Y pensar que comenzó como cualquiera, como la noche de rubeola. Es que la colección de epitafios fue eterna y la cosa es la querencia. Yo por cualquiera, como he dicho y ella. Hermosa, mi compañera. Otras veces olvidando y yo regresando. Es que las cosas pasan y el escritor está para contar sin ver. Y fue rápido, el principio, porque después llegó el suplicio y el dolor y las llagas de antaño y tú, flaca, que no comprendiste las súplicas detrás del mozo de buenas maneras que no. Y no. Y entonces la vida se va como un suplicio de venganza y sólo se entiende entre carnes y pieles. Rojo vivo. Rojo. Dolor en óleo que no se comprende y si no se aprecia y germinan las alabanzas por usted, maestro. Más allá quedan palabras para el bien y el mal. Expliquemos que el infierno es un verbo. Bienvenido, como el de las buenas ofrendas. Y las noches pasan sin mi, porque son suyas. Madame. Soy yo. Paso adelante y ahora nos toca comprender ¡Bla!
Me encontré solo y apasionado
La monstruosa resaca que produce la brutal ingesta de ron en los bares de Caracas deja como consecuencia espacios como éste. Las autoridades deberían tomar medidas urgentes para estos casos ¡Ja! Está claro que este blog puede quedar abandonado muy pronto, porque no hay ratón que dure cien años.
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11.5.08
30.1.08
Crónicas de un mochilero XXVIII

Brujas y mis descuidos
Breve recordatorio del viaje hasta este punto, para lectores con poca memoria y el narrador que olvida:
Nuestro temerario héroe había llegado, sin planearlo, a Brujas en Bélgica. Cuestiones del azar y otras hierbas. Recordar es vivir [link]
Llegar a Brujas de esta manera me hacía sentir confiado. Poco importaba ya el itinerario que me había planteado una y mil veces en Caracas. La falta de comodidad hogareña le hacía bien a mi espíritu. Tenerlo todo planeado podía tornar la travesía en algo tedioso, por lo menos eso pensé estando ahí parado en el vetusto hangar. Eso sí, tampoco la cosa iba siempre de improvisar. Tomé una guía de hostales que llevaba conmigo y comencé a buscar albergue. Según esto, el más próximo estaba a unos dos kilómetros de la estación central. Ahí mismo, pues. La verdad, la mochila se me hacía pesada y, a pesar de estar a unos 15 minutos a pie, me decidí por usar el transporte público. Podía acercarme en autobús. Tenía que montarme en el número dos y bajar en la tercera parada. Hasta acá todo bien.
El conductor del autobús se mostró bastante amable conmigo. No hablaba inglés, pero hicimos rápida empatía gracias al lenguaje de señas. Eso pensé. Estoy seguro que él también. En todo momento se mostró dispuesto a ayudar. Lo cierto, las señas no resultaron tan universales como pensaba. Lo noté cuando me tocó bajar y darme cuenta minutos después, mapa en mano, que me había dejado a unos siete kilómetros del hostal. Era mi culpa por confiar en las señas y no percatarme que había abordado el bus número tres. ¡Era el dos, pendejo! Me toca caminar, pensé, y sin buscar otra alternativa emprendí el recorrido.
Muy a pesar del verano y de la pesada mochila y de mis pocas habilidades atléticas, el recorrido se me hizo, en retrospectiva, imprescindible. Recordé lo que había aprendido: al caminar se conoce a fondo la ciudad, se disfruta y se llega hasta el punto de sentir pertenencia por aquel lugar. En poco menos de una hora decidí que quería que mis hijos crecieran en una ciudad así. Brujas opacó mis recuerdos parisinos por un instante y la encontré perfecta, tranquila, amable. Muchos puentes componen esta ciudad de casas con techos a dos aguas y ciclistas por doquier. Con cada cuadra recorrida ya iría olvidando todo lo demás para embelezarme con la oportunidad que mi descuido me había dado. Fue el azar, una vez más, pero no el último descuido.
Sin darme cuenta había llegado al hostal, Albergue Europa, un sitio enorme. La pequeña entrada que da a la calle Baron Ruzettelaan, oculta las dimensiones del lugar. El hostal más grande que había visitado, sin dudas. A modo de bienvenida me topé con una plazoleta redonda en la entrada, adornada por flores que se me asemejaban a tulipanes amarillos y rojos, y noté que las paredes estaban revestidas por pequeños ladrillos muy marrones. Parecía uno de esos grandes colegios salesianos. Me acerqué agotado hasta la puerta. Estaba cerrada. Un letrero avisaba que los domingos abrían después de las catorce. En la guía se señalaba claramente el horario, pero una vez más no me percaté. Tendría que esperar. Puse la mochila en el suelo y fue entonces cuando escuché hacia mi costado izquierdo lo que parecía una trompeta terriblemente desafinada.
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27.2.07
Crónicas de un mochilero (XXI)
Saint—Denis de sorpresa
En el hostal parisino, me cambiaron a una habitación más pequeña, que compartiría con dos personas más. Uno de ellos era un joven japonés. El otro era Fredrich, un señor alemán que había llegado a París en bicicleta desde Gelsenkirchen. Con él hice empatía instantánea. Fredrich, a sus sesenta y tantos años era un deportista a todo pulmón. Había llegado hasta Francia usando el Mundial de Atletismo como excusa. En realidad sé que, como nadie, disfrutaba de montar la bicicleta por cientos de kilómetros. Esa nueva habitación contrastaba por todos los costados. Por una parte estaba el joven japonés, metódico como es costumbre. De muy pocas palabras y muy serio, la verdad. En la litera, arriba, dormía Fredrich que tenía una disciplina abrumadora. Mis compañeros de habitación eran muy distintos a mi, a mi pequeño desorden. No es que tuviera todas mis cosas tiradas por ahí, pero debo asegurar que por más esfuerzos que hacía, nunca pude dejar todo perfectamente acomodado; siempre quedé opacado por los dobladillos de sábanas en las otras dos camas.
Pasé varios días compartiendo habitación con ellos, unos perfectos desconocidos, que manejaban códigos distintos a los mios, pero, la verdad, todo iba en perfecta armonía. A pesar de los notables contrastes entre un latino, un japonés y un veterano alemán, el clima de camaradería hacía de todo aquello bastante confortable. Yo siempre era el último en llegar por la noche al cuarto, el japonés pasaba horas enteras llenando postales de París y las enviaba, muy temprano por la mañana a su gente en el lejano Japón. Fredrich a esa hora ya tenía rato haciendo calistenia para recorrer la ciudad en su bicicleta.
Una mañana me levanté a las 8. Estaba solo en la habitación, como ya se había hecho costumbre. Mis compañeros se habían levantado. Bajé a desayunar algo y sólo encontré al japonés leyendo un libro en el lobby del hostal. Le pregunté por Fredrich y me dijo que se había marchado de regreso. Supe, como tantas veces, que nunca más me toparía con él. Es una certeza que se tiene a cada instante.
