a nadie y ni siquiera miramos el mapa ¡Qué par de tontos!

En ese momento llegó el mesonero con las cervezas de extraño nombre que había ordenado El Tuyío. Las destapó y sirvió en los vasos. Sabían extraño. Luego nos dimos cuenta que eran cervezas sin alcohol ¡Vaya día! ¡Salud!

Recomendaciones de hoy:
El blog: Daniel Chapela - El sitio: Cartman Land - La peli: Central do Brasil, dirigida por Walter Salles - El trago: Cerveza (sin alcohol) - La Ñapa: Festival Latinoamericano de cortos
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20.6.06

Crónicas de un mochilero (X)

Detrás de la pared de vidrio
La escena no comienza en el séptimo piso del Hospital de Vall d'Hebron en Barcelona. Pero era en ese lugar donde estaba Jorge —el hermano mayor de El Tuyío— acostado en una cama reclinable, con todo el brazo derecho arropado por un grueso vendaje. De donde estábamos parados se veía a Jorge —a través de un grueso ventanal de vidrio— en primer plano. Al fondo se detallaba la silueta de un hombre mayor con todo el cuerpo lleno de vendas. Parecía momificado.

Cinco horas antes estábamos todos en el apartamento. Queríamos hacer algo en grupo, aprovechando que todos tenían el día libre, y gustó la idea de ir a un centro comercial a jugar bowling. El Tuyío, Cori y yo andábamos de vacaciones, pero el resto estaba ocupado con sus trabajos, así que teníamos que aprovechar ese día para salir en grupo. Todos estuvimos listos en el acto. Jorge pondría la nota diferente. Se quedaría en casa durmiendo. Estaba cansado. Al regreso nos tomaríamos unas cervezas jugando dominó, cosa que molestaba mucho a nuestros ancianos vecinos. Odiaban el ruido que hacían las piedras cuando chocaban contra la mesa. Pobres vecinos; tal vez no sabían que dominó sin ruido no es dominó.

La sala de bolos quedaba realmente lejos de la casa, pero casi no se notó la distancia. Cuando se está echando vaina con los amigos el tiempo acelera sus pulsaciones ¡Cómo echamos broma ese día en el metro! Parecíamos mamadores de gallo profesionales. Estábamos privados de risa. Hacíamos bromas entre nosotros y con nuestros compañeros de vagón. En un momento ellos comenzaron a reír también. Llegamos a la estación de destino. Cuando salimos a la superficie, todavía nos esperaban varias cuadras a pie hasta el centro comercial.

Mientras marchábamos desordenadamente, después de caminar largo trecho, el celular de El Tuyío empezó a sonar. Nosotros seguíamos jodiendo.

—¡Mierda, ya voy para allá!— gritó El Tuyío a su interlocutor por el celular. Su voz había pasado de ser alegre, para degradarse a un tono triste. Casi parecía llorar. Todo pasó en un segundo. Inmediatamente se dio media vuelta y salió corriendo en dirección a la estación de Metro.

Nadie preguntó nada y todos pegamos la carrera detrás de él. Yo no sabía por qué corría. Sólo pensaba que debía correr con fuerza. Sin detenerme. Todos lo sabíamos. El Tuyío corría muy rápido. Estaba desesperado. Corrió como nunca lo había visto correr en todos los años que llevo conociéndolo. Tal vez nunca más lo haga así. Llegó a la estación y justo pudo entrar en el tren antes de que las puertas se cerraran. Nosotros no lo logramos.

El regreso se hizo eterno. Esta vez nadie hablaba. No sabíamos qué había pasado. No podía ser algo bueno. El Master dijo, muy preocupado, que algo le había pasado a su hermano Jorge. Todos estábamos muy nerviosos. Cuando llegamos al edificio, nuestros ancianos vecinos nos informaron que una ambulancia se había llevado a Jorge. Ya El Tuyío había pasado por ahí. Nuestra tensión creció aun más. Fuimos de prisa al hospital.

Nos enteramos que en el séptimo piso del Hospital Universitario de Vall d'Hebron está la sala de quemados. Jorge tendría que estar ahí por varios días. Se quemó el brazo derecho y la mano de la forma más tonta. Estaba friendo unas papas. Pasó por el quirófano, porque tuvieron que hacerle un injerto de piel. Cuando llegamos al pasillo donde estaba el ventanal que nos separaba de la habitación ya El Tuyío estaba sentado a su lado. Vestía una bata de hospital, con su respectivo gorro y tapabocas. Los pacientes quemados deben ser tratados con mucho cuidado para evitar alguna infección.

