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20.3.07

Crónicas de un mochilero (XXII)


Adiós, París

La despedida se hacía inminente. Ya llevaba acá poco más de una semana y era tiempo de partir. No podía quedarme más, aunque debí radicarme en esta ciudad para siempre. Decisiones que se toman o no sin pensarlo mucho. Carecí de agallas. Estas calles me tendrán que esperar en otro momento que llegará. No había más París para mi. No por ahora. Una mañana lo decidí. Me voy.

En París caminé como nunca antes. La recorrí sin cansancio, en compañía o sin ella. Vi la ciudad de suburbios, de inmigrantes de todos colores, París clásica con el Hôtel de Ville y modernista a la vez llegando a La Défense. La ciudad del metro bohemio como los cafés de Montmartre y de jardines de colores fabulosos que abundan en Luxembourg. No era como la imaginaba. La realidad me superó siempre. En las galerías de Louvre, con todo su arte, con pasillos que se cruzaban y gente que se amontonaba frente a la Gioconda me dio jaqueca de tanto contemplar. Estaba el Arco de Triunfo, con la llama eterna al soldado desconocido que un mexicano apagó con sus micciones en el 98 en medio de la algarabía que produjo la victoria francesa en la copa del mundo. Y por supuesto, el nombre de Miranda entre los héroes de la revolución francesa. Todo me acompañó en París a lo largo de Champs Elysées y mucho más allá.

Le comenté a Gabriela, la mexicana, que partiría esa tarde. Tomaría un tren hasta Bruselas. Nos dimos un fuerte abrazo, fraternal, infinito. Era mi gran amiga, mi primera referencia de esta ciudad. La mexicana siempre me recordaría a París. Tal vez no nos encontraríamos otra vez a pesar del intercambio de correos, de números y direcciones. Me regaló una postal de Oaxaca, yo no había tomado esas previsiones y le di un sentido beso, de esos que son profundos y cargados de cariño. Nos sentamos a comer juntos como siempre.

— ¿Ahora qué, muchacho?
— No lo sé bien. En principio, llegar a Bruselas. Continuar con el viaje. A lo que vine. No te niego que siento miedo.
— ¿Miedo?
— Sí.
— No me vengas con eso.
— ¿Tú no sientes lo mismo?
— No, amigo. No siento miedo. Tampoco temo por ti. La soledad te sienta bien. Te veías muy bien, muy seguro cuando nos conocimos.
— Debe ser cierto. Te cautivé, porque nunca más me has soltado. Hasta ahora.
— ¡Qué idiota! Eres creído, muchacho. Además, tú te aferraste a mi.
— Es verdad ¿Es posible encontrarnos otra vez en un museo?
— Por lo menos no en Pompidou.
— ¿Y tú qué harás?
— Por ahora, quedarme unos días más en París. Luego quiero llegar a Orleans.
— ¡Olalá! Francia te cautivó.
— ¿A ti no? ¿Por qué no nos quedamos a probar suerte acá?

Sentado en el tren, vía Bruselas, aquella pregunta se hizo recurrente en mis pensamientos. La mexicana con su tono familiar me había dado con qué entretenerme. Creí que era muy pronto para decidir. Todavía falta mucho a este viaje, pensé.

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27.2.07

Crónicas de un mochilero (XXI)

Saint—Denis de sorpresa

En el hostal parisino, me cambiaron a una habitación más pequeña, que compartiría con dos personas más. Uno de ellos era un joven japonés. El otro era Fredrich, un señor alemán que había llegado a París en bicicleta desde Gelsenkirchen. Con él hice empatía instantánea. Fredrich, a sus sesenta y tantos años era un deportista a todo pulmón. Había llegado hasta Francia usando el Mundial de Atletismo como excusa. En realidad sé que, como nadie, disfrutaba de montar la bicicleta por cientos de kilómetros. Esa nueva habitación contrastaba por todos los costados. Por una parte estaba el joven japonés, metódico como es costumbre. De muy pocas palabras y muy serio, la verdad. En la litera, arriba, dormía Fredrich que tenía una disciplina abrumadora. Mis compañeros de habitación eran muy distintos a mi, a mi pequeño desorden. No es que tuviera todas mis cosas tiradas por ahí, pero debo asegurar que por más esfuerzos que hacía, nunca pude dejar todo perfectamente acomodado; siempre quedé opacado por los dobladillos de sábanas en las otras dos camas.