La noche anterior estuvimos Gabriela, la mexicana, Emilio, un poeta iraní y Fredrich tomando un poco de cerveza en el bar del hostal. Después de un rato, emprendimos una expedición relámpago por Montmartre. Titubeamos un momento para entrar al famoso Moulin Rouge, pero en nuestro presupuesto no entraba aquel lujo. Así que con una foto en la fachada del lugar bastó. Muchos cafés y sitios eróticos estaban por la zona. El neón rojo podía encandilar. Nos sentamos en una mesa desocupada a orillas de la calle. Pedimos una ronda. Entre plática y plática, Fredrich se sorprendió cuando le dije que conocía al FC Schalke 04, su equipo de fútbol favorito. Creo que no supo digerir que yo, viviendo tan lejos, puediera tener idea alguna de un club de fútbol alemán que no se caracteriza por la popularidad que goza en el resto del mundo el Bayern de Munich, por ejemplo.
El viejo Fredrich regresó antes que nosotros al hostal. Una vez en el albergue nos fuimos al bar del sitio y seguimos libando licor por unas horas más. De pronto, Gabriela y Emilio habían desaparecido. El poeta iraní y yo quedamos bebiendo un poco más, pero ya la conversa iba perdiendo sentido. Sin más, subí a la habitación a dormir un poco. Con cuidado entré para no despertar a nadie, pero como siempre me sucede, tropecé con todo. Me tiré en la cama y quedé dormido.
Por primera vez sentí algo de nostalgia cuando el discreto japonés me anunció la partida del viejo alemán. Tal vez no estaba justificada, pero cuando se está solo por el mundo cualquier persona amable puede convertirse en parte de la familia de uno como errante.
Me senté a desayunar un plato de cereal en el comedor del hostal, mientras trataba de entender algo del programa rosa que pasaban por la televisión francesa. Subí a mi habitación para dejar todo listo. Entre mis cosas me di cuenta que había una entrada para el Campeonato Mundial de Atletismo. Decía a mano: Schalke!
Sin tenerlo previsto me fui esa tarde al mítico Stade de France en Saint—Denis a ver como el dominicano Félix Sánchez se hacía campeón mundial en los 400 metros. Todo por cortesía de mi buen amigo, el viejo Fredrich.
En el hostal parisino, me cambiaron a una habitación más pequeña, que compartiría con dos personas más. Uno de ellos era un joven japonés. El otro era Fredrich, un señor alemán que había llegado a París en bicicleta desde Gelsenkirchen. Con él hice empatía instantánea. Fredrich, a sus sesenta y tantos años era un deportista a todo pulmón. Había llegado hasta Francia usando el Mundial de Atletismo como excusa. En realidad sé que, como nadie, disfrutaba de montar la bicicleta por cientos de kilómetros. Esa nueva habitación contrastaba por todos los costados. Por una parte estaba el joven japonés, metódico como es costumbre. De muy pocas palabras y muy serio, la verdad. En la litera, arriba, dormía Fredrich que tenía una disciplina abrumadora. Mis compañeros de habitación eran muy distintos a mi, a mi pequeño desorden. No es que tuviera todas mis cosas tiradas por ahí, pero debo asegurar que por más esfuerzos que hacía, nunca pude dejar todo perfectamente acomodado; siempre quedé opacado por los dobladillos de sábanas en las otras dos camas.Pasé varios días compartiendo habitación con ellos, unos perfectos desconocidos, que manejaban códigos distintos a los mios, pero, la verdad, todo iba en perfecta armonía. A pesar de los notables contrastes entre un latino, un japonés y un veterano alemán, el clima de camaradería hacía de todo aquello bastante confortable. Yo siempre era el último en llegar por la noche al cuarto, el japonés pasaba horas enteras llenando postales de París y las enviaba, muy temprano por la mañana a su gente en el lejano Japón. Fredrich a esa hora ya tenía rato haciendo calistenia para recorrer la ciudad en su bicicleta.
Una mañana me levanté a las 8. Estaba solo en la habitación, como ya se había hecho costumbre. Mis compañeros se habían levantado. Bajé a desayunar algo y sólo encontré al japonés leyendo un libro en el lobby del hostal. Le pregunté por Fredrich y me dijo que se había marchado de regreso. Supe, como tantas veces, que nunca más me toparía con él. Es una certeza que se tiene a cada instante.
La noche anterior estuvimos Gabriela, la mexicana, Emilio, un poeta iraní y Fredrich tomando un poco de cerveza en el bar del hostal. Después de un rato, emprendimos una expedición relámpago por Montmartre. Titubeamos un momento para entrar al famoso Moulin Rouge, pero en nuestro presupuesto no entraba aquel lujo. Así que con una foto en la fachada del lugar bastó. Muchos cafés y sitios eróticos estaban por la zona. El neón rojo podía encandilar. Nos sentamos en una mesa desocupada a orillas de la calle. Pedimos una ronda. Entre plática y plática, Fredrich se sorprendió cuando le dije que conocía al FC Schalke 04, su equipo de fútbol favorito. Creo que no supo digerir que yo, viviendo tan lejos, puediera tener idea alguna de un club de fútbol alemán que no se caracteriza por la popularidad que goza en el resto del mundo el Bayern de Munich, por ejemplo.
El viejo Fredrich regresó antes que nosotros al hostal. Una vez en el albergue nos fuimos al bar del sitio y seguimos libando licor por unas horas más. De pronto, Gabriela y Emilio habían desaparecido. El poeta iraní y yo quedamos bebiendo un poco más, pero ya la conversa iba perdiendo sentido. Sin más, subí a la habitación a dormir un poco. Con cuidado entré para no despertar a nadie, pero como siempre me sucede, tropecé con todo. Me tiré en la cama y quedé dormido.
Por primera vez sentí algo de nostalgia cuando el discreto japonés me anunció la partida del viejo alemán. Tal vez no estaba justificada, pero cuando se está solo por el mundo cualquier persona amable puede convertirse en parte de la familia de uno como errante.
Me senté a desayunar un plato de cereal en el comedor del hostal, mientras trataba de entender algo del programa rosa que pasaban por la televisión francesa. Subí a mi habitación para dejar todo listo. Entre mis cosas me di cuenta que había una entrada para el Campeonato Mundial de Atletismo. Decía a mano: Schalke!
Sin tenerlo previsto me fui esa tarde al mítico Stade de France en Saint—Denis a ver como el dominicano Félix Sánchez se hacía campeón mundial en los 400 metros. Todo por cortesía de mi buen amigo, el viejo Fredrich.
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20.6.06
Crónicas de un mochilero (X)
Detrás de la pared de vidrio
La escena no comienza en el séptimo piso del Hospital de Vall d'Hebron en Barcelona. Pero era en ese lugar donde estaba Jorge —el hermano mayor de El Tuyío— acostado en una cama reclinable, con todo el brazo derecho arropado por un grueso vendaje. De donde estábamos parados se veía a Jorge —a través de un grueso ventanal de vidrio— en primer plano. Al fondo se detallaba la silueta de un hombre mayor con todo el cuerpo lleno de vendas. Parecía momificado.