Al principio nos comunicamos con señas a través del vidrio. Una enfermera se apiadó de nosotros y nos señaló un intercomunicador que estaba a un lado.
Jorge se percató y desde la habitación apretó el botón y dijo:

— ¡Aquí huele a parrilla!

Ese día parecíamos mamadores de gallo profesionales.

Nota del autor: Pido disculpas por no publicar las crónicas el día domingo.
Como dicen todos los que se excusan y no quieren dar explicaciones:
"fue por motivos de causa mayor".
Intentaré ponerme al día esta semana.
Les debo las recomendaciones y el Jurungando mi iTunes
que debería aparecer publicado hoy.


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11.6.06

Crónicas de un mochilero (IX)


Un sonido familiar

Con la llegada de Cori a Barcelona se completaría el grupo de manganzones que se hospedarían en el viejo 101 de Concell de Cent. Éramos cinco hombres vulgarmente desordenados y, ahora, se unía a nosotros una chica que distaba mucho de nuestras actitudes regulares; lo de Cori no era la ropa tirada en el piso y las comidas a destiempo.

Convivimos los seis durante una semana, con todo lo que eso implica en un apartamento que tenía distribuido en sus sesenta metros cuadrados dos habitaciones, una cocina, una sala/comedor y un baño. Creo que entre todos nosotros, a pesar de la amistad de años, habían muy pocas cosas en común —además de tener que compartir el baño—. Los seis estábamos allá en distintas etapas de vida, con diferentes búsquedas, en ondas ajenas. Algún parecido con un reality show es pura coincidencia.

Cori es la novia de Carlitos, uno de mis grandes amigos desde la infancia. En poco tiempo ella se había convertido en una más de nosotros. Ese verano viajó hasta la península a visitar a unos familiares en las afueras de Madrid. Semanas atrás, estando en Caracas, quedamos en vernos en España. Barcelona sería, de nuevo, el punto de encuentro.

La primera salida con Cori la hicimos hacia los lados de la Barceloneta. Estábamos Arturito, el Tuyío y yo. Conoceríamos la playa más famosa de Barcelona. Nos tomamos las respectivas fotos con el Mediterráneo de fondo y caminamos largo trecho por la arena. Los chapuzones en la playa fueron pocos, porque, a pesar del caluroso verano, el agua de la playa estaba helada. Mientras recorríamos la costa comenzamos a escuchar a lo lejos algo que nos parecía, a todos, muy familiar. Desde la distancia no se podía percibir el sonido con nitidez. Decidimos caminar guiados por ese indescifrable ruido.

Mientras más avanzábamos, más crecía nuestra espectativa. Por fin, después de unos cuantos metros, pudimos entender, al unísono, cual era el mensaje. “¡Buenas noches, cuerda de jodedores!” Al escuchar eso, todos nos sorpendimos —como si hubiéramos presenciado una revelación de la Virgen de Fátima— y alguien dijo: “Mierda, El Conde del Guácharo está acá!”. Por supuesto, apuramos el paso. También está claro que no era el conde en persona, pero no importaba. Cuando llegamos al chiringuito de donde venía la grabación nos sentíamos en El Picoteo. Inmediatamente pedimos hablar con el dueño del kiosco y, obviamente, era venezolano. Sin pensarlo dos veces, nos sentamos y pedimos la primera jarra de sangría bien fría.

El ambiente estaba genial. Hablamos mucho y bebimos más. En un momento la mesa estuvo llena de jarrones que, no hace mucho, contenían sangría. El dj del sitio repitió mil veces un disco de Los Amigos Invisibles y no estuvo tan mal. La cosa iba muy bien, pero el clímax lo alcanzamos cuando se acercaron a nosotros un grupo de italianas bellísimas. Compartimos chistes y bebidas con ellas. Las tipas eran lindísimas. Para tener respaldo de ese encuentro comenzamos a tomarnos fotos con las ragazzas. Quisieron darse un baño de mar y nosotros, ni cortos ni perezosos, secundamos la idea. Pero no todo puede ser tan perfecto. En ese momento llegaron los novios de las chicas. Comprendimos que estábamos fuera de competencia cuando ellas entraron al agua en topless tomadas de la mano con su pareja.

