23.2.07

La estatuilla que sube la torre



Hacer una película es similar a edificar un torre. Sí, sí; una torre. Un aposento muy alto, y que visto desde abajo impresiona, para bien o para mal, de buen gusto o todo lo contrario, pero una torre al fin.

Las bases se colocan con mucho tiempo previo de planificación. Se sondea el terreno y se experimenta con el guión. Ladrillo a ladrillo llegan los actores, locaciones, escenarios, utilería, vestuario, maquillaje, equipos, seres humanos y hasta el almuerzo. Se recubre con concreto de emoción y se refuerzan con pasión, esfuerzo y días eternos de insomnio. Piso a piso, la película cobra vida. Cada nivel superado es una escena lista con visto bueno en el script. Y la cúpula final es pintada “sixtinamente” con las pinceladas de la postproducción. Es así. Por esa torre pasaron primero cientos de hombres y mujeres, que dejaron el sudor en cada escalón, pero que ahora disfrutan de las sonrisas generadas automáticamente por la audiencia transeúnte que admira su labor.

Este año, los 79° Premios de La Academia tienen la difícil labor de escoger la mejor obra de arte, la más sólida, bien estructurada y estéticamente correcta. Cinco películas se disputan la estatuilla que define a la mejor realización del año a nivel internacional. Muchos rubros van dibujando el retrato de la máxima producción cinematográfica del 2007; así como varios galardones mundiales previos empiezan a mandar señales de los posibles ganadores. Sin embargo, algo que ha demostrado La Academia, es que el cine es un mundo lleno de sorpresas; y aunque soy partidario de que “la mejor película es aquella que a ti te gusta”, los “expertos” terminan escogiendo a la merecedora de la estatuilla calva y dorada según, valga la redundancia, sus propios gustos, ambiciones o beneficios.

El año pasado; cuando todo el mundo apostaba a la fórmula clásica (pero con un guión débil y “controversial” para algunos) de la Brokeback Mountain de Ang Lee, Crash le arrebató el premio con una estructura de historias cruzadas y un presupuesto muy bajo para los acostumbrados ganadores de la Academia. Sin embargo, la edición anterior fue un edificio de “medium budget”, con producciones que realmente no marcaron al espectador como otras realizaciones lo han hecho en años anteriores.

Pero ésta mala racha del cine mundial se superó en el 2006. Incluso, las cifras monetarias recaudadas por la taquilla gringa crecieron un trece por ciento, y la apatía del espectador norteamericano (provocada, obviamente por los mismos cineastas) mermó en varias recaudaciones multimillonarias, que favorecieron, en varias ocasiones, a directores y productores latinos.

Pues sí; la septuagésima novena entrega de los Oscar se edifica con buenas bases hispanas; y si el año pasado lo coronó el cine independiente, el 2007 trae una lengua castellana que flipa a media humanidad. Y el orgullo que puede sentir un continente es alto, recio y bien merecido.

Las nominadas a mejor película de este año incluyen al mexicano Alejandro González Iñárritu con Babel; Penélope Cruz está nominada a Mejor Actriz Principal y Adriana Barraza buscando la estatuilla a Mejor Actriz de Reparto. Guillermo del Toro puede llevarse el premio a Mejor Película Extranjera (además, es la película española que ha recaudado más millones de dólares en los Estados Unidos); Children of Men , de Alfonso Cuarón tendría bien merecido el Oscar a Mejor Cinematografía; y dos cortometrajes ibéricos se pelean a muerte el primer lugar en su respectivo renglón. Esas y muchas otras buenas noticias hacen que el nuevo cine del mundo venga empaquetado con la franela de “se habla español”.

Para quienes tengan algún dinero en juego, hayan apostado a la novia o el celular, o simplemente quieren restregarle en la cara a su mamá que saben más de cine que ella, estaremos dando un breve paseo por la competencia cumbre de la noche del 25 de febrero: Mejor Película. Es así que los nominados pisan la alfombra roja y todos, absolutamente todos, nos dejan sus huellas cinceladas en nuestro bagaje cinemtográfico: Babel (Alejandro González Iñárritu), The Departed (Martin Scorsese), Letters from Iwo Jima (Clint Eastwood), Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris) y The Queen (Stephen Frears).


“I hate everyone”

A veces podemos llegar a odiar a alguien. Odiarlo por el simple hecho de ser un perdedor. O mejor dicho, de que lo consideremos un perdedor. Es más, podemos odiarnos nosotros mismos por ser unos perdedores. Este término es tan complejo y epistemológicamente enredado que podríamos compararlo con la disyuntiva entre el bien y el mal. Bueno, si lo miramos un poco más detalladamente, es la misma lucha, sólo que algo más sutil. El mundo está lleno de los llamados “ganadores”, mientras que el resto de la humanidad no tiene oportunidad alguna de alzar vuelo en medio de capitalismo y una competencia donde realmente solo sobreviven los más aptos. De esto trata Little Miss Sunshine. Su trama nos relata la historia de una familia guiada por un padre trabajador en empresas a nivel de consultoría emocional y dinámicas de grupo. Su filosofía pretende expandirse por el resto de su familia, pero no lo logra como el quisiera, dirige, para su pesar y frustración, una tribu de “losers”.

Esta historia relata – a modo de road movie – las peripecias de una familia típica nortemericana, con sus potenciales suicidas, sus locos asesinos y viejos aberrados, recorriendo como una happy family las vías de una nación donde impera la competencia salvaje y la obsesión por ser el mejor a como de lugar. Así, su meta final es llevar a la hija menor a un concurso de belleza infantil, donde disputará una larga jornada contra las más expertas mini misses de los Estados Unidos. Obviamente no voy a comentar toda la película, y mucho menos el final, pero ésta cinta se te mete por los ojos y te hace recordar un sin fin de cosas, por más insignificantes que puedan ser, pero que nos traen a colación aquellos pasajes de nuestras vidas donde fuimos – de cualquier manera posible – unos perdedores.

El trabajo actoral de la cinta es fenomenal, de todo el reparto, hasta el papel de la madre abnegada, que es el más neutral del film, se lleva sus méritos de a destellos. El guión de verdad es muy limpio, muy simple, con diálogos verosímiles que, incluso, no necesitan de muchas palabras para expresar una línea emocional. La inseguridad del hijo se ve en su máscara de soberbia nietzcheana; lo grotesco del abuelo se nota en cada línea que esnifa, y Marcel Proust se encarna con lejanía en un cuñado suicida que su mayor dilema es ser el del “segundo lugar”.

Alan Arkin tiene una nominación a Mejor Actor de Reparto por este film, y Jennifer Hudson hace lo mismo con la categoría homóloga femenina; y, por supuesto, el guión también se lleva un ticket para la rifa del premio. Little Miss Sunshine, es una buena película, digna merecedora de varios festivales, y se rescata el hecho de que sea la indie del año, pero, a pesar de todo, hay otras producciones que tienen más méritos.


God save the Queen

Phillipe Seymour Hoffman es para el 2006 lo que es Helen Mirren Para el 2007. El actor interpretó con tal visceralidad a un Truman Capote grotesco, real y hasta destestable que la película “Capote” fue, prácticamente la actuación del señor Hoffman, sin fotografía, sin edición, sin efectos especiales; si hubiesen proyectado un ensayo del actor en vez de la película, el efecto que dejó sería exactamente el mismo.

En el caso de The Queen, Helen Mirren pasará a la historia por su fantástica interpretación de la Reina Isabel II: fría, sombría, sencilla a veces, fuerte en otras, como si de verdad nos hablara con su acento inglés al oído, de carne y hueso. Mirren es el núcleo de una propuesta muy simple, incluso, con varios puntos débiles y toscos por parte del director, pero la falsa reina salva el pellejo de una película en extremo cuidada, y que pudo haber arriesgado más.

Por otro lado, Frears maneja la puesta en escena con bastante elegancia y sin llegar a ser rococó, como se acostumbra en los films de este tipo. Viendo la parte negativa de la producción, Frears se deja llevar por la prudencia, en extremo, y la trama se tambalea en ciertos puntos,incluso, desaprovecha a Mirren en ciertas escenas por colocar a la Princesa Diana.

Obviamente Mirren se lleva el Oscar a Mejor Actriz, eso está claro; pero el Oscar no se le entregará por culpa del propio padre de la criatura.


La epístola de Eastwood

Generalmente, los films hollywoodenses relacionados con alguna guerra en la que perticipó los Estados Unidos de Norteamèrica termina con la típica bandera eztrellada y un mal sabor de boca en el público que, de una u otra forma, no le creemos ni una sola palabra a los gringos. Si te encuentras a un gringo, cualquiera que sea su edad, se hará el héroe diciendo que fue a Hiroshima, Iwo Jima, Vietnam, El Golfo, Kuwait, Irán o Afganistán; a combatir las tiranías de los pueblos e implantar la “democracia” en los pueblos más necesitados (f***in’ gringos). En fin, el asunto político es harina de otro costal, pero lo que si es admirable es que un director proveniente de la vena hollywoodense se atreva a contar de la forma más anti gringa posible lo ocurrido en la masacre de Iwo Jima.