Cinco horas antes estábamos todos en el apartamento. Queríamos hacer algo en grupo, aprovechando que todos tenían el día libre, y gustó la idea de ir a un centro comercial a jugar bowling. El Tuyío, Cori y yo andábamos de vacaciones, pero el resto estaba ocupado con sus trabajos, así que teníamos que aprovechar ese día para salir en grupo. Todos estuvimos listos en el acto. Jorge pondría la nota diferente. Se quedaría en casa durmiendo. Estaba cansado. Al regreso nos tomaríamos unas cervezas jugando dominó, cosa que molestaba mucho a nuestros ancianos vecinos. Odiaban el ruido que hacían las piedras cuando chocaban contra la mesa. Pobres vecinos; tal vez no sabían que dominó sin ruido no es dominó.
La sala de bolos quedaba realmente lejos de la casa, pero casi no se notó la distancia. Cuando se está echando vaina con los amigos el tiempo acelera sus pulsaciones ¡Cómo echamos broma ese día en el metro! Parecíamos mamadores de gallo profesionales. Estábamos privados de risa. Hacíamos bromas entre nosotros y con nuestros compañeros de vagón. En un momento ellos comenzaron a reír también. Llegamos a la estación de destino. Cuando salimos a la superficie, todavía nos esperaban varias cuadras a pie hasta el centro comercial.
Mientras marchábamos desordenadamente, después de caminar largo trecho, el celular de El Tuyío empezó a sonar. Nosotros seguíamos jodiendo.
—¡Mierda, ya voy para allá!— gritó El Tuyío a su interlocutor por el celular. Su voz había pasado de ser alegre, para degradarse a un tono triste. Casi parecía llorar. Todo pasó en un segundo. Inmediatamente se dio media vuelta y salió corriendo en dirección a la estación de Metro.
Nadie preguntó nada y todos pegamos la carrera detrás de él. Yo no sabía por qué corría. Sólo pensaba que debía correr con fuerza. Sin detenerme. Todos lo sabíamos. El Tuyío corría muy rápido. Estaba desesperado. Corrió como nunca lo había visto correr en todos los años que llevo conociéndolo. Tal vez nunca más lo haga así. Llegó a la estación y justo pudo entrar en el tren antes de que las puertas se cerraran. Nosotros no lo logramos.
El regreso se hizo eterno. Esta vez nadie hablaba. No sabíamos qué había pasado. No podía ser algo bueno. El Master dijo, muy preocupado, que algo le había pasado a su hermano Jorge. Todos estábamos muy nerviosos. Cuando llegamos al edificio, nuestros ancianos vecinos nos informaron que una ambulancia se había llevado a Jorge. Ya El Tuyío había pasado por ahí. Nuestra tensión creció aun más. Fuimos de prisa al hospital.
Nos enteramos que en el séptimo piso del Hospital Universitario de Vall d'Hebron está la sala de quemados. Jorge tendría que estar ahí por varios días. Se quemó el brazo derecho y la mano de la forma más tonta. Estaba friendo unas papas. Pasó por el quirófano, porque tuvieron que hacerle un injerto de piel. Cuando llegamos al pasillo donde estaba el ventanal que nos separaba de la habitación ya El Tuyío estaba sentado a su lado. Vestía una bata de hospital, con su respectivo gorro y tapabocas. Los pacientes quemados deben ser tratados con mucho cuidado para evitar alguna infección.
Al principio nos comunicamos con señas a través del vidrio. Una enfermera se apiadó de nosotros y nos señaló un intercomunicador que estaba a un lado.
Jorge se percató y desde la habitación apretó el botón y dijo:
— ¡Aquí huele a parrilla!
Ese día parecíamos mamadores de gallo profesionales.

La escena no comienza en el séptimo piso del Hospital de Vall d'Hebron en Barcelona. Pero era en ese lugar donde estaba Jorge —el hermano mayor de El Tuyío— acostado en una cama reclinable, con todo el brazo derecho arropado por un grueso vendaje. De donde estábamos parados se veía a Jorge —a través de un grueso ventanal de vidrio— en primer plano. Al fondo se detallaba la silueta de un hombre mayor con todo el cuerpo lleno de vendas. Parecía momificado.
Cinco horas antes estábamos todos en el apartamento. Queríamos hacer algo en grupo, aprovechando que todos tenían el día libre, y gustó la idea de ir a un centro comercial a jugar bowling. El Tuyío, Cori y yo andábamos de vacaciones, pero el resto estaba ocupado con sus trabajos, así que teníamos que aprovechar ese día para salir en grupo. Todos estuvimos listos en el acto. Jorge pondría la nota diferente. Se quedaría en casa durmiendo. Estaba cansado. Al regreso nos tomaríamos unas cervezas jugando dominó, cosa que molestaba mucho a nuestros ancianos vecinos. Odiaban el ruido que hacían las piedras cuando chocaban contra la mesa. Pobres vecinos; tal vez no sabían que dominó sin ruido no es dominó.
La sala de bolos quedaba realmente lejos de la casa, pero casi no se notó la distancia. Cuando se está echando vaina con los amigos el tiempo acelera sus pulsaciones ¡Cómo echamos broma ese día en el metro! Parecíamos mamadores de gallo profesionales. Estábamos privados de risa. Hacíamos bromas entre nosotros y con nuestros compañeros de vagón. En un momento ellos comenzaron a reír también. Llegamos a la estación de destino. Cuando salimos a la superficie, todavía nos esperaban varias cuadras a pie hasta el centro comercial.
Mientras marchábamos desordenadamente, después de caminar largo trecho, el celular de El Tuyío empezó a sonar. Nosotros seguíamos jodiendo.
—¡Mierda, ya voy para allá!— gritó El Tuyío a su interlocutor por el celular. Su voz había pasado de ser alegre, para degradarse a un tono triste. Casi parecía llorar. Todo pasó en un segundo. Inmediatamente se dio media vuelta y salió corriendo en dirección a la estación de Metro.
Nadie preguntó nada y todos pegamos la carrera detrás de él. Yo no sabía por qué corría. Sólo pensaba que debía correr con fuerza. Sin detenerme. Todos lo sabíamos. El Tuyío corría muy rápido. Estaba desesperado. Corrió como nunca lo había visto correr en todos los años que llevo conociéndolo. Tal vez nunca más lo haga así. Llegó a la estación y justo pudo entrar en el tren antes de que las puertas se cerraran. Nosotros no lo logramos.
El regreso se hizo eterno. Esta vez nadie hablaba. No sabíamos qué había pasado. No podía ser algo bueno. El Master dijo, muy preocupado, que algo le había pasado a su hermano Jorge. Todos estábamos muy nerviosos. Cuando llegamos al edificio, nuestros ancianos vecinos nos informaron que una ambulancia se había llevado a Jorge. Ya El Tuyío había pasado por ahí. Nuestra tensión creció aun más. Fuimos de prisa al hospital.
Nos enteramos que en el séptimo piso del Hospital Universitario de Vall d'Hebron está la sala de quemados. Jorge tendría que estar ahí por varios días. Se quemó el brazo derecho y la mano de la forma más tonta. Estaba friendo unas papas. Pasó por el quirófano, porque tuvieron que hacerle un injerto de piel. Cuando llegamos al pasillo donde estaba el ventanal que nos separaba de la habitación ya El Tuyío estaba sentado a su lado. Vestía una bata de hospital, con su respectivo gorro y tapabocas. Los pacientes quemados deben ser tratados con mucho cuidado para evitar alguna infección.