Resignados —y bastante borrachos— nos quedamos sentados en la arena. Yo caí dormido en el acto. Al rato, Cori me levantó. Ella no bebe nada de alcohol. No le gusta. Así que era la más sobria en un perímetro de mil metros. Justo al despertarme aceptó, sin saberlo, una curiosa responsabilidad. Desde ese día se convertiría en la encargada de guiar nuestro camino durante y después de las peas hasta que llegáramos a casa. En especial las mías. Era —oficialmente— mi compañera de camino no alcoholizada.

Recomendaciones de hoy:
El blog: Rafael Nadal - El sitio: El Chiringuito - La peli: The Virgin Suicides, dirigida por Sofia Coppola - El trago: Sangría - La Ñapa: ¿Más salado que Raúl?

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4.6.06

Crónicas de un mochilero (VIII)

El bar de Joan´s

Quedaba a media cuadra del apartamento. Era un sitio pequeño que contaba con una barra, una máquina de cigarrillos y varias mesas. Tenía dos televisores colocados en las esquinas. En la acera del local habían cuatro mesas para que los clientes pudieran consumir al aire libre. En las noches, cuando teníamos algo de plata extra íbamos a comer a donde Joan. Él nos preparaba unos bocadillos de jamón serrano o unas patatas bravas y veíamos los juegos de fútbol, hablábamos de política, del clima, de cualquier vaina. Llegábamos a ese bar a filosofar libando unas cervezas. Nuestras charlas se extendían por horas. En ocasiones, cerrábamos la santamaría del sitio y quedábamos adentro para no cortar en seco nuestras deliberaciones.

El dueño del local, Joan, es un tipo de más de cuarenta años. Su edad se ve reflejada por la calvicie que trata de ocultar. Su mal humor es directamente proporcional a la lluvia. Cuando llueve es mejor no ir hasta el bar. También influye en su estado de ánimo que su ayudante/amante haga las cosas como él quiere. Pedro es su mancebo. Es un inmigrante ilegal, que llegó a tierras catalanas directo desde Perú. No sé, a ciencia cierta, cómo aterrizó en el bar, pero después de unos meses compartía la cama con el dueño. Pedro era sumiso, buena gente, pero muy pendejo. Imagino que tenía que soportar los gritos de Joan, porque no le quedaba más remedio.

Al bar de Joan´s —porque así se llamaba, se podía leer clarito en el letrero que daba a la calle, “El Bar de Joan´s”, con apóstrofe, mariquísimo— siempre asistían las mismas personas. Éramos un pequeño club que no necesitaba membresía, aunque sí unos euros en el bolsillo. Cuando uno estaba en urgencia extrema, podía pedir fiado, pero a Joan no se le olvidaba. Nuestros compañeros de tertulia nos doblaban la edad, podíamos ser nietos de muchos, pero eso no era problema. Al entrar nos convertíamos en unos viejos jubilados. Estoy seguro que, de alguna manera, ellos agradecían —sin hacerlo— nuestra presencia en el bar.

— Tuyío, mira la hora. Vámonos— le dije con cerveza en mano.
— ¡Mierda! Joan, te pagamos mañana. Dejamos la plata en la casa.— balbuceó dirigiéndose al hombre que estaba detrás de la barra.
— No hay problema. No te acostumbres— respondió el dueño del bar, como aliviado, porque éramos los últimos en el lugar.

Nos teníamos que ir a dormir un rato, porque debíamos estar temprano en el aeropuerto. A las nueve de la mañana llegaba Cori desde Madrid.

Recomendaciones de hoy:

El blog: Sumito Estevez - El sitio: Live Score - La peli: Mighty Aphrodite, dirigida por Woody Allen - El trago: Hot Bitch - La Ñapa: ¿Cine independiente en Guarenas?

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28.5.06

Crónicas de un mochilero (VII)


Rambla pa'qui Rambla pa'lla

El verano en Barcelona, además de ser muy caluroso, tiene la particularidad de brindarle a los visitantes —y, cómo no, a los lugareños— una invitación constante a salir de noche. Es que la impresión que se puede tener de una ciudad que tiene dos bares por cada cuadra no puede ser otra. Hay que beber.

A mi, como no me gusta la cosa, me pareció grandioso. El ambiente de fiesta se respira en las calles. Caminando por la Barceloneta o por el Barrio Gótico uno se puede topar con mucha gente venida de distintos lugares del planeta que, además de ir a Parc Guell o subir a Montijuic, va a disfrutar de los placeres que ofrece la noche catalana. Una cerveza para comenzar.