Clint Eastwood nos regala una carta totalmente conmovedora, escrita en verso japonés, y enviada en un paquete tan crudo y realista que deja en el sitio a más de uno.

El guión lo co-escribe con Paul Haggis, también autor de Flags of our Fathers y Million Dollar Baby, del mismo director, y ganador del Oscar con su ópera prima Crash. La historia, realmente es muy densa, pero no se siente ni en la espalda ni en la modorra del público.

Letters from Iwo Jima pudiera ser una sorpresa en la noche de los Oscar. Sin desmerecer a las anteriores dos películas, Eastwood se lanza de nuevo a un reto mucho más grande, y logra vencer. Da libertad plena a la actuación, y pienso que por el mismo hecho de haber nacido artísticamente como actor, Eastwood sabe como manejar las emociones y facciones de los protagonistas.

Asimismo, la historia se estructura de manera lineal, con una serie de flashbacks que no cansan y no son predecibles para quienes ven la película. Eastwood puede dar el batacazo el domingo; así que mosca con Iwo Jima.


El olvidado

Por su parte, el gran olvidado del 2006, y del 2005, y del 2004, y de todos los años de su carrera vuelve al ruedo del Oscar en la edición del 2007. Martin Scorsese, que pudo haber ganado el Oscar con The Aviator, con Gangs of New York, con Goodfellas, con The Last Temptation of Christ, con Raging Bull y con Taxi Driver, nos devuelve a sus raíces de violencia, mafia y humor negro, con unos “Infiltrados” irónicos, escatológicos y hasta hipnotizantes.

Al mejor estilo de Taxi Driver con De Niro, Scorsese aprovecha la majestuosidad actoral de un Jack Nicholson de por sí enfermo, demente, actuando como nunca antes había actuado; incluso, me atrevo a decir que Nicholson impacta más en esta película que como lo hizo en The Shining, de su majestad Stanley Kubrick. Nicholson se devora las actuaciones de un DiCaprio que va mejorando, pero aún le falta, y un Mark Wahlberg que también sorprende, pero no como para llevarse el Oscar a Mejor Actor de Reparto. Más bien, a este servidor, le parece una soberana injusticia que Nicholson no estuviera nominado en este renglón.

La película no sólo muestra de manera cruda una ficción real en la cultura policial de los Estados Unidos. Aunque el guión sea una adaptación, Scorsese aprovecha las miserias mundiales y las coloca con mejor resultado en el ámbito del norte. La fotografía es, sinceramente, increíble, con un juego de contrastes y una pulcritud tal que nos envuelve a todos en sombras. The Departed sería la gran ganadora de este año si no se hubiera presentado la siguiente película. Eso sí, Scorsese este año se hace con el Oscar a Mejor Director. La Academia tendrá un atentado terrorista (ya que esta de moda por este blog) por parte de un servidor si Martin no sale puliendo la cabeza de la estatuilla.


Al final de la torre

Llegar al último piso de una torre muy alto genera una gran satisfacción después de tanto esfuerzo y sudor derramado. Al asomarte por la baranda, la ventana, el balcón o la terraza se puede sentir el olor del mundo, el verdadero, el que mezcla a caucásicos con mestizos, indios con negros, hombres y mujeres, en un solo aroma inconfundible: el de la humanidad.

De igual manera, podemos observar las pequeñas sombras en el horizonte, y cada movimiento a escala que hacen los hombres día tras día. Estar en la cima de una torre, muy alta y bien edificada, es ver al orbe como se ve en Babel.

La tercera película del director mexicano Alejandro González Iñárritu llega como la gran favorita para la noche del 25 de febrero. Ésta, es la parte final de una trilogía Iñárritu – Arriaga que no tendrá más luz en historias posteriores para desgracia de los fans. Babel maneja una estructura “clásica” y rutinaria para la dupla, pero que sigue cautivando más y más seguidores, y que maravilla aún más a quienes seguimos sus pasos desde la primera producción.

Babel tiene una formula de guión mucho más simple que Amores Perros (2000), y 21 grams (2003). Donde cuatro historias se cuentan de manera paralela, y que, a diferencia de la primera de éstas, no se cruzan en ningún momento, si no que maneja como le da la gana el concepto de la teoría del caos. Un hecho acaecido en Marruecos afecta la boda más típica en una ciudadela mexicana colindante con EEUU.

Iñárritu se ha caracterizado por manejar un trabajo actoral diferente, con otro toque que no posee cualquiera. Se entrega por completo a los encuadres y los diálogos. Mantiene la atención del espectador con primeros planos en cámara en mano, silencios largos y miradas que advierten sentimientos.

La historia (o historias) de Babel nos presentan el gran dilema que acarrea la incomunicación. No sólo verbal, si no integral. Un abrazo, un gesto, una sonrisa, una mirada dicen mucho más que un monólogo; y para muestra, el botón de la trama desarrollada en Japón. Que sin hilos ni pegamento se sostiene sola, por una artista oriental que puede llevarse el Oscar a Mejor Actriz de Reparto, y que sin embargo considero como la parte más débil y fatua del guión, pero que es la mejor interpretada.

Globalización es sinónimo de distancia, de no necesitar contacto, de poder influenciar en la vida de otro(s) sin necesidad de estar cerca; y es un fenómeno que nos trae igualdad, cierto, pero, según Babel, la consecuencia más grande puede ser la destrucción de nosotros mismos, en conjunto, pero solitarios al mismo tiempo.

No cabe más nada sobre esta película. Se merece el Oscar. Se va a ganar el Oscar. Lo merece. Lo merecemos todos, por su película universal.

La recomendación de este año es la misma que la del 2006. El cine no existe si nadie lo ve. Así de simple. Cualquier película, buena o mala, no es ni buena ni mala, es distinta y con el mismo derecho a ser vista por aquellos que se les antoje verla. Aquí nadie es experto en cine; mucho menos yo, tan sólo doy mi opinión en base a las tantas veces que vi cada una de las películas nominadas, y que me da la sensación de poder predecir, repito, según mis gustos, de la ganadora el Premio de La Academia a Mejor Película, Este año la decisión es compleja, y cualquiera de ellas (cual Miss Venezuela) pudiera ganar en una noche tan linda como esa.

Gracias al Chamodel114 por el espacio, nuevamente. ¡Hagan cine!... ¡Vayan al cine!



Permuticas para el Domingo 25
Una lista con los posibles ganadores en los renglones más importantes (a ver cuántas pego), la primera opción es la ganadora, la segunda pudiera dar la sorpresa.

  • Mejor Actor: Peter O’Toole / Forest Whitaker.

  • Mejor Actor de Reparto: Djimon Hounsou / Jackie Earle Haley.

  • Mejor Actriz: Helen Mirren / Judi Dench.

  • Mejor Actriz de Reparto: Rindo Kikuchi / Cate Blanchett

  • Mejor Película Animada: Happy Feet.

  • Mejor Dirección de Arte: Pan’s Labyrinth / Dreamgirls

  • Mejor Cinematografía: Children of Men / Pan’s Labyrinth

  • Mejor Director: Martin Scorsese / Alejandro González Iñárritu

  • Mejor Edición: Children of Men / Babel

  • Mejor Película Extranjera: Pan’s Labyrinth / The lives of others

  • Mejor Maquillaje: Pan’s Labyrinth / Apocalypto

  • Mejor Cortometraje: Binta y la gran idea / The saviour

  • Mejor Guión Adaptado: The Departed / Children of Men

  • Mejor Guión Original: Babel / Pan’s Labyrinth

  • Mejor Película: Babel / The Departed

21.2.07

Respuesta Anti terrorista

Ante las múltiples amenazas de algunas terroristas, he decidido responder con:

— Las inverosímiles crónicas del mochilero. Esta vez en su capítulo número veinte.
— Resucitando los Fragmentos Caraqueños. Las fotos las pueden enviar a enlagunlugardecaracas@gmail.com
— Un corto español ganador de Espacio Libre 2006.
— Un texto.

Todo esto porque no tengo la fuerza bélica y el poco cerebro para invadir país alguno. No me quedó otra opción más que ponerme al día con los posts pendientes. Así que acá dejo este 4 en 1 con todos los hierros, vitaminas y minerales.

Por cierto, me he dado cuenta que el pasado 17 de febrero cumplimos un año con el blog, así que felicito a todos los ministros del gabinete que han contribuido con sus buenos oficios para que este espacio siga en pie. También quiero agradecer a mi compañía disquera y mi publicista; sin ustedes no habría sido posible todo esto. Extensivas las felicitaciones a mi mae y a mi pae y a todos los que me conocen. Tampoco quiero dejarlos por fuera a ustedes, manganzon@s todos, por darse una vuelta por acá durante todo este tiempo.