Pasé varios días compartiendo habitación con ellos, unos perfectos desconocidos, que manejaban códigos distintos a los mios, pero, la verdad, todo iba en perfecta armonía. A pesar de los notables contrastes entre un latino, un japonés y un veterano alemán, el clima de camaradería hacía de todo aquello bastante confortable. Yo siempre era el último en llegar por la noche al cuarto, el japonés pasaba horas enteras llenando postales de París y las enviaba, muy temprano por la mañana a su gente en el lejano Japón. Fredrich a esa hora ya tenía rato haciendo calistenia para recorrer la ciudad en su bicicleta.

Una mañana me levanté a las 8. Estaba solo en la habitación, como ya se había hecho costumbre. Mis compañeros se habían levantado. Bajé a desayunar algo y sólo encontré al japonés leyendo un libro en el lobby del hostal. Le pregunté por Fredrich y me dijo que se había marchado de regreso. Supe, como tantas veces, que nunca más me toparía con él. Es una certeza que se tiene a cada instante.

La noche anterior estuvimos Gabriela, la mexicana, Emilio, un poeta iraní y Fredrich tomando un poco de cerveza en el bar del hostal. Después de un rato, emprendimos una expedición relámpago por Montmartre. Titubeamos un momento para entrar al famoso Moulin Rouge, pero en nuestro presupuesto no entraba aquel lujo. Así que con una foto en la fachada del lugar bastó. Muchos cafés y sitios eróticos estaban por la zona. El neón rojo podía encandilar. Nos sentamos en una mesa desocupada a orillas de la calle. Pedimos una ronda. Entre plática y plática, Fredrich se sorprendió cuando le dije que conocía al FC Schalke 04, su equipo de fútbol favorito. Creo que no supo digerir que yo, viviendo tan lejos, puediera tener idea alguna de un club de fútbol alemán que no se caracteriza por la popularidad que goza en el resto del mundo el Bayern de Munich, por ejemplo.

El viejo Fredrich regresó antes que nosotros al hostal. Una vez en el albergue nos fuimos al bar del sitio y seguimos libando licor por unas horas más. De pronto, Gabriela y Emilio habían desaparecido. El poeta iraní y yo quedamos bebiendo un poco más, pero ya la conversa iba perdiendo sentido. Sin más, subí a la habitación a dormir un poco. Con cuidado entré para no despertar a nadie, pero como siempre me sucede, tropecé con todo. Me tiré en la cama y quedé dormido.

Por primera vez sentí algo de nostalgia cuando el discreto japonés me anunció la partida del viejo alemán. Tal vez no estaba justificada, pero cuando se está solo por el mundo cualquier persona amable puede convertirse en parte de la familia de uno como errante.

Me senté a desayunar un plato de cereal en el comedor del hostal, mientras trataba de entender algo del programa rosa que pasaban por la televisión francesa. Subí a mi habitación para dejar todo listo. Entre mis cosas me di cuenta que había una entrada para el Campeonato Mundial de Atletismo. Decía a mano: Schalke!

Sin tenerlo previsto me fui esa tarde al mítico Stade de France en Saint—Denis a ver como el dominicano Félix Sánchez se hacía campeón mundial en los 400 metros. Todo por cortesía de mi buen amigo, el viejo Fredrich.


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21.2.07

Crónicas de un mochilero (XX)

Llegando a la cima

Mientras yo subía por los escalones de la torre Eiffel en compañía de Gabriela, la mexicana, el señor Gilberto tomaba el bus que lo llevaría del trabajo a su casa a las afueras de Bogotá luego de catorce horas de jornada laboral. Algún niño por ahí estaría dando su primer paso al compás de los mios y muchísima gente encontraba aquel control remoto que daba por perdido. En eso me ponía a pensar mientras subía por los primeros escaños de la torre. Son muchas historias las que nacen y mueren cada segundo, con cada escalón que íbamos recorriendo. La mía, tal vez la más mundana de todas.