Además de contar con un montón de locales para todos los gustos, la cosa se hace más fácil porque el metro cierra entrada la medianoche y abre a las cinco de la mañana cuando termina la juerga. Así que desplazarse no es gran problema. Por eso no es difícil toparse con un montón de jóvenes —que son minoría en la sociedad española— acostados en las puertas del metro esperando a que este servicio inicie las actividades. Para más, en La Rambla, esa calle enorme, se encuentran muchos locales nocturnos. Uno se puede ir de marcha. Puede visitar varios locales caminando de un sitio a otro. En la misma zona. En la misma calle. El ron me lo sirve con poca Coca Cola, por favor.

Por si fuera poco, es en verano cuando se celebran las fiestas de Gracia. Las calles se abarrotan de gente bebiendo calimocho o cualquier otra bebida espirituosa —hay quienes aderezan la velada con un poco de hachís suministrado por cualquiera de los muchos vendedores que abundan por esos sitios—. En cada plaza hay una actividad diferente, con música en vivo y cada vecino se esmera porque su sector sea el que está mejor decorado y cuenta con mayores atracciones para los abundantes visitantes. Esa fiesta dura una semana. Toda una semana. ¡El chupito de tequila lo brindo yo!

De las mujeres sólo puedo decir que abundan. Las catalanas son muy lindas, pero hay para escoger. Te puedes topar con africanas, latinas, de todas parte de Europa y asiáticas. Es un desfile que no termina nunca. Se les puede ver solas o en grupos. Ebrias o drogadas. Bailando o haciendo el intento. Eso sí, siempre desinhibidas. No hay espacio para la doble moral entre tanta gente. ¡Pásame la botella!

No sé si fue por todo eso que mi estadía en Barcelona se alargó una semana más de lo estipulado en los planes originales, pero es seguro que no me arrepiento. Todavía me veo —con esa cara de estropeado— a las puertas del metro cantando: “Rambla pa'qui, rambla pa'lla. Esa es la Rumba de Barcelona”

Recomendaciones de hoy:
El blog: schhh - El sitio: Barcelona de noche - La peli (se estrena en noviembre): Babel, dirigida por Alejandro González Iñárritu - El trago: Frozen Barcelona - La Ñapa: Hasta en basquet

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21.5.06

Crónicas de un mochilero (VI)


Cuarenta grados a la sombra


El primer día, fui a conocer el barrio con El Tuyío. Me mostró dónde quedaban los bares de confianza —es decir, dónde nos podían fiar—, el supermercado y el abasto de los chinos. Los chinos vendían harina pan y malta. “!Estos carajos son arrechos!”. Luego fuimos a comprar tres Xibecas de un litro —estas cervezas eran las más baratas. Costaban 99 centavos— para comenzar a celebrar mi llegada. En la mochila yo traía dos botellas de ron, un cartón de cigarros y dos litros de Coconís —la bebida favorita de El Maestro—. Con eso teníamos material suficiente para comenzar la celebración. Cuando íbamos de regreso al apartamento le dije:
—Tuyío, vamos al abasto a comprar un poco de agua que el calor está arrecho.
— No vale, no gastes la plata en eso. Guárdalo para la caña. Acá se puede beber agua del grifo. Es mejor, créeme.
— ¿Seguro?
— Sí. Es más, allá hay un bebedero. Vente y bebemos un poco.
— ¿Hay bebederos en las calles?
— Sí, eso es un servicio público. Además, es una tradición. Las más famosas son las Fuentes de Canaletes. Si bebes de cualquier bebedero en la calle vuelves a Barcelona. La gente toma agua de esas fuentes para regresar.
— Fino. Así mato dos pájaros de un tiro.

El día que llegué a Barcelona el calor era insoportable. Uno de los veranos más fuertes de los últimos años, según se comentaba. Existe la creencia popular de que si un verano es muy caluroso, el invierno siguiente el frío será igual de insoportable. De verdad, yo que vengo del Caribe, puedo decir con propiedad que el calor que vivimos esos días era desagradable, pegajoso. Barcelona está a orillas del Mediterráneo y eso hace que la poderosa mezcla de calor y humedad se lleven a la tumba a decenas de personas por deshidratación en temporadas así. Los viejitos siempre son los que más sufren.