Celebraciones especiales no haremos, porque el blog está muy bebé y gastar plata en eso es un pecado, ya que no lo recordará cuando sea un blog adolescente, con espinillas y mal humor. En su defecto, despotricará de mi y su madre.

El Chamo del 114

P.S. 1: Mamirruqui, un besote en la boca. Tengo ganas de dártelo ya. —con voz de ex convicto re(de)generado.—
P.S. 2: Feliz cumpleaños también a minombre. Le echaré la culpa al rey momo por mi descuido, hermano.
P.S. 3: Para el viernes tendremos los esperados y picantes pronósticos de los Oscar. Por lo menos eso me prometió nuestro brujo de cabecera: Marcos, el iluminado del celuloide.

Fragmentos caraqueños


Titulo: Autorretrato
Técnica: Digital
Locación: De parrillero en la moto rodando por Caracas.
Fecha: Febrero 2007
Autor: Elchamodel114

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Crónicas de un mochilero (XX)

Llegando a la cima

Mientras yo subía por los escalones de la torre Eiffel en compañía de Gabriela, la mexicana, el señor Gilberto tomaba el bus que lo llevaría del trabajo a su casa a las afueras de Bogotá luego de catorce horas de jornada laboral. Algún niño por ahí estaría dando su primer paso al compás de los mios y muchísima gente encontraba aquel control remoto que daba por perdido. En eso me ponía a pensar mientras subía por los primeros escaños de la torre. Son muchas historias las que nacen y mueren cada segundo, con cada escalón que íbamos recorriendo. La mía, tal vez la más mundana de todas.

Algo raro pasó en ese momento. Algo que me hizo pensar en todo menos en mi. Una sensación de vacío que me resultaba incoherente. A pesar de encontrarme por primera vez ahí, en París, escalando el símbolo universal de la ciudad, sin tener la certeza de regresar algún día, no paraba de pensar en que ese preciso momento no tenía mucho de especial. Tal vez el vino me había pegado fuerte en la cabeza, pero súbitamente tomé a Gabriela de la mano y empecé a dar zancadas con todo ímpetu, pasos monumentales por aquella torre de acero. Gabriela no comprendió mucho, pero me siguió el ritmo hasta que paramos para tomar un poco de aire. Exhaustos, nos vimos a los ojos y yo grité a todo pulmón: “¡Jalisco no te rajes!” y seguimos subiendo aquello, ahora cantando y gritando y Gabriela, a todo pulmón, me preguntaba:

—¿Qué es la vida?
Yo respondía:
— ¡No lo sé!
— ¿A qué sabe la felicidad?, decía la mexicana.
— ¡Yo no sé!, replicaba yo mientras imprimía más velocidad al subir.
— ¿Es esto París?
— ¡No lo sé!

Y el aire se nos hizo insuficiente y el sudor abundante, pero ya estábamos cerca de llegar y fuimos muy felices. Y cantábamos en español con acento francés y la gente nos veía sin saber el porque. Simplemente eramos un par de jóvenes dispuestos a gozar de una vista genial de París en todo lo alto de la Torre Eiffel.

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Compañía


Corto: Compañía
Director: Alex Hernández
Año: 2006
Duración: 4 minutos
País: España
Idioma: Español

Agua y nada más


Me levanté titubeante. Necesitaba un poco de agua. No recordaba mucho de la noche anterior. Sólo algunas imágenes sinsentido venían a mi. Sé que la farra comenzó ocasionalmente en casa de un buen amigo, pero no recuerdo dónde terminó. La resaca es un indicio que no me deja dudas. Anoche la armé en grande. Recuerdo haber estado en Júpiter, el bar. Recuerdo que ahí me topé con Afrodita, la diosa. Hablamos, no sé de qué, reímos y nos besamos una y otra vez. Recuerdo que la diosa, Afrodita, no estaba sola. Venía con unas amigas. Yamileth era una de ellas. Yamileth anda con una diosa y no lo sabe. Cosas de bachiller promedio. En fin, la diosa se fue o la perdí cerca del baño, no recuerdo muy bien. Confieso que cuando llegué a Júpiter, el bar, estaba como fuera de mi. Un poco tocado por los excesos, pero de pie y eso está muy bien. Siempre que pueda sostenerme por mis propios medios seré un tipo normal —ver la campana de Gauss—. La verdad es que ahora que recuerdo bien, hice un poco de trampa en Júpiter. La fuerza de gravedad quería jugar una mala broma y me sostuve, como pude, de la pared. Bueno, entonces estaba en Júpiter cuando decidimos ir a otro lado. Salí sin rumbo y sin la diosa de ahí. Hoy extraño a Júpiter por su diosa, pero anoche no. Lo cierto es que mezclar no está nada bien. Un poco de esto y más de aquello. Una copa más, en vaso de plástico que me voy. Recuerdo que cuando entre al antro de moda habían conocidos o por lo menos eso pensé. Nos saludamos, me brindaron un poco más y hablé del Papa y la Reina que debe claudicar. Nadie me comprendía y yo tampoco a ellos. A lo lejos vi a esta chica sentada sola en la mesa de la esquina, me acerqué. Invoqué a Rimbaud y se lo hice saber. Ella me retó y lo hice otra vez. “Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.” Gané la apuesta y me besó. Pensé que no era justo para mi. Yo le regalé a Rimbaud y ella me dio un beso terrible. Reclamé con furia y me besó para callarme. Esta vez el beso me había encantado. La apreté fuerte y seguí besándola y el tiempo se detuvo, pero la música no. Y yo que dejé a la diosa en Júpiter y estaba ahora con la chica de la mesa de la esquina sentada en mis piernas hablando de los ingleses que no me importaban para nada en ese momento. Sólo quería irme de ahí, con ella, lejos de todo, lejos de ese antro de moda con gente que parecía conocerme y me vigilaban desde allá, cuchicheando. Largarme lejos de aquella música de ritmos arabescos que no van conmigo, no esa noche, y rogué por el milagro que nunca sucedió. Yo, rogando por un milagro cuando creo que son un invento ocioso. Esa era la estampa de aquel buen hombre que había salido fortuitamente de casa y que ahora, acostado en su cama, solitaria y sin aroma, no recordaba más que imágenes sin sentido, luego de despertar titubeando. Y así estaba esta mañana, suplicando por un poco de agua nada más.

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12.2.07

¡Sacude, doble fea!


Nada fue la distancia, con mi loca esperanza de volverte a ver, otra vez, mujer. Creí que eras distinta, creí que eras sincera.

Ya nos dieron la señal que el hombre por fin llegó. Pronto llegará el momento que tú puedas vacilar y descargar… Ya yo sé que te gustó, quieres bailarlo otra vez, ponte bien los zapatos que los tienes al revés

—¿Qué le pasa a usted, viejito? Que se mueran de envidia toditos. Ya la vida le ha enseñado demasiado, cometer el mismo error no le interesa. Por eso, todos los días yo canto por no llorar.
— Yo te conozco, bacalao, no vengas con pugilatos.
— ¡Oye, ten cuidado!
— Echa, camina, apártate de mi vera, apártate de mi lado.
— Oiga, señor, si usted quiere su vida, evitar es mejor o la tiene perdida.

Si viéramos bien al mundo y a nuestros pueblos hermanos, no existiera lo rotundo. Ahora me encuentro aquí en mi soledad, pensando qué de mi vida será. “Todo tiene su final, nada dura para siempre.” ¡Alalalé! Si el destino me vuelve a traicionar, te juro que no puedo fracasar. No me preguntaron dónde, orgulloso estoy de ustedes: Hoy han venido a escuchar lo mejor del repertorio — Muerto e´ la risa—.

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7.2.07

Choque


Para ver el corto pulsa aquí

Corto: Choque
Director: Nacho Vigalondo
Año: 2005
Duración: 10 minutos
País: España
Idioma: Español

6.2.07

Crónicas de un mochilero (XIX)


Nos debemos un festín

El desayuno fue muy interesante. No tanto por el croissant con mermelada, que estaba incluido en el hospedaje. Sino, porque enfrente tenía a Gabriela. A su lado estaba Emilio, ciudadano del mundo, caminante incansable y soñador como todos los comensales en esa mesa, en ese hostal, en esa ciudad que así lo permitía. Emilio hablaba muy fluido, como entrenado para eso. Y hablamos de la guerra y lo terrible y lo hermoso que se descubría ante nuestros ojos y lo mundano y el pan y circo y de lo deplorable de la guerra y la utopía de la paz y de nosotros y de aquellos. Otra vez se nos fueron las horas interminables disfrutando de la plática. Y Gabriela dijo: “Emilio, nosotros nos vamos. Tenemos una cita pendiente. Nos vemos acá a las 21:00”. Y nos fuimos.