Algo raro pasó en ese momento. Algo que me hizo pensar en todo menos en mi. Una sensación de vacío que me resultaba incoherente. A pesar de encontrarme por primera vez ahí, en París, escalando el símbolo universal de la ciudad, sin tener la certeza de regresar algún día, no paraba de pensar en que ese preciso momento no tenía mucho de especial. Tal vez el vino me había pegado fuerte en la cabeza, pero súbitamente tomé a Gabriela de la mano y empecé a dar zancadas con todo ímpetu, pasos monumentales por aquella torre de acero. Gabriela no comprendió mucho, pero me siguió el ritmo hasta que paramos para tomar un poco de aire. Exhaustos, nos vimos a los ojos y yo grité a todo pulmón: “¡Jalisco no te rajes!” y seguimos subiendo aquello, ahora cantando y gritando y Gabriela, a todo pulmón, me preguntaba:

—¿Qué es la vida?
Yo respondía:
— ¡No lo sé!
— ¿A qué sabe la felicidad?, decía la mexicana.
— ¡Yo no sé!, replicaba yo mientras imprimía más velocidad al subir.
— ¿Es esto París?
— ¡No lo sé!

Y el aire se nos hizo insuficiente y el sudor abundante, pero ya estábamos cerca de llegar y fuimos muy felices. Y cantábamos en español con acento francés y la gente nos veía sin saber el porque. Simplemente eramos un par de jóvenes dispuestos a gozar de una vista genial de París en todo lo alto de la Torre Eiffel.

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6.2.07

Crónicas de un mochilero (XIX)


Nos debemos un festín

El desayuno fue muy interesante. No tanto por el croissant con mermelada, que estaba incluido en el hospedaje. Sino, porque enfrente tenía a Gabriela. A su lado estaba Emilio, ciudadano del mundo, caminante incansable y soñador como todos los comensales en esa mesa, en ese hostal, en esa ciudad que así lo permitía. Emilio hablaba muy fluido, como entrenado para eso. Y hablamos de la guerra y lo terrible y lo hermoso que se descubría ante nuestros ojos y lo mundano y el pan y circo y de lo deplorable de la guerra y la utopía de la paz y de nosotros y de aquellos. Otra vez se nos fueron las horas interminables disfrutando de la plática. Y Gabriela dijo: “Emilio, nosotros nos vamos. Tenemos una cita pendiente. Nos vemos acá a las 21:00”. Y nos fuimos.

Caminamos por kilómetros, por veredas y callejones, calles empedradas y de asfalto. Pasamos por fruterías y tomamos alguna manzana sin testigos y estuvimos de palmo a palmo en la Avenue Simón Bolívar, liberateur des colonies hispano—americaines, y más allá. Seguimos caminando a orillas del Sena y había gente tomando sol y otros nos pasaban en bicicleta y en los puentes vimos a alguna pareja besándose y otros hacían lo mismo, pero a escondidas, y así. Paramos, nos sentamos, platicamos de los dioses griegos y la cultura pop, bebimos agua y seguimos nuestro rumbo.

Cuando estábamos cerca de la torre entramos a un minimercado a comprar unas baguettes, unos gramos de queso y embutidos. Sería nuestra comida, la que nos debíamos. De beber, vino de la casa. Dos litros. Y como brincando, contentos por estar a punto de completar el deber, fuimos acelerando la marcha hasta llegar a los pies de la torre de acero, del símbolo de la era industrial clavada en los espacios que alguna vez albergaron la feria mundial que la daría a conocer.

Nos sentamos en la grama de los Campos de Marte. Yo preparé los panes, Gabriela descorchó el vino. Primero brindamos por la vida y el destino y París. Dimos inicio al festín que terminaría con nosotros acostados boca arriba. Contemplando un cielo azul, sintiendo una grama muy verde en nuestras espaldas, sabiendo que la torre parpadeaba a ratos y estando seguros de nuestra compañía. Nos quedamos mudos por primer vez. Ahí estuvimos un rato, recobrando energía para poder subir los 1665 escalones de la Torre Eiffel.

