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16.5.08

Crónicas de un mochilero XXIX


El tipo de la trompeta, si es que se puede afirmar tal cosa

La armonía no era lo suyo. Creo que la trompeta tampoco le pertenecía. Quién es este caballero que desafina por allá, un domingo, en el patio de un hostal cerrado. Alguna vez fue pelirrojo. Una hebras insípidas lo delatan; ha quedado calvo. Usa unos lentes a lo Scorsese, que, a decir verdad, le dan un toque amistoso, como a Scorsese. Tendrá más de cuarenta años y todo el aspecto de un belga promedio, si es que se puede afirmar tal cosa. Comencé a elucubrar. Tengo como hobby hacer eso con los desconocidos. En unos segundos deduje que era uno de esos serial killers de una película danesa. Me pareció un cliché rebuscado. Tampoco tuve mucho tiempo para pensar en algo más. Lo intenté otra vez. Mientras me acercaba para hablarle tuve la idea de que más bien era un profesor, frustrado tal vez, que venía a este rincón, con un poco de rubor, a exhalar en soledad unas notas que, evidentemente, necesitaban más de algo de talento que de unas horas de práctica. Tal vez fue el paltó desgastado que vestía en pleno verano, las gafas, el maletín negro que reposaba a un lado del estuche de la trompeta que no dejaba de sonar, rompiendo con la armonía de aquella redoma repleta de flores, lo que me hacía dudar que este tipo pudiera entrar dentro de la curva de lo normal, si es que se puede afirmar tal cosa. Cuando estuve a unos dos metros de aquel individuo, que con la cercanía me producía un poco de lástima -porque su soledad se me hacía indescifrable-, la trompeta dejó de sonar. Hola, trabajo acá. También espero a que sean las catorce.

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Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50'W

30.1.08

Crónicas de un mochilero XXVIII


Brujas y mis descuidos


Breve recordatorio del viaje hasta este punto, para lectores con poca memoria y el narrador que olvida:
Nuestro temerario héroe había llegado, sin planearlo, a Brujas en Bélgica. Cuestiones del azar y otras hierbas. Recordar es vivir [link]

Llegar a Brujas de esta manera me hacía sentir confiado. Poco importaba ya el itinerario que me había planteado una y mil veces en Caracas. La falta de comodidad hogareña le hacía bien a mi espíritu. Tenerlo todo planeado podía tornar la travesía en algo tedioso, por lo menos eso pensé estando ahí parado en el vetusto hangar. Eso sí, tampoco la cosa iba siempre de improvisar. Tomé una guía de hostales que llevaba conmigo y comencé a buscar albergue. Según esto, el más próximo estaba a unos dos kilómetros de la estación central. Ahí mismo, pues. La verdad, la mochila se me hacía pesada y, a pesar de estar a unos 15 minutos a pie, me decidí por usar el transporte público. Podía acercarme en autobús. Tenía que montarme en el número dos y bajar en la tercera parada. Hasta acá todo bien.

El conductor del autobús se mostró bastante amable conmigo. No hablaba inglés, pero hicimos rápida empatía gracias al lenguaje de señas. Eso pensé. Estoy seguro que él también. En todo momento se mostró dispuesto a ayudar. Lo cierto, las señas no resultaron tan universales como pensaba. Lo noté cuando me tocó bajar y darme cuenta minutos después, mapa en mano, que me había dejado a unos siete kilómetros del hostal. Era mi culpa por confiar en las señas y no percatarme que había abordado el bus número tres. ¡Era el dos, pendejo! Me toca caminar, pensé, y sin buscar otra alternativa emprendí el recorrido.