Caminamos por kilómetros, por veredas y callejones, calles empedradas y de asfalto. Pasamos por fruterías y tomamos alguna manzana sin testigos y estuvimos de palmo a palmo en la Avenue Simón Bolívar, liberateur des colonies hispano—americaines, y más allá. Seguimos caminando a orillas del Sena y había gente tomando sol y otros nos pasaban en bicicleta y en los puentes vimos a alguna pareja besándose y otros hacían lo mismo, pero a escondidas, y así. Paramos, nos sentamos, platicamos de los dioses griegos y la cultura pop, bebimos agua y seguimos nuestro rumbo.

Cuando estábamos cerca de la torre entramos a un minimercado a comprar unas baguettes, unos gramos de queso y embutidos. Sería nuestra comida, la que nos debíamos. De beber, vino de la casa. Dos litros. Y como brincando, contentos por estar a punto de completar el deber, fuimos acelerando la marcha hasta llegar a los pies de la torre de acero, del símbolo de la era industrial clavada en los espacios que alguna vez albergaron la feria mundial que la daría a conocer.

Nos sentamos en la grama de los Campos de Marte. Yo preparé los panes, Gabriela descorchó el vino. Primero brindamos por la vida y el destino y París. Dimos inicio al festín que terminaría con nosotros acostados boca arriba. Contemplando un cielo azul, sintiendo una grama muy verde en nuestras espaldas, sabiendo que la torre parpadeaba a ratos y estando seguros de nuestra compañía. Nos quedamos mudos por primer vez. Ahí estuvimos un rato, recobrando energía para poder subir los 1665 escalones de la Torre Eiffel.

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Crónicas de un mochilero (XVIII)


“Bonjour, mon amour”

A Cindy
Sofía me levantó muy temprano. Ya le tocaba regresar a Portugal. La despedida se prolongó bastante, tanto que me costaría asegurar que pudo tomar el avión a tiempo. El último beso fue en el metro; ella debía seguir hasta el aeropuerto y yo rumbo al noreste de París, donde estaba mi hostal.

En el trayecto hasta mi destino sólo imaginaba la cama del albergue juvenil. En mi ensoñación se veía mucho más cómoda y acogedora de lo que era. Estaba agotado y sentía que debía dormir un par de horas. Pasé el umbral de entrada del hostal, casi como zombie. Llegué hasta el cafetín a tomar algo de agua. En la mesa del fondo, hacia la derecha del salón, estaba sentada Gabriela, la mexicana. Hicimos contacto visual. Click. Recordé que había quedado con ella el día anterior. También recordé que la planté. Que no llegué a la cita para cenar en la Torre Eiffel. Me hizo una seña y me dirigí hasta su mesa caminando en medio de un laberinto de sillas mal colocadas, dispuestas así, como si alguien se hubiera dedicado por horas a hacer ese trayecto de pocos pasos en algo interminable.

Sabía que estaría molesta. Sabía que el embarque no había sido un buen detalle. Cuando llegué hasta allá estaba preparado para todo, menos para ella, para Gabriela. “Bonjour, mon amour”, me dijo en un tono que no olvido por su delicadeza. “Hola, Gaby. Buenos días”. Gabriela estaba dispuesta a oír mis excusas y yo a dárselas. Ella lo entendería sin molestarse. Gabriela no es una más del montón. Nos pondríamos al día. Le conté todo lo que había pasado y cómo había pasado, mientras tomábamos un amargo chocolate de hostal. Y yo evocaba con emoción mi pequeña aventura parisina, y ella me escuchaba con atención, le di los detalles, y llegó él y le dio un beso muy francés sin que ella lo esperara; ni hablar de mi sorpresa. “Él es Emilio”, me dijo entre risas placenteras, muy de Gabriela. Gabriela no es una más del montón. Gabriela tampoco es tonta. Algo me decía que el embarcado, en primer lugar, había sido yo.

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5.2.07

Cinco cosas que no saben de El Chamo del 114

Todo muy chévere, pero creo que te faltaron otras cinco cosas que nadie sabe de ti, chamín. A ver, por dónde puedo comenzar:
1: Eres un nudista en potencia. Más de una vez se te ha visto recorrer desnudo las calles de la ciudad. Cree que nadie lo agradece.
2: Escuchas los Beatles, pero también pones a todo volumen canciones de Frankie Ruiz. A tus vecinos no nos gusta para nada la música de “el tártaro, el loquito” ¡Basta!
3: Tienes la mala costumbre de botar las colillas de cigarro por tu balcón. Sabemos que eres tú. Algún día te agarraremos in fraganti.
4: No te sabes estacionar de retroceso. Aprende, porque no se aguanta que uses dos puestos para ti solo.
5: Nunca cumples tu palabra ¿Las crónicas de un mochilero dónde están?

El vecino del piso 10

Meme: 5 cosas que no sabes de mi


Por ahí he leído sobre los memes. Hay unos bastante interesantes (original y su meme). Son como una plaga que se extiende por toda la blogósfera. Nadie me invitó, pero lo de arrocero es por convicción. Así que acá las 5 cosas que no saben de mi:

1.— Los Beatles se convirtieron en esencia imprescindible a la hora de escribir. La costumbre se convirtió en manía. No me puedo sentar a escribir si no escucho a Los Beatles.
2.— Soy un tipo enfermo. Necesito información todo el tiempo. No importa si es útil o no. Necesito saber el por qué de las cosas. Me molesta no tener idea de algo. Tal vez no lo externalizo, pero me siento un idiota supremo cuando no sé de algo.
3.— Odio comer lento. Me desespera comer despacio. Me parece la situación más aburrida del mundo.
4.— Soy un chamo con mucha suerte. Siempre he pensado que es así. Cuando estoy metido en el mayor de los problemas, todo el tiempo salgo bien librado. Las cosas me salen bien sin planearlo. Creo que llevo puesto el manto sagrado que está en el templo de la fé en Sabana Grande ¡Ja!
5.— Lloro cuando me provoca. Muchas situaciones me conmueven hasta las lágrimas. Cosas sencillas que me hacen sentir bien.

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1.2.07

Érase una vez


Esta es una historia de las que se escriben mientras duermes. De esas que no tienen un final cierto, aunque así parezca. Cuando los protagonistas aun no están definidos, porque son el mejor de los secretos que nadie nunca guardó. Es un historia imaginaria que no está basada en la verdad. Que no tiene clímax, aun. Que espera por poder llegar. Comienza en una ciudad de luces que, sólo a veces, representa oscuridad. De esas historias que son cursis ¡Qué se le va a hacer! No es mi culpa, ni de quien escribe, porque él es sólo un espectador más. De esos que ven y dicen. De los que no aguantan callar. Esta es un historia sin capítulos, porque apenas comienza. De las que dan miedo, porque no se sabe como terminarán. De esas historias frágiles que cualquier cosa puede cambiar. De las que vibran si respiras y si no las lees no serán. Esta es la historia tuya, aunque no sepas que es así. Tal vez ni imagines de qué va todo esto, pues pistas no habrán. Sólo se construye con atrevimiento. De esas historias que escuchas en un barra de bar, si alguna vez estuviste ahí. De las que imaginan sueños que no pretenden serlo. De las que aburren si se está cuerdo. De las que necesito para escribir. De esas que te hacen sudar sin parar. De las que atrapan cuando no estás consiente. Esta es una de esas historias. Buena o mala, no lo sé. Es sólo una historia. No puedes pretender más de ella. Tan joven, que es la pobre. Tan tuya también. Es un cuento de madrugada que teme al amanecer, porque el sol todo lo descubre. De esas historias que se refieren a ti, pero aun no lo sabes. Pero lo sospechas, porque toda historia deja indicios. Y te preguntas si eres tú. Sí, eres tú. La protagonista de una historia que se atreve a comenzar. Es un pacto rebelde, de los que cada vez emocionan más. Una historia magnífica, pues. De las que no defraudan. De las que hay que vivir de una buena vez. De esas que esperan por la primera línea para ser. No hay nada que argumentar. Sólo escribirla. Hacerlo sin nada que reprochar. Una historia cruel si no se hace. Una en las que no hay mucho que pensar. Es la historia que nos pertenece y que tanto me hace desear. Está hecha de retazos, un collage incierto. Es esta la historia que se escribe mientras duermes.

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30.1.07

¿Qué pasa en Últimas Noticias?



Hoy me sorprendí con el título principal en la primera página de Últimas Noticias. Mi asombro no fue producto de algún titular jocoso, propio del estilo de este diario. Sobre un fondo rojo se lee: “Nervios hundieron la nave”. La nota reseña el ataque de pánico que sufrieron en la final del torneo local los cerradores del Magallanes en el noveno innning contra los Tigres de Aragua. Todo dentro del contexto meramente deportivo. El partido fue hace dos días, la noche del domingo.