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Crónicas de un mochilero (XVIII)


Bonjour, mon amour

A Cindy
Sofía me levantó muy temprano. Ya le tocaba regresar a Portugal. La despedida se prolongó bastante, tanto que me costaría asegurar que pudo tomar el avión a tiempo. El último beso fue en el metro; ella debía seguir hasta el aeropuerto y yo rumbo al noreste de París, donde estaba mi hostal.

En el trayecto hasta mi destino sólo imaginaba la cama del albergue juvenil. En mi ensoñación se veía mucho más cómoda y acogedora de lo que era. Estaba agotado y sentía que debía dormir un par de horas. Pasé el umbral de entrada del hostal, casi como zombie. Llegué hasta el cafetín a tomar algo de agua. En la mesa del fondo, hacia la derecha del salón, estaba sentada Gabriela, la mexicana. Hicimos contacto visual. Click. Recordé que había quedado con ella el día anterior. También recordé que la planté. Que no llegué a la cita para cenar en la Torre Eiffel. Me hizo una seña y me dirigí hasta su mesa caminando en medio de un laberinto de sillas mal colocadas, dispuestas así, como si alguien se hubiera dedicado por horas a hacer ese trayecto de pocos pasos en algo interminable.

Sabía que estaría molesta. Sabía que el embarque no había sido un buen detalle. Cuando llegué hasta allá estaba preparado para todo, menos para ella, para Gabriela. “Bonjour, mon amour”, me dijo en un tono que no olvido por su delicadeza. “Hola, Gaby. Buenos días”. Gabriela estaba dispuesta a oír mis excusas y yo a dárselas. Ella lo entendería sin molestarse. Gabriela no es una más del montón. Nos pondríamos al día. Le conté todo lo que había pasado y cómo había pasado, mientras tomábamos un amargo chocolate de hostal. Y yo evocaba con emoción mi pequeña aventura parisina, y ella me escuchaba con atención, le di los detalles, y llegó él y le dio un beso muy francés sin que ella lo esperara; ni hablar de mi sorpresa. “Él es Emilio”, me dijo entre risas placenteras, muy de Gabriela. Gabriela no es una más del montón. Gabriela tampoco es tonta. Algo me decía que el embarcado, en primer lugar, había sido yo.

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19.1.07

Crónicas de un mochilero (XVII)

El cementerio y sus bellas sorpresas



El lunes comenzó muy temprano, a pesar de las copas de la noche anterior. La tertulia estuvo buena y la compañía mejor. Tenía pensado ocupar mi día visitando los cementerios más importantes de París: el del Père Lachaise, el de Montmartre, el de Montparnasse y el de Passy, ubicados al este, norte, sur y centro, respectivamente. Gabriela, la mexicana, no estaba interesada en ese paseo y optó por ir a Champs-Élysées ese día. Quedamos en vernos a las 21:00 horas para cenar en el Campos de Marte, a los pies de la torre Eiffel. Listo.

Desde muy niño los cementerios me han parecido maravillosos. Son sitios repletos de historia, muy generosos en arte. El cementerio es reflejo perfecto de una ciudad, de una cultura. El recinto te habla mil veces de las costumbres añejas, del contraste social. El Cementerio Père Lachaise, la primera parada proyectada en mi recorrido, es el más grande de la capital francesa y el más hermoso del mundo, según los conocedores — el Monumentale di Staglieno en Génova y La Recoleta en Buenos Aires comparten estos honores—. Las caminerías son amplias y está atestado te tumbas insólitas, algunos mausoleos gigantescos y nichos interminables. La vegetación en sectores es densa y es sólo gracias a las bien ubicadas señalizaciones que el visitante puede salir del inmenso laberinto rodeado de hermosas criptas.