Al principio nos comunicamos con señas a través del vidrio. Una enfermera se apiadó de nosotros y nos señaló un intercomunicador que estaba a un lado.
Jorge se percató y desde la habitación apretó el botón y dijo:
— ¡Aquí huele a parrilla!
Ese día parecíamos mamadores de gallo profesionales.
Nota del autor: Pido disculpas por no publicar las crónicas el día domingo.
Como dicen todos los que se excusan y no quieren dar explicaciones:
"fue por motivos de causa mayor".
Intentaré ponerme al día esta semana.
Les debo las recomendaciones y el Jurungando mi iTunes
que debería aparecer publicado hoy.
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11.6.06
Crónicas de un mochilero (IX)

Un sonido familiar
Con la llegada de Cori a Barcelona se completaría el grupo de manganzones que se hospedarían en el viejo 101 de Concell de Cent. Éramos cinco hombres vulgarmente desordenados y, ahora, se unía a nosotros una chica que distaba mucho de nuestras actitudes regulares; lo de Cori no era la ropa tirada en el piso y las comidas a destiempo.
Convivimos los seis durante una semana, con todo lo que eso implica en un apartamento que tenía distribuido en sus sesenta metros cuadrados dos habitaciones, una cocina, una sala/comedor y un baño. Creo que entre todos nosotros, a pesar de la amistad de años, habían muy pocas cosas en común —además de tener que compartir el baño—. Los seis estábamos allá en distintas etapas de vida, con diferentes búsquedas, en ondas ajenas. Algún parecido con un reality show es pura coincidencia.
Cori es la novia de Carlitos, uno de mis grandes amigos desde la infancia. En poco tiempo ella se había convertido en una más de nosotros. Ese verano viajó hasta la península a visitar a unos familiares en las afueras de Madrid. Semanas atrás, estando en Caracas, quedamos en vernos en España. Barcelona sería, de nuevo, el punto de encuentro.
La primera salida con Cori la hicimos hacia los lados de la Barceloneta. Estábamos Arturito, el Tuyío y yo. Conoceríamos la playa más famosa de Barcelona. Nos tomamos las respectivas fotos con el Mediterráneo de fondo y caminamos largo trecho por la arena. Los chapuzones en la playa fueron pocos, porque, a pesar del caluroso verano, el agua de la playa estaba helada. Mientras recorríamos la costa comenzamos a escuchar a lo lejos algo que nos parecía, a todos, muy familiar. Desde la distancia no se podía percibir el sonido con nitidez. Decidimos caminar guiados por ese indescifrable ruido.
Mientras más avanzábamos, más crecía nuestra espectativa. Por fin, después de unos cuantos metros, pudimos entender, al unísono, cual era el mensaje. “¡Buenas noches, cuerda de jodedores!” Al escuchar eso, todos nos sorpendimos —como si hubiéramos presenciado una revelación de la Virgen de Fátima— y alguien dijo: “Mierda, El Conde del Guácharo está acá!”. Por supuesto, apuramos el paso. También está claro que no era el conde en persona, pero no importaba. Cuando llegamos al chiringuito de donde venía la grabación nos sentíamos en El Picoteo. Inmediatamente pedimos hablar con el dueño del kiosco y, obviamente, era venezolano. Sin pensarlo dos veces, nos sentamos y pedimos la primera jarra de sangría bien fría.
El ambiente estaba genial. Hablamos mucho y bebimos más. En un momento la mesa estuvo llena de jarrones que, no hace mucho, contenían sangría. El dj del sitio repitió mil veces un disco de Los Amigos Invisibles y no estuvo tan mal. La cosa iba muy bien, pero el clímax lo alcanzamos cuando se acercaron a nosotros un grupo de italianas bellísimas. Compartimos chistes y bebidas con ellas. Las tipas eran lindísimas. Para tener respaldo de ese encuentro comenzamos a tomarnos fotos con las ragazzas. Quisieron darse un baño de mar y nosotros, ni cortos ni perezosos, secundamos la idea. Pero no todo puede ser tan perfecto. En ese momento llegaron los novios de las chicas. Comprendimos que estábamos fuera de competencia cuando ellas entraron al agua en topless tomadas de la mano con su pareja.
Resignados —y bastante borrachos— nos quedamos sentados en la arena. Yo caí dormido en el acto. Al rato, Cori me levantó. Ella no bebe nada de alcohol. No le gusta. Así que era la más sobria en un perímetro de mil metros. Justo al despertarme aceptó, sin saberlo, una curiosa responsabilidad. Desde ese día se convertiría en la encargada de guiar nuestro camino durante y después de las peas hasta que llegáramos a casa. En especial las mías. Era —oficialmente— mi compañera de camino no alcoholizada.
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4.6.06
Crónicas de un mochilero (VIII)
El bar de Joan´sQuedaba a media cuadra del apartamento. Era un sitio pequeño que contaba con una barra, una máquina de cigarrillos y varias mesas. Tenía dos televisores colocados en las esquinas. En la acera del local habían cuatro mesas para que los clientes pudieran consumir al aire libre. En las noches, cuando teníamos algo de plata extra íbamos a comer a donde Joan. Él nos preparaba unos bocadillos de jamón serrano o unas patatas bravas y veíamos los juegos de fútbol, hablábamos de política, del clima, de cualquier vaina. Llegábamos a ese bar a filosofar libando unas cervezas. Nuestras charlas se extendían por horas. En ocasiones, cerrábamos la santamaría del sitio y quedábamos adentro para no cortar en seco nuestras deliberaciones.
El dueño del local, Joan, es un tipo de más de cuarenta años. Su edad se ve reflejada por la calvicie que trata de ocultar. Su mal humor es directamente proporcional a la lluvia. Cuando llueve es mejor no ir hasta el bar. También influye en su estado de ánimo que su ayudante/amante haga las cosas como él quiere. Pedro es su mancebo. Es un inmigrante ilegal, que llegó a tierras catalanas directo desde Perú. No sé, a ciencia cierta, cómo aterrizó en el bar, pero después de unos meses compartía la cama con el dueño. Pedro era sumiso, buena gente, pero muy pendejo. Imagino que tenía que soportar los gritos de Joan, porque no le quedaba más remedio.
Al bar de Joan´s —porque así se llamaba, se podía leer clarito en el letrero que daba a la calle, “El Bar de Joan´s”, con apóstrofe, mariquísimo— siempre asistían las mismas personas. Éramos un pequeño club que no necesitaba membresía, aunque sí unos euros en el bolsillo. Cuando uno estaba en urgencia extrema, podía pedir fiado, pero a Joan no se le olvidaba. Nuestros compañeros de tertulia nos doblaban la edad, podíamos ser nietos de muchos, pero eso no era problema. Al entrar nos convertíamos en unos viejos jubilados. Estoy seguro que, de alguna manera, ellos agradecían —sin hacerlo— nuestra presencia en el bar.
— Tuyío, mira la hora. Vámonos— le dije con cerveza en mano.