La Cadena Capriles, empresa editora de Últimas Noticias, también posee un diario deportivo, Líder, que, curiosamente, hoy no abre con el notición que provocó el titular en el periódico insignia de la Cadena. En Líder dedican la primera página a los trabajos de construcción del estadio de fútbol de Puerto La Cruz con miras a la Copa América a celebrarse en el país en unos meses.

Para la sala de redacción de Líder, diario especializado en deporte, la noticia de la derrota del Magallanes, producto de los nervios, dejó de serlo, como corresponde si tomamos en cuenta algunas característica básicas para que un hecho sea noticioso. Entre otras, el hecho debe gozar de actualidad, novedad y la noticia debe ser oportuna.

Entonces, se me ocurren varias preguntas:

— ¿Es esa la noticia más importante a nivel nacional hoy martes?
— ¿Qué le pasó al profesor Eleazar Díaz Rangel, editor de Últimas Noticias?
— ¿El titular de mañana tendrá que ver con los refuerzos de los Tigres de Aragua para la Serie del Caribe?

Lo cierto es que Sebastián de la Nuez, el ombudsman de Últimas Noticias, tendrá algo de trabajo extra esta semana.

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25.1.07

El mejor en el oficio

Mi mamá nunca imaginó que me vería el lunes treinta de mayo de 2005 en el diario El Progreso. Ella no es muy amante de los diarios. Particularmente odiaba El Progreso. Yo, que era un poco más aficionado a la lectura, sí recorría sus páginas. Mi hobby consistía en encontrar errores, señalarlos y enumerarlos. Era realmente bueno en mi oficio. Al principio todo comenzó sin pensarlo mucho. Recuerdo el primer titular. A cuatro columnas se leía: “Resagada la delegación criolla”. Lo marqué con color rojo, mi color favorito. De a poco aquella mundana afición se convertía en obsesión. El promedio era de cuarenta errores en cada edición. Habían días gloriosos, días de setenta errores. Comencé marcando errores ortográficos, pero me hice cada vez más exigente. Entonces resaltaba errores de estilo y diagramación, todos en rojo. La edición 3245 estuvo inmaculada en doce de sus páginas. Aquella edición, la 3245, se convirtió en particular entretenimiento. Pasé semanas enteras revisándola en detalle. Buscando algún error de impresión en esa docena de páginas que, para aumentar mi desesperación, eran consecutivas. Por fin encontré un gazapo en un aviso de la tintorería Marbella. El número telefónico era incorrecto. El que aparecía en esa edición correspondía a una familia que vivía en la Plaza Miranda. Lo supe cuando llamé. Hablé con la señora de la casa y le insistí varias veces. Siempre me dijo que estaba equivocado, que ahí no había ninguna tintorería. Me lo juró. También me dijo que nunca nadie había llamado para preguntar por la Marbella y entendí que ese aviso, abajo en página par, no era muy rentable. Llamé a la tintorería Marbella y le comenté al dueño, un señor muy amable, por cierto, que el aviso no surtía efecto, que debía ubicarlo en otro sitio. Días más tarde, hurgando en las páginas de El Progreso, vi que los de la Marbella siguieron mi consejo y, por suerte para ellos —que no para mi— el número ahora era el correcto. El domingo 29 de mayo de 2005 me levanté muy temprano. Tenía ganas de desayunar, como lo hacía cada día, dos empandas de carne, de esas que son bien generosas, con un jugo de melón mientras leía el periódico. Ese día, Manuel, el del quiosco, no tenía El Progreso. No puedo negar que me perturbó. Tanto, que fui a La Paragua a buscarlo. Seguro allá lo conseguía. No llegué a La Paragua, ni a desayunar, tampoco cené. Nadie supo de mi hasta el día siguiente, cuando ocupé la última página de El Progreso, una página marcada de rojo, otra vez gracias a mis buenos oficios.

23.1.07

Éramos pocos



Corto: Éramos pocos
Director: Borja Cobeaga
Año: 2005
Duración: 15 minutos
País: España
Idioma: Español

P.S.: Este corto fue nominado recientemente a los premios Oscar

22.1.07

Estimado vecino

No pretendo que me saludes en el ascensor o entiendas que nunca iré a una reunión de la junta de vecinos. Mucho menos que comprendas mi morosidad, pues hace mis pagos de condominio más interesantes. No. Tampoco escribo para disculparme por haber salido con tu hermana -Sí, "salí" con tu hermana-. Sólo escribo porque me ofendiste, por lo tanto:

¡Jódete! ¡Más abstemio serás tú!

P.S. Usaré una famosa frase noventosa: "Aquí estamos y aquí seguimos"

El Chamo del 114

21.1.07

¿De qué va El Chamo del 114?


Yo, que me leo todos los post y comentarios de este blog, tengo meses tratando de descubrir qué se trae entre manos El Chamo del 114. De qué va, qué hace aquí, por qué escribe lo que escribe y si realmente es él quien escribe.

En principio, he recolectado algunos datos. Por ejemplo, el pana ha escrito en casi un año 17 Crónicas de un mochilero, lo que nos da poco más de una crónica al mes. Si tomamos en cuenta que prometió una crónica semanal entenderemos que tiene un déficit de treinta crónicas, aproximadamente. Concluiremos, pues, que es un demagogo. Esto en principio.

Por otra parte, El Chamo del 114 también prometió, a lo largo de todo este tiempo, mantener una serie de secciones fijas que nunca lo fueron —léase Jurungando mi I—tunes, los textos de hijo, Muñecos de váter, y pare usted de contar—, sobreviviendo únicamente la del mochilero. Lo que nos muestra un perfil de alguien poco constante.

Además, cabe acotar, que El Chamo del 114 es un cobardón. Se lanzó al ruedo presidencial, pero se retiró antes que Roberto Smith. ¿Qué sería de esta gran nación si todos fueran como él? Isbelia León no podría regodearse de los 789 votantes que la eligieron como alternativa de cambio en las pasadas elecciones, por ejemplo.

Vamos teniendo bien claro el perfil de este manganzón. Hasta ahora podemos enumerar: demagogo, inconstante y cobarde. También podríamos decir que es un coñoesumadre. Tanto, que estuvo meses sin escribir nada. Yo, como todo un bolsa, me metía de vez en cuando a ver si tenía el tupé de actualizar el blog. Cero. Después regresa con su cara bien lavada y pide excusas ¡Imbécil!

Y no sólo eso. El tipo también es un borracho ¡Válgame Dios! ¡Qué demonios hago yo leyendo los textos de un mal viviente! Un alcohólico que es poco divertido, por cierto. No es de esos borrachines que hacen la parada de manos, inventan un chiste, improvisan canciones o toquetean a mujeres desprevenidas. Tan mal borracho es que ni busca peos, el tarado. Es más, creo que todo es una farsa. Un show montado. Una mentira repetida mil veces. Seguro es abstemio.

Recomiendo a todos los que osan entrar a leer a este mamarracho que dediquen su tiempo a cosas mejores. Hay blogs más interesantes, que llenan más. Pido un boicot a este blog. Un blog que no tiene fotos de famosas venezolanas en traje de baño no merece ni una visita. Un blog que no hable de los últimos adelantos tecnológicos no está en nada. Así es este espacio y nadie debería entrar jamás.

El vecino del piso 10

19.1.07

Crónicas de un mochilero (XVII)

El cementerio y sus bellas sorpresas



El lunes comenzó muy temprano, a pesar de las copas de la noche anterior. La tertulia estuvo buena y la compañía mejor. Tenía pensado ocupar mi día visitando los cementerios más importantes de París: el del Père Lachaise, el de Montmartre, el de Montparnasse y el de Passy, ubicados al este, norte, sur y centro, respectivamente. Gabriela, la mexicana, no estaba interesada en ese paseo y optó por ir a Champs-Élysées ese día. Quedamos en vernos a las 21:00 horas para cenar en el Campos de Marte, a los pies de la torre Eiffel. Listo.

Desde muy niño los cementerios me han parecido maravillosos. Son sitios repletos de historia, muy generosos en arte. El cementerio es reflejo perfecto de una ciudad, de una cultura. El recinto te habla mil veces de las costumbres añejas, del contraste social. El Cementerio Père Lachaise, la primera parada proyectada en mi recorrido, es el más grande de la capital francesa y el más hermoso del mundo, según los conocedores — el Monumentale di Staglieno en Génova y La Recoleta en Buenos Aires comparten estos honores—. Las caminerías son amplias y está atestado te tumbas insólitas, algunos mausoleos gigantescos y nichos interminables. La vegetación en sectores es densa y es sólo gracias a las bien ubicadas señalizaciones que el visitante puede salir del inmenso laberinto rodeado de hermosas criptas.