Este cementerio representa la cuarta atracción turística de la ciudad, todo gracias a sus famosos habitantes. En la entrada del cementerio me dieron un mapa que mostraba la ubicación de las tumbas más famosas. Comencé con mi necroturismo y recorrí buena parte de aquello. Visité un rato a Chopin, vi a la Callas; entre Delacroix y Melie se me fue toda la mañana. Aun me faltaba encontrar la tumba de Jim Morrison que estaba en la intersección del callejón Maison y el Lebrun. A pesar del mapa di muchas vueltas y no pude encontrarla. Ya ni sabía dónde estaba. Me encontraba extrañamente solo y rodeado de muertos. Apuré el paso a ver si me topaba con alguien, pero no di con nadie. ¡Qué bolas tengo de perderme con mapa en mano!

Totalmente extraviado, doble en aquella esquina a la derecha y me topé de frente con ella. Me paralicé por un segundo mientras veía su rostro. Mi inglés nunca fue tan malo como en ese momento. Le comenté que estaba perdido. Ella también. Los dos buscábamos a Morrison. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Sofía y venía de Portugal. Entonces empezamos a hablar, cada quien en su idioma y nos entendíamos casi a la perfección. Caminamos un rato y encontramos la tumba de Jim. Nos tomamos unas fotos y seguimos hablando, y caminando.

Estábamos tan involucrados que en un instante dimos con la salida del cementerio y nos fuimos a comer algo. Que se jodan todos esos muertos, pensé. Otro día los visitaré. La belleza de Sofía es tal que ellos sabrán comprender. Confieso que no lo podía creer. Sofía tenía el cabello negro, negrísimo. Su piel estaba tostada por el sol de Ibiza, isla que había visitado una semana atrás. Su rostro era de facciones muy delicadas y ocultaba sus ojos verdes detrás de unos lentes oscuros. Vestía una falda de jean que aun hoy recuerdo. De hecho, recuerdo mucho mejor sus largas piernas. Perfectas.

Íbamos caminando sin rumbo por París. Buscando un buen sitio para comer lo que fuera. Así las cosas, nos sentamos en la grama de un parque, improvizando una especie de picnic. Habíamos comprado una botella de vino tinto. Comimos, bebimos y luego nos acostamos ahí a seguir hablando, cada vez más cerca. Muy a gusto los dos.

Sofía regresaba a Oporto al día siguiente. Se estaba quedando a las afueras de París en el piso de una amiga. Me invitó. Acepté. No dormí en el hostal esa noche. Tampoco me encontré en el Campo de Marte con Gabriela. Ya habría tiempo para dar explicaciones y pedir alguna disculpa. Hoy me tocaba vivir, disfrutar intensamente de París y de Sofía, la chica que conocí en el cementerio.

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22.11.06

Crónicas de un mochilero (XV)



Fue frente al Pompidou

El sol estaba inmenso y el cielo limpio, sin una nube. La temperatura era agradable para ser una mañana de verano. La gente —que era muy poca a esa hora— estaba feliz por las calles de París. Por lo menos, así lo percibí ese domingo. No recuerdo específicamente qué hizo que me bajara en la estación Châtelet para luego caminar unas cuadras por el Boulevard de Sébastopol. Mi paso era lento. Andaba a la misma velocidad con la que puedes saborear un buen helado.

En mi recorrido por el boulevard busqué, sin mucha suerte, algún sitio para poder tomarme un café. Estaba en París y quería tomarme un café. Tal vez todo estaba cerrado porque era domingo, muy temprano para un domingo al parecer. Saqué el mapa, me senté en plena acera y comencé a preparar mi jornada. Quería llegar —cómo no— a la Torre Eiffel. El mapa que había comprado al llegar a París era muy grande. Terrible. Se desdoblaba en infinitas partes y ubicarse en él era muy complicado ¡Qué carajo! No voy a perder más tiempo buscando. Caminando llegaré.

Mi instinto me decía que debía seguir derecho y cruzar en algún momento. Mi instinto no conocía París y mientras caminaba dejaba cada vez más lejos la Torre Eiffel. En ese momento no sabía que a mis espaldas, a tan sólo tres cuadras, estaba el Sena y que desde ahí se puede divisar la torre. De Sébastopol giré hacia la Rue Rambuteau y luego me metí por la Rue Saint—Martin. Habré caminado unos 20 metros por la Saint—Martin cuando descubrí algo impresionante.