Muy a pesar del verano y de la pesada mochila y de mis pocas habilidades atléticas, el recorrido se me hizo, en retrospectiva, imprescindible. Recordé lo que había aprendido: al caminar se conoce a fondo la ciudad, se disfruta y se llega hasta el punto de sentir pertenencia por aquel lugar. En poco menos de una hora decidí que quería que mis hijos crecieran en una ciudad así. Brujas opacó mis recuerdos parisinos por un instante y la encontré perfecta, tranquila, amable. Muchos puentes componen esta ciudad de casas con techos a dos aguas y ciclistas por doquier. Con cada cuadra recorrida ya iría olvidando todo lo demás para embelezarme con la oportunidad que mi descuido me había dado. Fue el azar, una vez más, pero no el último descuido.

Sin darme cuenta había llegado al hostal, Albergue Europa, un sitio enorme. La pequeña entrada que da a la calle Baron Ruzettelaan, oculta las dimensiones del lugar. El hostal más grande que había visitado, sin dudas. A modo de bienvenida me topé con una plazoleta redonda en la entrada, adornada por flores que se me asemejaban a tulipanes amarillos y rojos, y noté que las paredes estaban revestidas por pequeños ladrillos muy marrones. Parecía uno de esos grandes colegios salesianos. Me acerqué agotado hasta la puerta. Estaba cerrada. Un letrero avisaba que los domingos abrían después de las catorce. En la guía se señalaba claramente el horario, pero una vez más no me percaté. Tendría que esperar. Puse la mochila en el suelo y fue entonces cuando escuché hacia mi costado izquierdo lo que parecía una trompeta terriblemente desafinada.



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10.6.07

Crónicas de un mochilero XXVII


En busca del conjuro

Iba caminando hacia el hostal de Bruselas cuando, repentinamente, sufrí un ataque de nostalgia. Me dio por extrañar a todos en mi país. Me sentía muy solo y, a decir verdad, lo estaba. Decidí no pensar mucho en aquello; lo peor que le puede pasar a un errante es tener pecho aguado. Tenía que tomar acciones de emergencia. Llegué a la habitación y tomé mis cosas. Me dispuse a mantenerme ocupado. Eso era tan simple como llegar a la estación y abordar un tren ¿Adónde voy? No importa. Tomaré el primero que salga.

No quería saber nada. No me interesaba pedir información del próximo tren. Me montaría en él, luego averiguaría el destino. Mi futuro inmediato en las manos del azar, del itinerario, de la cotidianidad ajena. Tal vez así le daría un poco de acción a una aventura que de golpe se tornó solitaria. Nunca aburrida, pero en ese momento necesitaba compartir con alguien. Tal vez el tren sea la solución, pensé. A fin de cuentas sólo contaba con él.

Tuve que esperar pocos minutos hasta que arribó el primer tren. Traté de no hacerme trampa y cerré los ojos, le di la espalda para no ver su destino. La pesada mochila a mis espaldas no hacía más gráciles mis posturas de evasión. Cualquier espectador que detallara mis movimientos torpes habría pensado que estaba desvariando. Tal vez.

Subí, ubiqué mi morral en una esquina y me senté. El vagón estaba prácticamente vacío ¡Coño! ¿Dónde están los pasajeros imprudentes cuando se les necesita? La persona más próxima estaba muy lejos. Pensé en tomar asiento a su lado y convertirme en el compañero de viaje indeseable, pero por alguna razón me contuve. Tal vez era mejor disfrutar de la soledad.

Para mi sorpresa el viaje no duró mucho. Cuando le estaba agarrando el gustito a mi mundo interior, el tren entró a una estación repleta de gente. Es aquí, me dije. Me aferré a la idea del tumulto afuera como señal divina, con todas las implicaciones de rigor que eso produce en un agnóstico confeso. Mientras bajaba del tren me cuestioné un detalle: ¿Por qué hay tanta gente que se quiere ir de aquí? Busqué como loco algún letrero y lo encontré. En letras mayúsculas se leía: “BRUGGE/BRUGES/BRUJAS”. ¡Coño! Si hay algún sitio en el mundo donde pueda conseguir un hechizo contra la soledad, debe ser éste, me dije asomando una sonrisa.

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