Este cementerio representa la cuarta atracción turística de la ciudad, todo gracias a sus famosos habitantes. En la entrada del cementerio me dieron un mapa que mostraba la ubicación de las tumbas más famosas. Comencé con mi necroturismo y recorrí buena parte de aquello. Visité un rato a Chopin, vi a la Callas; entre Delacroix y Melie se me fue toda la mañana. Aun me faltaba encontrar la tumba de Jim Morrison que estaba en la intersección del callejón Maison y el Lebrun. A pesar del mapa di muchas vueltas y no pude encontrarla. Ya ni sabía dónde estaba. Me encontraba extrañamente solo y rodeado de muertos. Apuré el paso a ver si me topaba con alguien, pero no di con nadie. ¡Qué bolas tengo de perderme con mapa en mano!

Totalmente extraviado, doble en aquella esquina a la derecha y me topé de frente con ella. Me paralicé por un segundo mientras veía su rostro. Mi inglés nunca fue tan malo como en ese momento. Le comenté que estaba perdido. Ella también. Los dos buscábamos a Morrison. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Sofía y venía de Portugal. Entonces empezamos a hablar, cada quien en su idioma y nos entendíamos casi a la perfección. Caminamos un rato y encontramos la tumba de Jim. Nos tomamos unas fotos y seguimos hablando, y caminando.

Estábamos tan involucrados que en un instante dimos con la salida del cementerio y nos fuimos a comer algo. Que se jodan todos esos muertos, pensé. Otro día los visitaré. La belleza de Sofía es tal que ellos sabrán comprender. Confieso que no lo podía creer. Sofía tenía el cabello negro, negrísimo. Su piel estaba tostada por el sol de Ibiza, isla que había visitado una semana atrás. Su rostro era de facciones muy delicadas y ocultaba sus ojos verdes detrás de unos lentes oscuros. Vestía una falda de jean que aun hoy recuerdo. De hecho, recuerdo mucho mejor sus largas piernas. Perfectas.

Íbamos caminando sin rumbo por París. Buscando un buen sitio para comer lo que fuera. Así las cosas, nos sentamos en la grama de un parque, improvizando una especie de picnic. Habíamos comprado una botella de vino tinto. Comimos, bebimos y luego nos acostamos ahí a seguir hablando, cada vez más cerca. Muy a gusto los dos.

Sofía regresaba a Oporto al día siguiente. Se estaba quedando a las afueras de París en el piso de una amiga. Me invitó. Acepté. No dormí en el hostal esa noche. Tampoco me encontré en el Campo de Marte con Gabriela. Ya habría tiempo para dar explicaciones y pedir alguna disculpa. Hoy me tocaba vivir, disfrutar intensamente de París y de Sofía, la chica que conocí en el cementerio.

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16.1.07

La guerra


Corto: La guerra
Director: Luiso Berdejo y Jorge C. Dorado
Año: 2005
Duración: 8 minutos
País: España
Idioma: Francés

10.1.07

Reunión en la 19-60

La casa estaba repleta. El desorden era evidente, pero eso estaba muy bien, en el debate que se abrió temprano, justo antes de ir al estudio 52 —que luego sería el 54—, Warhol aseguraba que todos teníamos derecho a quince minutos de fama, a lo lejos, Billy Shears le regaló una mirada de las que reprochan, pero a la vez aprueban, Warhol siguió en lo suyo mientras Marilyn hablaba por teléfono con un Di Maggio que nunca pudo superarlo; Joe estaba molesto, porque la rubia nunca le cantó el japiberdei, a la rubia poco le importaba aquello, después de trancar el silencio se hizo incómodo y Elvis se excusó para ir un momento al baño, del cual no ha regresado —por cierto—, aunque el fantasma de James Dean, que nunca falta en estas ocasiones, dice que lo ha visto, pero a esta altura se sabe bien de las ganas de joder que carga el Jim— que no es Morrison, porque ése anda de viaje por París—, todo esto adentro y en el exterior de la casa, que por cierto está decorada muy al estilo psicotomimético, gracias a las recomendaciones de un amigo en común, justo en el porche hay un problema entre Alí y Ringo, nunca se supo qué pasó, pero Yoko estaba involucrada, cosa de la que no se pude enterar John, porque ahí sí es que no me quiero imaginar lo que pasaría, entretanto, la reunión se pone interesante; una copa por aquí y otras por allá, el viejo Hofmann no suelta a la joven Dietilamida que es la más solicitada en el sarao que goza de invitados como Dylan quien le pone cerebro al momento y nadie lo duda, o Amstrong que va dando pequeños pasos mientras a lo lejos, por el área 51, se escuchan unos gritos que parecen ser del vietcong, pero no son, mientras, Kennedy prepara todo para dar una vuelta psicodélica por Dallas y el Ché posa para la foto que después se revelará, y por ahí anda un japonés que ve con recelo al alemán que no fue invitado, pero se coleó como pudo gracias a su nueva amistad con el francés, todo en mayo y Allende no sabe lo que viene, aunque ve por el pasillo a Janis que, muy a pesar de su madre, nació, cof, cof, ¡cof! Decía que la Joplin iba por el pasillo a llevarle algo de comer a Twiggy y a Santana que estaba en aquella esquina practicando un solo de guitarra que Zappa tildó de comercial, y la cosa se puso buena, pero la noche terminó antes de lo esperado.

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Recomendaciones de hoy:
El blog: Vintage blog - El sitio: Psychedelic 60´s - La peli: Psycho, dirigida por Alfred Hitchcock - El trago: LSD - La Ñapa: Lo que sonó en los sesenta

Cashback


Corto: Cashback
Director: Sean Ellis
Año: 2004
Duración: 18 minutos
País: Inglaterra
Idioma: Inglés

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9.1.07

Affair desde ella/él/aquellos/ése/usted/yo

Es mi turno. Esperé por mucho tiempo este momento que al fin llegó. Ahora me toca y debo aprovechar este instante. Mi momento. Es ahora o nunca. Me toca.

Le toca. Ya me tenía cansado con su cara de ansiedad, al fin se termina todo esto. Ojalá aproveché el momento. Su momento. Que le dé de una buena vez. Ya era hora. Lo sabe.

Qué se apuren. Llevan rato y me estoy desesperando. Qué se apuren mil veces. Esta monotonía aburre. Sino lo van a hacer que me dejen a mi. O eso o me voy. Seguro no se enteran de nada.

No entiendo nada, perdón por llegar tarde, alguien me puede decir qué esta pasando, no entiendo nada, porque había mucho de tráfico y llegué tarde, quienes son ellos, qué hacen parados ahí inmóviles, que alguien me explique, no lo nota

Por favor, manténgase alejado. Debe esperar. Es su turno. Aproveche el momento.

Voy.

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7.1.07

Crónicas de un mochilero (XVI)

Certeza de una casualidad

A Gabriela, la mexicana, la conocí fortuitamente en el museo Pompidou. Ella, con ojos inquietos, escrutaba cada detalle del sito. A lo lejos me percaté de aquello. Al principio la miraba de reojo. Creo que nunca lo notó. Por lo menos no se lo confesé después. Gabriela sobresalía de los demás visitantes del museo, a pesar de ser una mujer muy normal. Su apariencia era más bien mundana, pero tenía algo que me llamaba la atención.

Tímido, como soy, guardé distancia por gran parte de la jornada. No sabía cómo abordarla. Cosas mías. A la distancia aprendí de ella instantáneamente algunos datos que me servirían a lo largo del viaje. Por ejemplo, Gabriela tenía la capacidad de gozar gratuitamente de una visita dirigida a ciertas áreas del museo. Sin que nadie lo notara —nadie, excepto yo— se unía a un grupo de turistas canadienses que habían pagado por un tour dirigido; de esta manera aprovechaba captar aquellos conocimientos sin tocar un euro de su presupuesto. Ella perfeccionó la táctica de agregarse a los grupos ajenos de tal forma que hacía preguntas y comentaba con todos los demás, cortando cualquier duda que pudiera generarse en el guía de turno.

A unos cuantos metros de distancia esperé mi momento. Cuando noté que Gabriela caminaba hacia otro grupo de turistas la perseguí y me puse a su lado. Ahí me instalé. Ella, instintivamente, levantó la mirada y, en principio, sonrío. Luego soltó una carcajada. Todos voltearon a vernos. Fue ahí cuando me percaté que este grupo era de japoneses. Estos turistas contrastaban completamente conmigo. Se notaba a leguas. Yo, con casi dos metros de altura, era, definitivamente, cualquier cosa menos japonés. Gabriela, muerta de risa, me tomó del brazo y me llevó hacia un lado. Ahí comenzó nuestra amistad.

Gabriela era fascinante. Mi primera impresión era cierta. Esa mujer tenía algo. Con ella hablé de todo y de nada. Era delicioso poder estar con alguien que dominaba cualquier tema. Intercambiábamos opiniones de nuestros países, hacíamos trueque culturales, nos reíamos, reflexionábamos, todo en una tarde. Además, ella contaba con un humor muy negro, cosa que me conmovió de inmediato. Oriunda del D.F., Gabriela había reunido por años el dinero para hacer este viaje. Estudiaba Sociología en la UNAM y su tiempo libre lo empleaba en viajar a Chiapas ayudando como voluntaria en labores con las comunidades. Además, tocaba el saxo. Una tipa completa por todos lados.