Paré mi andar en seco por unos segundos y contemplé, totalmente sorprendido, aquella estructura. Frente a mi estaba uno de los edificios más increíbles que había visto nunca. No era el más grande, ni el más lujosos, pero sí era el tipo de sitio que te deja con la boca abierta. Mucho más si no esperas toparte con algo así. Aquello rompía con los añejos edificios parisinos. Era como un rompecabezas, parecía de mentira. Era el Museo Nacional de Arte Moderno Georges Pompidou.

Frente al Centro Pompidou hay unos escalones dispuestos de tal forma que permiten que uno se pueda sentar a admirar aquella obra de arte. Adentro, me toparía con Andy Warhol, Jean Arp, Alexander Calder, Jean—Pierre Raynaud, el cinetismo de Cruz—Diez, una brutal exposición de arte chino distribuida en una gigantesca maqueta de Pekín y con Gabriela, la mexicana, mi primera amiga en este viaje. Para llegar a ese punto tendría que esperar hasta las 11 de la mañana. A esa hora abre el museo. Mientras, encontré una máquina de café instantáneo. Ese sería mi primer café en París. Un café de máquina como el que tomo en Caracas. Vainas de la globalización. Me senté en las gradas a comprender el mapa, para hacer algo de tiempo, tomando mi primer café. Mi primer café, frente al Pompidou.

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7.11.06

Crónicas de un mochilero (XIV)


Paris, al fin

Llegué a París un domingo muy temprano. El hangar principal del Gare du Nord tiene un techo infinito. Es una estructura inalcanzable. Impresionante. Yo me veía diminuto ante aquello.

Decidí en ese momento que no podía perder tiempo y me dispuse a tomar el metro hasta la estación Hoeche. Ahí, según tenía en mis apuntes, estaría a tres cuadras de un albergue juvenil, el Cite des Sciences en Saint Gervais. No hice reservaciones. Nunca las hice en todo el viaje. Me arriesgaba y llegaba al sitio en busca de una cama y un locker para guardar mi pesada mochila.

El metro de París puede ser difícil para un novato por su complejidad. Son 14 lineas que atraviesan toda la ciudad. Así que tome mi tiempo mientras buscaba la forma de conectar con Hoeche. Mientras caminaba por los pasillos subterráneos me topaba con violinistas que hacían competencias entre su música fresca y el típico hilo musical de las estaciones de metro. Si el metro de París es complejo, también lo son sus pasajeros. Aquello estaba repleto de turistas asiáticos, trabajadores africanos y uno que otro parisino. Alguna señora hablaba sola mientras se sostenía fuerte de un pasamanos, otros niños jugaban entre si y había muchos que sólo miraban al horizonte, como perdidos. Curioso es que el horizonte no quedara a más de dos metros de sus narices, justo donde estaba la ventana del vagón.

Al salir de la estación Hoeche me sorprendió el sol que estaba radiante esa mañana. También noté que los periódicos los dejaban amontonados en paquetes al principio de las escaleras de acceso y la gente los tomaba de a uno sin vandalizar. Me sorprendería más tarde, estando en un baño público, que no existieran retretes, sino una especie de hueco en el piso donde la gente deponía sin apoyo alguno.

El Cite des Sciences quedaba en un barrio de iraníes y turcos. Estos inmigrantes poblaron la zona con negocios que no les permitían olvidar sus raíces. Restaurantes de comida típica, centros de telecomunicaciones con ofertas para llamadas a Estambul o Teherán y mercadillos repletos de olores distantes a París.

Después de caminar poco más de 200 metros, di con el hostal, el Cite des Sciences, mi casa en París. Ahí dentro todo era joven, con vida. Había gente multicolor desayunando en el comedor, otros tantos veían las noticias en el televisor de la sala común y alguno se preparaba a salir en bicicleta para dar una vuelta.

En la recepción me explicaron que tenían disponible una habitación de seis personas. Mixta, pregunté. No, sólo para hombres, me contestaron. En principio, me desilusioné, pero no importó. Dejé la mochila guardada en un armario y me explicaron las normas para usar el cuarto de lavandería, el horario del comedor y cómo debía separar mis cosas en la nevera y la alacena.