— ¡Mierda! Joan, te pagamos mañana. Dejamos la plata en la casa.— balbuceó dirigiéndose al hombre que estaba detrás de la barra.
— No hay problema. No te acostumbres— respondió el dueño del bar, como aliviado, porque éramos los últimos en el lugar.
Nos teníamos que ir a dormir un rato, porque debíamos estar temprano en el aeropuerto. A las nueve de la mañana llegaba Cori desde Madrid.
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28.5.06
Crónicas de un mochilero (VII)

Rambla pa'qui Rambla pa'lla
El verano en Barcelona, además de ser muy caluroso, tiene la particularidad de brindarle a los visitantes —y, cómo no, a los lugareños— una invitación constante a salir de noche. Es que la impresión que se puede tener de una ciudad que tiene dos bares por cada cuadra no puede ser otra. Hay que beber.
A mi, como no me gusta la cosa, me pareció grandioso. El ambiente de fiesta se respira en las calles. Caminando por la Barceloneta o por el Barrio Gótico uno se puede topar con mucha gente venida de distintos lugares del planeta que, además de ir a Parc Guell o subir a Montijuic, va a disfrutar de los placeres que ofrece la noche catalana. Una cerveza para comenzar.
Además de contar con un montón de locales para todos los gustos, la cosa se hace más fácil porque el metro cierra entrada la medianoche y abre a las cinco de la mañana cuando termina la juerga. Así que desplazarse no es gran problema. Por eso no es difícil toparse con un montón de jóvenes —que son minoría en la sociedad española— acostados en las puertas del metro esperando a que este servicio inicie las actividades. Para más, en La Rambla, esa calle enorme, se encuentran muchos locales nocturnos. Uno se puede ir de marcha. Puede visitar varios locales caminando de un sitio a otro. En la misma zona. En la misma calle. El ron me lo sirve con poca Coca Cola, por favor.
Por si fuera poco, es en verano cuando se celebran las fiestas de Gracia. Las calles se abarrotan de gente bebiendo calimocho o cualquier otra bebida espirituosa —hay quienes aderezan la velada con un poco de hachís suministrado por cualquiera de los muchos vendedores que abundan por esos sitios—. En cada plaza hay una actividad diferente, con música en vivo y cada vecino se esmera porque su sector sea el que está mejor decorado y cuenta con mayores atracciones para los abundantes visitantes. Esa fiesta dura una semana. Toda una semana. ¡El chupito de tequila lo brindo yo!
De las mujeres sólo puedo decir que abundan. Las catalanas son muy lindas, pero hay para escoger. Te puedes topar con africanas, latinas, de todas parte de Europa y asiáticas. Es un desfile que no termina nunca. Se les puede ver solas o en grupos. Ebrias o drogadas. Bailando o haciendo el intento. Eso sí, siempre desinhibidas. No hay espacio para la doble moral entre tanta gente. ¡Pásame la botella!
No sé si fue por todo eso que mi estadía en Barcelona se alargó una semana más de lo estipulado en los planes originales, pero es seguro que no me arrepiento. Todavía me veo —con esa cara de estropeado— a las puertas del metro cantando: “Rambla pa'qui, rambla pa'lla. Esa es la Rumba de Barcelona”
Recomendaciones de hoy:
El blog: schhh - El sitio: Barcelona de noche - La peli (se estrena en noviembre): Babel, dirigida por Alejandro González Iñárritu - El trago: Frozen Barcelona - La Ñapa: Hasta en basquet
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21.5.06
Crónicas de un mochilero (VI)

Cuarenta grados a la sombra
El primer día, fui a conocer el barrio con El Tuyío. Me mostró dónde quedaban los bares de confianza —es decir, dónde nos podían fiar—, el supermercado y el abasto de los chinos. Los chinos vendían harina pan y malta. “!Estos carajos son arrechos!”. Luego fuimos a comprar tres Xibecas de un litro —estas cervezas eran las más baratas. Costaban 99 centavos— para comenzar a celebrar mi llegada. En la mochila yo traía dos botellas de ron, un cartón de cigarros y dos litros de Coconís —la bebida favorita de El Maestro—. Con eso teníamos material suficiente para comenzar la celebración. Cuando íbamos de regreso al apartamento le dije:
—Tuyío, vamos al abasto a comprar un poco de agua que el calor está arrecho.
— No vale, no gastes la plata en eso. Guárdalo para la caña. Acá se puede beber agua del grifo. Es mejor, créeme.
— ¿Seguro?
— Sí. Es más, allá hay un bebedero. Vente y bebemos un poco.
— ¿Hay bebederos en las calles?
— Sí, eso es un servicio público. Además, es una tradición. Las más famosas son las Fuentes de Canaletes. Si bebes de cualquier bebedero en la calle vuelves a Barcelona. La gente toma agua de esas fuentes para regresar.
— Fino. Así mato dos pájaros de un tiro.
El día que llegué a Barcelona el calor era insoportable. Uno de los veranos más fuertes de los últimos años, según se comentaba. Existe la creencia popular de que si un verano es muy caluroso, el invierno siguiente el frío será igual de insoportable. De verdad, yo que vengo del Caribe, puedo decir con propiedad que el calor que vivimos esos días era desagradable, pegajoso. Barcelona está a orillas del Mediterráneo y eso hace que la poderosa mezcla de calor y humedad se lleven a la tumba a decenas de personas por deshidratación en temporadas así. Los viejitos siempre son los que más sufren.
Por la calle todo el mundo va en bermudas y franelillas. No hay otra forma de vestirse con ese clima. Si bien es cierto que Barcelona es una ciudad cosmopolita, eso no queda claro hasta que uno se monta en un vagón del metro durante el verano. El extraño buqué que se respira es insoportable en horas pico. Uno se pregunta por qué en esos países del primer mundo la gente pareciera prescindir del desodorante. El olor de los distintos cuerpos que viajan hacinados entre estación y estación es particularmente fuerte. Un tufito duro de sobrellevar. A la larga, como siempre sucede, uno termina por acostumbrarse y entra en la dinámica. Confieso que al principio es muy difícil de sobrellevar.
Las noches en el apartamento no eran nada frescas. En ocasiones nuestro sueño fue cortado en seco por el calor; era entonces cuando nos encontrábamos todos en el balcón, después de la respectiva parada en la cocina en búsqueda de un par de vasos con agua. Eso se había convertido casi en un ritual. Nos fumábamos un cigarro, hablábamos de cualquier pendejada y luego intentábamos dormir otra vez. Cuando regresábamos a la habitación todas las sábanas estaban empapadas de sudor. Alguna vez opté por dormir en el piso, buscando un poco de frescura. Una de esas noches alguno de nosotros durmió en el balcón. Muchas veces rompimos esa rutina, suplantándola por otra mucho más agradable: nos íbamos de rumba —o marcha, como le dicen allá— hasta el amanecer.