Ése día nos despedimos después de comer algo. Cómo es habitual cuando se es mochilero, cada quien toma su rumbo. Es una sensación muy extraña, porque se puede lograr una empatía tal que la despedida con alguien que apenas conoces se hace, por lo menos, algo nostálgica. Uno como mochilero nunca tiene la certeza de nada. Nunca se sabe a ciencia cierta si volverás a ver a tal o cual persona, si regresarás a un sitio.

En la noche de ese largo domingo, mi primer día en París, llegué al hostal y acomodé mis cosas para ir a dormir. Me acosté en la parte baja de la litera y no lograba conciliar el sueño, a pesar de estar totalmente agotado. Decidí bajar a tomar unas cervezas en el bar. Instantáneamente me uní a un grupo multicolor; lleno de alemanes, ecuatorianos, noruegos y un iraní. Al rato, escuché a lo lejos una carcajada que se me hacía muy familiar. Era Gabriela. Se hospedaba ahí mismo. Nos dimos un beso fraternal, como celebrando la casualidad. Otra —que no sería la última—, entre nosotros dos.

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4.1.07

La ruta natural


Corto: La ruta natural
Director: Alex Pastor
Año: 2004
Duración: 11 minutos
País: España


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3.1.07

Nueva etapa

Comienza un nuevo año y tomé esa coyuntura como excusa para hacer unos cambios en la apariencia del blog. No soy muy ducho en esto, pero el cambio se nota. Poco a poco iré trabajando en mejorarlo un poco más. La meta es tener una plantilla de diseño original y no usar las prefabricadas que da la gente de blogger.

También les adelanto que publicaré algún corto o video hecho por acá y bastantes de los que encuentre por la web. Así se le da un toque más multimedia a la custión. Por ahí vendrán otros retoques.

Por lo demás, les deseo un gran año!

Salud!
El chamo del 114

21.12.06

Cada quien a lo suyo

— ¿Hola, cómo está?
— Bien.
— Por acá todo fino.
— Chévere.
— ¿Le pasa algo?
— No.
— ¿Seguro?
— Sí. ¿Por qué preguntas?
— Lo noto extraño. Deben ser cosas mías.
— Tal vez. Por cierto, puedes tutearme. Siempre te lo digo. Me haces sentir viejo.
— Está bien ¿En serio, no te pasa nada?
— No.
— Dime la verdad.
— Dios no existe.
— No jodas. Hablo en serio.
— Yo también.
— No comiences con eso. Sabes que no me gusta.
— Ok.
— ¿De verdad, qué te pasa?
— No sé. Últimamente me siento incómodo.
— ¿Cómo así? ¿Es por mi?
— No, son cosas mías.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— ¿Qué hiciste todo el día?
— Nada.
— ¿Cómo que nada?
— Nada.
— No puedes seguir así.
— Lo sé.
— ¿Y entonces?
— Todo bien.
— No, todo no está bien.
— Tienes razón. Siempre es así. Siempre tienes razón.
— Ése no es el punto. Debes arreglar el problema.
— ¿Cuál problema?
— No comiences. Sabes que no puedes seguir así.
— ¿Quién dice?
— Te lo digo yo. Créeme. Yo estoy para ayudar.
— He oído eso antes.
— Sabes que lo digo en serio.
— Yo también.
— Cuéntame qué es. ¿Soy yo? ¿Te molesto tanto?
— ¿Siempre tienes que ser tú?
— ¿Qué quieres decir con eso?
— No tengo que explicártelo todo.
— Podrías.
— No estoy de humor.
— Últimamente nunca estás de humor.
— Así son las cosas.
— No deberían ser así
— Hablamos luego, te parece.
— No. Creo que debemos resolver esto.
— ¿Podremos?
— Siempre se puede.
— Lo dudo.
— ¿Qué te pasa?
— No me pasa nada. Esta conversación se está convirtiendo en algo estéril. ¿También lo notas?
— Sí. Tienes razón. Vamos a vernos.
— No puedo ahorita. Te llamo después.
— No me vas a llamar. Nunca lo haces.
— Lo prometo.
— No te creo.
— Ok. Hablamos luego.
— Está bien. Te llevo la factura después.
— Sabía que en el fondo querías cobrarme.
— Coño, tienes seis meses sin pagar. Es mi trabajo.
— Se me olvida.
— Siempre se te olvida.
— Estoy muy ocupado.
— Se nota. Llámame. Busco el cheque por tu oficina y hablamos de las cuotas.
— Como quieras.
— Por cierto, hay nuevos planes. Tenemos nuevos canales.
— Siempre caigo en lo mismo. No creo necesitar más canales. Hay setenta que no veo.
— Tranquilo. Verás que es una buena oportunidad.
— Ok. Hablamos luego.
— Seguro, señor.
— Vale. Chao.

nota de elchamodel114: a la gente de supercable por insistir.
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Recomendaciones de hoy:
El blog (perdón): Las Ultra Fabulosas - El sitio: Supercable - La peli: Closer, dirigida por Mike Nichols - El trago: Let it lie - La Ñapa: Kidman verraca

18.12.06

No sé de qué escribir


Hoy, como pocas veces, me siento frente a la computadora sin saber qué demonios voy a escribir. Generalmente, cuando me dispongo a teclear algunas palabras tengo una idea leve de lo que puede salir. Hoy no es así.

Un texto sinsentido, sin orientación, huérfano de toda argumentación lógica, es esto que usted trata de entender en este momento, apreciado lector. En pocas palabras, usted es parte de un experimento antidepresivo de este servidor; aunque también puede tomar este texto como la típica respuesta a un examen de bachillerato, escrito a mano —y en bolígrafo—, en donde se le dan vueltas al asunto interrogado, pero eso sí, siempre el estudiante a ser evaluado hace bulto por todo el folio de papel para hacer ver a su evaluador que se domina una u otra materia, cuando no es así.

Lo cierto es que preocupa a quien les escribe no tener nada que lo impulse a redactar un par de líneas. Nada. Cero. No hay un tema. Hoy no hay pasión. Eso es lo que el chamo del 114 ha decidido llamar desesperanza acumulada, síndrome que le aqueja regularmente, pero que nunca se había manifestado con estos síntomas. Hoy no hay musas, ni anécdotas, ni amigos, ni país caribeño. Hoy usted termina de leer un texto desabrido y yo busco razones para seguir. Touché.

14.12.06

No es difícil hacer un texto pavoso


En Venezuela somos famosos por el petróleo, el béisbol y las mises. Chávez también es famoso por ahí. Pero si hay algo que nos identifique con el gentilicio es la pava. Para los venezolanos algo pavoso es algo terrible, como el copete del Puma o una misa por televisión.

No hay nada más pavoso que comer sopa con bigote o escuchar rancheras en la playa. Uno, como buen criollo, siempre se cuida de eso. Puede ser pavoso usar un flux a cuadros o portar peluquín. Ir de viaje a solas con la suegra es un acto de pava mayor. Para nosotros la pava está en todos lados.

Es pavoso aplaudir cuando un avión aterriza. Escuchar gaitas en marzo es terriblemente pavoso. Son pavosas las revistas de hace 10 años que están en algunas peluquerías o las fiestas de acción de gracias. Todo eso da pava.

Es pavoso coleccionar llaveros, montar caballo en la ciudad, una piñata de fresita, un texto que comience con clichés, silbar pa´dentro, los pitillos que se doblan, bailar el vals obligado, un viejo que se la da de moderno, tener casettes de Guillermo Dávila, ser Guillermo Dávila, regalar peluches, ir al gimnasio con calentadores, comer espaguetis en interiores, tener fotos de Betancourt en la sala, fumar con boquilla, citar la biblia, decirle jeva a tu esposa, el paseo de la fama Amador Bendayán, una boda sin tequeños, grabar Al Rojo Vivo, ir al Sambil, tener chequera del Banco Latino, ser jefe de una secta en el Ávila, un pana ptj, encontrarte a Betulio Medina en el bingo, un concierto de Maria Conchita Alonso y un perro que ladre el himno nacional ¿Acaso hay algo más pavoso que esto?

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7.12.06

Llanto infantil en tres actos


I
En esta vida uno se puede topar con gente mala. Mala de verdad. No son historias. Hay gente mala. La maldad es una condición tan humana como tú. Así era Benito el veloz. Veloz y malo, y humano.

Benito el veloz es tan famoso que seguro has odio hablar de él. Benito el veloz es una celebridad, un mito, y su fama se la ha ganado en buena lid gracias a su maldad. Qué malo es el Benito, Benito el veloz.