Por la calle todo el mundo va en bermudas y franelillas. No hay otra forma de vestirse con ese clima. Si bien es cierto que Barcelona es una ciudad cosmopolita, eso no queda claro hasta que uno se monta en un vagón del metro durante el verano. El extraño buqué que se respira es insoportable en horas pico. Uno se pregunta por qué en esos países del primer mundo la gente pareciera prescindir del desodorante. El olor de los distintos cuerpos que viajan hacinados entre estación y estación es particularmente fuerte. Un tufito duro de sobrellevar. A la larga, como siempre sucede, uno termina por acostumbrarse y entra en la dinámica. Confieso que al principio es muy difícil de sobrellevar.

Las noches en el apartamento no eran nada frescas. En ocasiones nuestro sueño fue cortado en seco por el calor; era entonces cuando nos encontrábamos todos en el balcón, después de la respectiva parada en la cocina en búsqueda de un par de vasos con agua. Eso se había convertido casi en un ritual. Nos fumábamos un cigarro, hablábamos de cualquier pendejada y luego intentábamos dormir otra vez. Cuando regresábamos a la habitación todas las sábanas estaban empapadas de sudor. Alguna vez opté por dormir en el piso, buscando un poco de frescura. Una de esas noches alguno de nosotros durmió en el balcón. Muchas veces rompimos esa rutina, suplantándola por otra mucho más agradable: nos íbamos de rumba —o marcha, como le dicen allá— hasta el amanecer.

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15.5.06

Crónicas de un mochilero (V)


Linia 1 Estaciò Rocafort

Al fin había llegado a el aeropuerto del Prat. Al salir del avión tomé un pasillo que daba con el salón donde recogería mi mochila. Después, saldría del terminal A y me encontraría con El Tuyío, tal como habíamos acordado semanas atrás estando en Caracas. El Tuyío fue a buscarme acompañado por El Master, uno de sus hermanos. El Master tenía poco más de un año viviendo en Barcelona. Con sabiduría decidió que, una vez terminada la carrera de Administración de Empresas, tenía que continuar los estudios de tercer nivel en Europa. Siempre lo tuvo bastante claro. No sería nada fácil acostumbrarse a vivir lejos de su familia en medio de la soledad propia de estos casos, él lo sabía y así lo asumió. Con el tiempo las cosas irían mejor. Por lo menos ahora compartía piso con Jorge, el mayor de los tres hermanos, quien también había emprendido la aventura de emigrar.

El encuentro en el aeropuerto fue típico; como los de siempre entre unos buenos amigos. La sensación de nostalgia por el pasado y las ganas de planear el futuro inmediato siempre están presentes. El Prat cuenta con una estación de trenes de lejanía que comunica al terminal aéreo con la estación Sants del metro de Barcelona. Sants es el punto donde se encuentran todas las líneas, la estación central. Con un ticket multiviajes pasamos por el torniquete, no sin tropezar antes con la marea de gente que estaba en el lugar.

Durante el trayecto me percaté que ni las autoridades de inmigración francesas ni las españolas habían sellado mi pasaporte. Pregunté a los muchachos si eso era normal y respondieron que no. La situación no me preocupó demasiado. Ya estaba en Europa. El viaje hasta Sants se me hizo bastante corto. Por la ventana del tren pude ver los suburbios de Barcelona. El paisaje estaba compuesto por paredes de ladrillos llenas de graffittis e interminables complejos multifamiliares.

Al llegar a la estación central noté que los letreros estaban catalán y la misma lengua se usaba en el sonido interno. De la estación Sants teníamos que tomar un metro de la Línea 3, la verde, hasta la estación Espanya, para luego montarnos en uno de la Línea 1, la roja, hasta Rocafort. Después me explicaron que también nos serviría la estación Urgell. El apartamento quedaba a dos cuadras de ambas estaciones, en la calle Consell de Cent en el número 101. Al principio, este montón de líneas se me hacía un poco complicadas. Dicen que la práctica hace al maestro, y es así. En las próximas dos semanas me tocaría tomar el metro para todas partes -es la mejor forma de moverse en la ciudad- y acostumbrarme a la ininteligible voz que decía en un tono bastante peculiar: “pròxima estaciò: Rocafort”.

Recomendaciones de hoy:

El blog: Typical catalan - El sitio: Metro de Barcelona - La peli: L'Auberge espagnole, dirigida por Cédric Klapisch - El trago: Mediterraneo - La Ñapa: Ludovic, no te vistas que no vas

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