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15.5.06
Crónicas de un mochilero (V)

Linia 1 Estaciò Rocafort
Al fin había llegado a el aeropuerto del Prat. Al salir del avión tomé un pasillo que daba con el salón donde recogería mi mochila. Después, saldría del terminal A y me encontraría con El Tuyío, tal como habíamos acordado semanas atrás estando en Caracas. El Tuyío fue a buscarme acompañado por El Master, uno de sus hermanos. El Master tenía poco más de un año viviendo en Barcelona. Con sabiduría decidió que, una vez terminada la carrera de Administración de Empresas, tenía que continuar los estudios de tercer nivel en Europa. Siempre lo tuvo bastante claro. No sería nada fácil acostumbrarse a vivir lejos de su familia en medio de la soledad propia de estos casos, él lo sabía y así lo asumió. Con el tiempo las cosas irían mejor. Por lo menos ahora compartía piso con Jorge, el mayor de los tres hermanos, quien también había emprendido la aventura de emigrar.
El encuentro en el aeropuerto fue típico; como los de siempre entre unos buenos amigos. La sensación de nostalgia por el pasado y las ganas de planear el futuro inmediato siempre están presentes. El Prat cuenta con una estación de trenes de lejanía que comunica al terminal aéreo con la estación Sants del metro de Barcelona. Sants es el punto donde se encuentran todas las líneas, la estación central. Con un ticket multiviajes pasamos por el torniquete, no sin tropezar antes con la marea de gente que estaba en el lugar.
Durante el trayecto me percaté que ni las autoridades de inmigración francesas ni las españolas habían sellado mi pasaporte. Pregunté a los muchachos si eso era normal y respondieron que no. La situación no me preocupó demasiado. Ya estaba en Europa. El viaje hasta Sants se me hizo bastante corto. Por la ventana del tren pude ver los suburbios de Barcelona. El paisaje estaba compuesto por paredes de ladrillos llenas de graffittis e interminables complejos multifamiliares.
Al llegar a la estación central noté que los letreros estaban catalán y la misma lengua se usaba en el sonido interno. De la estación Sants teníamos que tomar un metro de la Línea 3, la verde, hasta la estación Espanya, para luego montarnos en uno de la Línea 1, la roja, hasta Rocafort. Después me explicaron que también nos serviría la estación Urgell. El apartamento quedaba a dos cuadras de ambas estaciones, en la calle Consell de Cent en el número 101. Al principio, este montón de líneas se me hacía un poco complicadas. Dicen que la práctica hace al maestro, y es así. En las próximas dos semanas me tocaría tomar el metro para todas partes -es la mejor forma de moverse en la ciudad- y acostumbrarme a la ininteligible voz que decía en un tono bastante peculiar: “pròxima estaciò: Rocafort”.
Recomendaciones de hoy:
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7.5.06
Crónicas de un mochilero (IV)

Escala
¡Qué vaina más grande! El aeropuerto Charles De Gaulle de París es inmenso. Es uno de los dos con que cuenta esta ciudad —el otro es el Orly—. Nuestro vuelo llegó al terminal 2C. Disponía de treinta minutos para llegar hasta el terminal 2F donde saldría el vuelo que me conectaría con Barcelona. Pensé que nos montarían en algún bus para acercarnos. ¡Ja! Me tocó descifrar por dónde era el camino. Estaba realmente perdido. Habían un montón de letreros por todas partes. dèpart / sortie/ arrivè/ bienvenue/ boutique/ accès. Yo veía todo en chino —o en francés, que viene a ser lo mismo—.
Después de preguntar a varias personas y dar vueltas en círculo descifré el enigma. El terminal 2 estaba dividido en cinco grandes salones, cada uno de ellos corresponde a un subterminal. Este es el más moderno de los tres que conforman todo el aeropuerto. La arquitectura del lugar es increible, no existen paredes. La estructura impacta. El piso es blanco y brillante, en algunas partes el techo es a dos aguas y está compuesto por miles de cristales que permiten iluminación natural. Vidrio y acero es la combinación utilizada por los arquitectos de este lugar de pasillos enormes. Una vez en el 2F, me encontré con un caraqueño que tomaría el mismo vuelo que yo. Él haría escala unos días en Barcelona para irse luego a Italia donde lo esperaba su novia. Nosotros éramos apenas dos de los más de cuarenta venezolanos que teníamos a la “Ciudad Condal” como destino esa mañana.
Una vez dentro del avión fui atendido por la aeromoza más linda que jamás había visto. Su nombre es Elena. De padre español y madre francesa esta chica era un espectáculo. Es de esas mujeres bellas, dulces y, además, trabajadoras con las que nunca paro de soñar. No me atrevo a describirla físicamente por temor a quedar corto. El De Gaulle había dejado de ser impactante. En ese momento sabía que nunca más la volvería a ver —como a tantas personas durante el viaje—. Ella también sabía que yo estaba embobado con su presencia, pero seguro estaba acostumbrada a enamorar a cuanto pasajero atendía cubriendo esa ruta tres veces por día. Lo nuestro no podía ser. Primero, porque ella nunca se lo planteó — Bueno, en mi imaginación sí lo hizo—. Segundo, porque yo no tenía tanto dinero como para tomar ese vuelo un par de veces más, en plan de acosador, y así conversar un poco con ella de nuestro futuro. Tercero, el último pasajero que abordó el avión se sentaría a mi lado y la espantaría de inmediato. Elena tenía la experiencia suficiente como para saber qué tipo de pasajero era él.
Este muchacho era el típico mochilero norteamericano con sobrepeso de 21 años que viajaba a Europa para drogarse mucho y luego quejarse de lo terrible que era todo fuera de su país ¡Qué tipo tan atorrante! Pero yo me lo merecía. Mi error fue comenzar a hablar con él en inglés. “Me hará bien practicar el inglés. Además, debo hacer amistades” ¡Idiota! Una vez que se activó su incontinencia verbal nada podía detener a este partner. En un momento llegué a pensar que lo mejor sería encerrarme en el baño del avión hasta que llegáramos a tierra firme o pedirle a Elena que me cambiara de asiento, pero me dije: “Este vuelo es corto. En media hora habremos llegado”. Así las cosas, después de escuchar las toneladas de reclamos que hacía el gringo aterrizamos en El Prat y de Elena no supe más.
Recomendaciones de hoy:
El blog: QTPD - El sitio: De Gaulle - La peli: The rules of atracttion, dirigida por Roger Avary - El trago: Air France - La Ñapa: La paradoja del Coco Basile
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30.4.06
Crónicas de un mochilero (III)

Bon voyage
Me asignaron el puesto 34G. Ese asiento daba al pasillo derecho del Airbus A330. A la izquierda estaba sentado mi compañero durante los 7600 kilómetros que separan a París de Caracas: Danielito. Un poco más allá estaban su mamá y su abuela. Imagino que Danielito tendría unos 9 años, tal vez se lo pregunté, pero no presté mucha atención a su respuesta. De lo que no me cabe ninguna duda es que Danielito es tan apasionado a los juegos de video como yo. Pasamos la mitad del recorrido descifrando la forma de resolver los juegos instalados en el avión. Cada uno tenía su propia pantalla en el asiento. De vez en cuando, Danielito notaba que yo echaba una mirada para aprender cómo él resolvía tan rápido las misiones y, generosamente, me decía la clave de acceso al nivel hasta donde él había llegado.