Subí a mi cuarto y ya a esa hora no había nadie. ¿Quién puede desaprovechar tan solo un segundo en la ciudad luz? Y así, con un koala en el hombro fui rumbo al Metro a ver qué tenía París para mi esa mañana de domingo.

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7.5.06

Crónicas de un mochilero (IV)


Escala

¡Qué vaina más grande! El aeropuerto Charles De Gaulle de París es inmenso. Es uno de los dos con que cuenta esta ciudad —el otro es el Orly—. Nuestro vuelo llegó al terminal 2C. Disponía de treinta minutos para llegar hasta el terminal 2F donde saldría el vuelo que me conectaría con Barcelona. Pensé que nos montarían en algún bus para acercarnos. ¡Ja! Me tocó descifrar por dónde era el camino. Estaba realmente perdido. Habían un montón de letreros por todas partes. dèpart / sortie/ arrivè/ bienvenue/ boutique/ accès. Yo veía todo en chino —o en francés, que viene a ser lo mismo—.

Después de preguntar a varias personas y dar vueltas en círculo descifré el enigma. El terminal 2 estaba dividido en cinco grandes salones, cada uno de ellos corresponde a un subterminal. Este es el más moderno de los tres que conforman todo el aeropuerto. La arquitectura del lugar es increible, no existen paredes. La estructura impacta. El piso es blanco y brillante, en algunas partes el techo es a dos aguas y está compuesto por miles de cristales que permiten iluminación natural. Vidrio y acero es la combinación utilizada por los arquitectos de este lugar de pasillos enormes. Una vez en el 2F, me encontré con un caraqueño que tomaría el mismo vuelo que yo. Él haría escala unos días en Barcelona para irse luego a Italia donde lo esperaba su novia. Nosotros éramos apenas dos de los más de cuarenta venezolanos que teníamos a la “Ciudad Condal” como destino esa mañana.

Una vez dentro del avión fui atendido por la aeromoza más linda que jamás había visto. Su nombre es Elena. De padre español y madre francesa esta chica era un espectáculo. Es de esas mujeres bellas, dulces y, además, trabajadoras con las que nunca paro de soñar. No me atrevo a describirla físicamente por temor a quedar corto. El De Gaulle había dejado de ser impactante. En ese momento sabía que nunca más la volvería a ver —como a tantas personas durante el viaje—. Ella también sabía que yo estaba embobado con su presencia, pero seguro estaba acostumbrada a enamorar a cuanto pasajero atendía cubriendo esa ruta tres veces por día. Lo nuestro no podía ser. Primero, porque ella nunca se lo planteó — Bueno, en mi imaginación sí lo hizo—. Segundo, porque yo no tenía tanto dinero como para tomar ese vuelo un par de veces más, en plan de acosador, y así conversar un poco con ella de nuestro futuro. Tercero, el último pasajero que abordó el avión se sentaría a mi lado y la espantaría de inmediato. Elena tenía la experiencia suficiente como para saber qué tipo de pasajero era él.

Este muchacho era el típico mochilero norteamericano con sobrepeso de 21 años que viajaba a Europa para drogarse mucho y luego quejarse de lo terrible que era todo fuera de su país ¡Qué tipo tan atorrante! Pero yo me lo merecía. Mi error fue comenzar a hablar con él en inglés. “Me hará bien practicar el inglés. Además, debo hacer amistades” ¡Idiota! Una vez que se activó su incontinencia verbal nada podía detener a este partner. En un momento llegué a pensar que lo mejor sería encerrarme en el baño del avión hasta que llegáramos a tierra firme o pedirle a Elena que me cambiara de asiento, pero me dije: “Este vuelo es corto. En media hora habremos llegado”. Así las cosas, después de escuchar las toneladas de reclamos que hacía el gringo aterrizamos en El Prat y de Elena no supe más.

Recomendaciones de hoy:
El blog: QTPD - El sitio: De Gaulle - La peli: The rules of atracttion, dirigida por Roger Avary - El trago: Air France - La Ñapa: La paradoja del Coco Basile

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