Un par de días antes de estar sentado en el avión había resuelto no dormir, de esa manera lo haría durante todo el trayecto hasta Europa. Hace algún tiempo había tenido una experiencia desagradable —producto de las siempre oportunas turbulencias— y no me imaginaba tener que pasar por eso otra vez en un viaje tan largo. Durante ese par de noches mi expectativa crecía en torno a lo que me deparaban las próximas semanas. Me preocupaba el hecho de no haber pagado los cuarenta dólares del seguro de viaje. “Ojalá no me arrepienta”, pensé.
Danielito ya se había cansado de jugar y decidió dormir un poco. Optaron por lo mismo la gran mayoría de los pasajeros. Estábamos a mitad de camino. Sabía que nos faltaba medio recorrido gracias a una pantalla que mostraba la ruta a seguir. En ella se apreciaba la imagen de nuestro avión, que era realmente insignificante en comparación con la inmensidad del Océano Atlántico. Me quedé un buen rato viendo aquello; esperando a que el condenado avión se moviera un poco en dirección a tierra firme. El avance era mínimo, a pesar de estar volando a una velocidad crucero de 900 Km/h.
Momentos antes de abordar el avión compré un paquete de cigarrillos y una barra de chocolate. Me senté en la sala de espera. Pensaba mucho, en tantas cosas. “Es raro, pero no me siento nervioso. Tampoco emocionado. Debe ser por el sueño. No he dormido bien en estos últimos días.” La voz del terminal llamó a los pasajeros con destino a la ciudad de París. Hicimos una cola breve, nos entregaron nuestros pases de abordaje y ya nos disponíamos a entrar en la aeronave. En ese momento, un par de guardias nacionales comenzaron a interrogar a todos los hombres que nos dirigíamos hacia el pasillo que une el terminal con la puerta del avión. Parecía que buscaban a algún delincuente. Les dije el motivo de mi viaje, cuanta plata llevaba conmigo y mi fecha de regreso. Me dejaron tranquilo y así entré al avión. “Estos pendejos no me van a estropear el viaje”, me dije.
Habían pasado unas siete horas desde el despegue y todos estaban durmiendo dentro del Airbus A330. Sólo yo quedaba despierto. Danielito roncaba mucho -tanto como su madre-. Creo que pocos niños de su edad lo hacen con tanta fuerza. Pero no era culpa de sus ronquidos mi desvelo. Algo se había interpuesto en mis planes previos. Creo que el saboteador era yo… y mis ganas de llegar rápido. No podía pegar un ojo. A mi derecha estaban sentadas dos francesas, de edad madura y lesbianas. Eran pareja. No sé si me di cuenta de que eran lesbianas por llevar el cabello muy corto o por los constantes besos y caricias que se regalaban unas horas atrás. “!Esto tiene que ser una buena señal!”, imaginé mientras indagaba imaginariamente un poco en la vida de los pasajeros que estaban a mi alrededor. Pronto me sorprendí de las cosas que averigüé y, con mucho pudor, dejé a un lado la tarea de husmear en el pasado de esos perfectos desconocidos. A otra cosa, y decidí ver una película para pasar el tiempo.
— ¡Levántate! ¡Ya llegamos!— Fue lo primero que oí antes de abrir los ojos. Danielito había recargado sus baterías y sonaba muy contento. Yo, me había quedado dormido apenas a los 10 minutos de comenzada la película. En ese momento no sabía si golpear con fuerza a aquel niño que me había ganado en los video juegos, roncaba terriblemente y cortó en seco mi sueño o, por el contrario, abrazarlo y darle las gracias por darme la oportunidad de ver cómo sobre volábamos la inmensa capital francesa.
— Gracias, Danielito…
— Señores pasajeros, nos preparamos para el descenso. En breves minutos estaremos aterrizando en el Aeropuerto Internacional Charles De Gaulle de la ciudad de París. Abrochen sus cinturones y pongan el espaldar de su asiento de forma vertical. Gracias por volar con nosotros. La hora local: 8:15 de la mañana— me interrumpió la voz ronca del piloto, dándole así inicio a mi aventura.
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23.4.06
Crónicas de un mochilero (II)

En el papel
Ya la mochila era mía. Ahora me faltaba dar el paso más importante. Tenía que asegurar el viaje. Había pasado mucho tiempo. Planear el viaje me había tomado varios meses y era necesario concretar. No podía dejar pasar la oportunidad. Sabía que si no hacía el viaje ese año, después sería mucho más difícil. Además, las circunstancias estaban a favor. Tenía el dinero necesario para dar el primer paso, sabía la fecha exacta de partida gracias a las siempre oportunas vacaciones de verano y contaba con unas ganas enormes de emprender la aventura. “Es momento de comprar el pasaje”
Estaba seguro que teniendo el boleto aéreo en mis manos no habría nada que detuviera el viaje. Estaba en lo correcto. Había hecho un sondeo previo en cuanta agencia de viajes aparecía en las páginas amarillas. Llamé decenas de veces para preguntar por ofertas especiales, paquetes estudiantiles y disponibilidad de cupos. Los precios me parecían un poco exagerados, así que decidí ir directamente a las aerolíneas. Finalmente, di con un pasaje que se ajustaba a mi presupuesto.
En el boleto de papel decía que partiría de Maiquetía al final de la tarde un sábado, el vuelo llegaría a París en la mañana del domingo y al mediodía tendría que estar en el aeropuerto del Prat de Llobregat en Barcelona. Decidí comenzar el viaje en la Ciudad Condal, porque allá me esperaría El Tuyío, mi mejor amigo. Desde que tengo memoria le hemos dicho así por ser el más bajo del grupo. El Tuyío es un culé empedernido. Su padre es catalán y tiene dos hermanos viviendo en Barcelona. Él se adelantaría un par de semanas, nos encontraríamos allá y luego emprenderíamos el viaje con rumbo a París. Esos eran los planes que habíamos hecho en Caracas.
Teniendo con seguridad el día de partida, sólo me quedaba elaborar el cronograma definitivo de viaje. En principio había hecho una lista con más de cincuenta ciudades que quería visitar en dos meses. Con calendario en mano noté que tantos sitios no eran viables. No tenía tiempo para recorrerlos todos. El boleto de tren que había conseguido por Internet tampoco me permitía abarcar cada uno de los destinos. Era válido para hacer quince viajes -insuficientes para cubrir mis ambiciones-. Poco a poco tuve que ir depurando el listado hasta que se redujo a 30 ciudades. Me parecía infame tener que sacrificar tantos sitios. Tenía una sed enorme por conocer. Claro, todo era en el papel. Estando allá las cosas cambiarían radicalmente.
Recomendaciones de hoy:
El blog: Despertares literarios - El sitio: Radio Pirata Records - La peli: Manhattan, dirigida por Woody Allen - El trago: Champagne Cocktail - La Ñapa: La página oficial de Estafanía López (no es joda)
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Ya la mochila era mía. Ahora me faltaba dar el paso más importante. Tenía que asegurar el viaje. Había pasado mucho tiempo. Planear el viaje me había tomado varios meses y era necesario concretar. No podía dejar pasar la oportunidad. Sabía que si no hacía el viaje ese año, después sería mucho más difícil. Además, las circunstancias estaban a favor. Tenía el dinero necesario para dar el primer paso, sabía la fecha exacta de partida gracias a las siempre oportunas vacaciones de verano y contaba con unas ganas enormes de emprender la aventura. “Es momento de comprar el pasaje”
Estaba seguro que teniendo el boleto aéreo en mis manos no habría nada que detuviera el viaje. Estaba en lo correcto. Había hecho un sondeo previo en cuanta agencia de viajes aparecía en las páginas amarillas. Llamé decenas de veces para preguntar por ofertas especiales, paquetes estudiantiles y disponibilidad de cupos. Los precios me parecían un poco exagerados, así que decidí ir directamente a las aerolíneas. Finalmente, di con un pasaje que se ajustaba a mi presupuesto.
En el boleto de papel decía que partiría de Maiquetía al final de la tarde un sábado, el vuelo llegaría a París en la mañana del domingo y al mediodía tendría que estar en el aeropuerto del Prat de Llobregat en Barcelona. Decidí comenzar el viaje en la Ciudad Condal, porque allá me esperaría El Tuyío, mi mejor amigo. Desde que tengo memoria le hemos dicho así por ser el más bajo del grupo. El Tuyío es un culé empedernido. Su padre es catalán y tiene dos hermanos viviendo en Barcelona. Él se adelantaría un par de semanas, nos encontraríamos allá y luego emprenderíamos el viaje con rumbo a París. Esos eran los planes que habíamos hecho en Caracas.
Teniendo con seguridad el día de partida, sólo me quedaba elaborar el cronograma definitivo de viaje. En principio había hecho una lista con más de cincuenta ciudades que quería visitar en dos meses. Con calendario en mano noté que tantos sitios no eran viables. No tenía tiempo para recorrerlos todos. El boleto de tren que había conseguido por Internet tampoco me permitía abarcar cada uno de los destinos. Era válido para hacer quince viajes -insuficientes para cubrir mis ambiciones-. Poco a poco tuve que ir depurando el listado hasta que se redujo a 30 ciudades. Me parecía infame tener que sacrificar tantos sitios. Tenía una sed enorme por conocer. Claro, todo era en el papel. Estando allá las cosas cambiarían radicalmente.
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16.4.06
Crónicas de un mochilero (I)

Primero lo primero: La Mochila
Para hablarles de mi primera mochila es necesario que les presente a El Primo. El Primo no es un cumanés radicado en Caracas, es en realidad mi primo de sangre. Todos lo conocen por ese mote. Cuando digo “todos” me refiero a cinco de cada siete personas y pueden creerme: no miento. Seguro será concejal en algún momento. No lo sé. El Primo estudia filosofía y ha viajado mucho por Venezuela, además tiene experiencia con mochilas y era el consejero perfecto para un novato como yo, así que lo convoqué para que me asesorara.
Fuimos a varias tiendas a preguntar por los precios y características de los backpacks. Ese día me enteré que así les decían y también supe que su capacidad era medida en litros. Todas las mochilas que veíamos me parecían brutales. Con un montón de cierres y cuerdas que brotaban por todos los costados, compartimentos secretos —que no entendía para qué servían— y características especiales dependiendo el tipo de uso que se le dé. Yo estaba impresionado y confundido. El Primo, en cambio, ponía rostro de circunstancia y probaba cada mochila que veíamos como calibrando su calidad. Buscábamos una que fuera suficientemente liviana, pero a la vez grande para guardar en ella todo lo necesario para sobrevivir en Europa por dos meses. Además, la mochila tenía que ser resistente y debía estar reforzada en el espaldar para no lastimar mi columna.
Una de las tiendas que visitamos estaba en el C.C. Chacaito. Era la tienda menos surtida de todas. Tenía muy pocos artículos en exhibición y parecía que estaban liquidando la mercancía. Confieso que cuando entramos no me dio muy buena espina. Saludamos a la encargada —muy linda, por cierto— y comenzamos a observar los bultos que colgaban muy bien ordenados sobre unas repisas especiales.
— ¿De cuántos litros es aquella?— preguntó El Primo a la encargada mientras señalaba hacia una esquina de la tienda.
— 75 litros— respondió ella inmediatamente.
En ese momento la encargada, como buena vendedora, empezó su discurso de rigor en donde enunciaba todas las características del producto. Nunca presté atención a lo que decía. Mientras ella hablaba sin parar, yo no me enteraba de nada. Simplemente me quedé viendo aquella mochila Acadia azul de 75 litros con barras internas de aluminio, grandes cierres YKK y bolsillos laterales que El Primo había señalado un par de minutos atrás. Ella seguía hablando y yo dirigí la mirada en dirección a El Primo. Él me vio y supo de inmediato que habíamos dado con lo que buscábamos.
Esa noche llegué a casa y le mostré a todos mi nueva adquisición. Me la probé estando vacía, sin imaginar que nunca más la usaría así. Me sentía muy cómodo. Sabía que la mochila sería muy útil, pero nunca pensé que en las próximas semanas se convertiría en mi fiel compañera.
Fuimos a varias tiendas a preguntar por los precios y características de los backpacks. Ese día me enteré que así les decían y también supe que su capacidad era medida en litros. Todas las mochilas que veíamos me parecían brutales. Con un montón de cierres y cuerdas que brotaban por todos los costados, compartimentos secretos —que no entendía para qué servían— y características especiales dependiendo el tipo de uso que se le dé. Yo estaba impresionado y confundido. El Primo, en cambio, ponía rostro de circunstancia y probaba cada mochila que veíamos como calibrando su calidad. Buscábamos una que fuera suficientemente liviana, pero a la vez grande para guardar en ella todo lo necesario para sobrevivir en Europa por dos meses. Además, la mochila tenía que ser resistente y debía estar reforzada en el espaldar para no lastimar mi columna.
Una de las tiendas que visitamos estaba en el C.C. Chacaito. Era la tienda menos surtida de todas. Tenía muy pocos artículos en exhibición y parecía que estaban liquidando la mercancía. Confieso que cuando entramos no me dio muy buena espina. Saludamos a la encargada —muy linda, por cierto— y comenzamos a observar los bultos que colgaban muy bien ordenados sobre unas repisas especiales.
— ¿De cuántos litros es aquella?— preguntó El Primo a la encargada mientras señalaba hacia una esquina de la tienda.
— 75 litros— respondió ella inmediatamente.
En ese momento la encargada, como buena vendedora, empezó su discurso de rigor en donde enunciaba todas las características del producto. Nunca presté atención a lo que decía. Mientras ella hablaba sin parar, yo no me enteraba de nada. Simplemente me quedé viendo aquella mochila Acadia azul de 75 litros con barras internas de aluminio, grandes cierres YKK y bolsillos laterales que El Primo había señalado un par de minutos atrás. Ella seguía hablando y yo dirigí la mirada en dirección a El Primo. Él me vio y supo de inmediato que habíamos dado con lo que buscábamos.
Esa noche llegué a casa y le mostré a todos mi nueva adquisición. Me la probé estando vacía, sin imaginar que nunca más la usaría así. Me sentía muy cómodo. Sabía que la mochila sería muy útil, pero nunca pensé que en las próximas semanas se convertiría en mi fiel compañera.
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