Hablar de la maldad de Benito el veloz es redundar en un asunto que, de facto, da mucho miedo. Una tal Manson se inspiró en él y no le llegó a los tobillos. Jack el destripador —si existió— era un pobre asesino en serie comparado con Benito el veloz. Cuando Benito el veloz era apenas un bebé su llanto erizaba la piel de cualquiera. Era un llanto punzante, no de malcriado como decía su abuela, era un llanto maligno. Benito el veloz, siendo un bebé, lloraba para hacer daño. Y vaya que lo lograba.

II
Marita era una bebé que sabía sumar y restar. Además, dominaba algunas lenguas muertas y conocía a profundidad historia del arte. Marita era genial. Algunas noches, Marita no podía dormir tranquila y por eso lloraba. Mamá le cambiaba los pañales y le cantaba canciones ridículas. Marita la miraba, le hacía señas, le decía un par de improperios cuando la desesperación la invadía y luego se echaba a dormir muy frustrada. Siempre suspiraba. Mamá pensaba que esos suspiros eran una ternura. Marita no.

Era una incomprendida aquella pobre bebé. Nadie la entendía; ni sus padres sabían qué hacer. Ella intentó explicarle al mundo, una y otra vez, su desdicha, pero en su barrio nadie entendía arameo. Es muy difícil ser una bebé como Marita. Por supuesto, ella lo sabía. Ella lo sabía todo.

La tristeza invadió el tierno cuerpo de Marita. Contaba con 16 meses de edad cuando tomó la decisión de olvidarlo todo. No vale la pena tanta sabiduría si se es tan infeliz. El día que Marita lo olvidó todo para ser una bebé normal estaba muy consciente de lo que hacía. Ese día lloró por última vez.

III
Él no quería llorar ese día. Le parecía que ya había mucho llanto en el lugar. La gente estaba ahí reunida llorando. Un llanto más no mejoraría las cosas. Para ser justos, tampoco las empeoraría.

Mientras todos lloraban, él caminaba de un lado a otro. Recordaba al quijote o a rimbaud. Le venían recuerdos de distantes lecciones de ajedrez. Su memoria estaba fresca y recordó con cariño. Recordó que después podía olvidar. Se asustó ese día y después. Pensó en las viejas palabras y en ciertas anécdotas.

Aguantó el llanto por mucho rato. No por machista, sino porque el llanto le hacía sentir vivo. Tal vez a eso le temía, a sentir que todo aquello estaba pasando. No soportó mucho más y lloró.


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27.11.06

Charcutería noir


Y ahí estaba yo, con la rebanadora encendida y un lápiz en la oreja. Ella, sentada al otro lado del mostrador, vestía un sombrero que ocultaba parcialmente su delicado rostro. Se sentaba con mucha seguridad sobre el taburete mientras fumaba de un longuísimo cigarrillo con boquilla. ¿Cuál es el motivo de su presencia? ¿Por qué esta misteriosa mujer vino hasta acá? ¿Por qué no me habré puesto algo de desodorante antes de salir?

— Me da medio kilo de jamón de pavo, por favor. — Dijo súbitamente con voz ronquita.

¿Jamón de pavo? ¿Por qué no de pierna? ¿Medio kilo? ¡Ja! Lo tengo. Si quiere medio kilo es porque no vive sola.

— ¿Rebanadas finitas?, le dije
— Sí, supongo, respondió sin titubear.

Esta mujer es un enigma. Delicioso enigma. Está muy segura de lo que quiere. En ese momento, mientras rebanaba y rebanaba ese medio kilo de jamón de pavo, recordé haberla visto un par de semanas atrás. Tenía que ser ella. Son muy pocas las mujeres que vienen para acá trajeadas al más puro estilo de la post depresión norteamericana. Era ella. Sus labios rojos también la delataban. En aquella oportunidad fue atendida por un chamo que no trabaja más acá, un tal Joao. Mientras él la atendía, yo limpiaba mis cuchillos en la batea que está allá y la miraba de reojo, justo como lo hago ahora mientras rebano medio kilo de jamón de pavo. En aquella oportunidad vino sospechosamente pidiendo medio kilo de jamón de pavo y también…

— …medio kilo de queso amarillo, por fa, dijo mientras su dedo índice recorría lentamente el vidrio del mostrador, como jugando con los embutidos, como saboreándolos desde ahí.
— Okey, respondí.

En ese instante supe que algo se traía entre manos. A quién se le ocurre llevar medio kilo de jamón de pavo y medio kilo de queso amarillo. Todo el mundo sabe que el jamón rinde más y la proporción ideal es de setecientos gramos de queso por cada medio kilo de jamón. Más aun si es de pavo ¿Qué planeaba esta fascinante mujer?

— Disculpe, tiene salchichón de tapara, me interrogó.
— No, no nos queda, le dije.

Era mentira. Sin que lo notara, oculté el salchichón de tapara que estaba a mi derecha, justo al lado de la rebanadora.

— ¿Y eso que está ahí, justo a su derecha, al lado de la rebanadora, no es un trozo de salchichón de tapara?, preguntó de golpe con un tono de voz cada vez más ronco y sensual.
— No, respondí en seco.

¡Maldita! Me conocía muy bien. De cualquier forma, no permitiría que se llevara también el salchichón de tapara. No podía contribuir con unos planes inciertos que seguro estaban llenos de perversión.

— Ah, bueno. Está bien ¿Cuánto le debo?, me preguntó mordiéndose levemente los carnosos labios rojos.

Mientras ella se mordía los labios, yo imaginaba guarradas. Es que me provocaba justo en ese instante traerla a este lado del mostrador, ponerla justo contra la pared y…

— Hoy va por cuenta de la casa, respondí como un autómata.

No sé si mi reacción era causada por algún narcótico novedoso o por no tener mujer desde hace tres años, pero lo cierto es que no pude hacer nada más. Quedé inmóvil.

Ella, tomó la bolsa con el jamón y el queso, se dio media vuelta y caminó hacia la salida, lentamente, contoneando su cuerpo a contraluz, mientras se escuchaba un sensual solo de saxo. Yo la veía sin poder hacer nada, con la esperanza de volver a encontrarme con ella dentro de dos semanas. Pero me pasaría como a Joao. El jefe me despediría al darse cuenta de mi desliz. Ya era uno más en la lista de esa femme fatal. La próxima víctima sería Freddy, un inocente muchacho que estaba mirando todo de reojo, mientras limpiaba sus cuchillos en la batea que está por allá.


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22.11.06

Yo quiero


cantar en una banda show, subir al bolívar, enamorarme en el metro, pagar la cuenta, pronosticar —y acertar—, saber cómo llego a tokio, escribir sin ver el teclado, tomar esa foto, un día sin tráfico, dormir contigo en kiribati, ver a la vinotinto en una copa del mundo, un gelato en venecia, observar, que no me preguntes por eso, conocer a mick, soñar más a menudo, tener cinco hijos, tomar el avión a tiempo, ir al piso 11, dormir contigo en brujas, pelear por nada, una fría, estar con mis amigos un rato más, sentirme cómodo en el transporte público, entender si son necesarias tantas loterías, mil películas en dvd, callarte la boca, no hacer nada hoy, ganar en el póker, dormir contigo en pitcairn, saltar en bungy desde el angostura, escribir mejor, devolver el tiempo, ver una peli, que me preguntes, hacer bromas por teléfono, prescindir de tu mala compañía, un poco de agua, patentar mi desorden, dormir contigo en higuerote, verelfinalsentadofrentealcaribejustocuandoempiceaenvejecer, dormir un rato más, casarme varias veces, dibujar mejor, tener comida caliente, jugar para el caracas, una tarde en mérida, saber qué piensas, hacer cine, ir a mesopotamia en paz, aprender poesía, dormir contigo en buenos aires, que el viejo regrese, que me comprendas, ser—más—específico, besarte un rato más, reírme contigo, ser niño, verte feliz, ir al junquito en tren, saber qué hora es, dormir contigo en moscú, recordar tu nombre, a tu hermana, pescar en guacarapo, ir a un boca river, desvelarme viendo tv, pasear sin rumbo, contar un buen chiste, ayudarte, ver el ávila desde mi balcón, dormir contigo en caracas, que pase algo, cantar cuando me baño, fumar un cigarro, escucharte reír, verte otra vez, cocinar el almuerzo, que te des cuenta, jugar chapita, perder el miedo al ridículo, dormir contigo a escondidas, escuchar esa canción, entender, un cuadro de miró, sentarme a escribir, que apagues la luz, una pelea entre razor ramon y el enterrador, querer un poco menos, caminar de espaldas, levantarme temprano, dormir contigo…

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Crónicas de un mochilero (XV)



Fue frente al Pompidou

El sol estaba inmenso y el cielo limpio, sin una nube. La temperatura era agradable para ser una mañana de verano. La gente —que era muy poca a esa hora— estaba feliz por las calles de París. Por lo menos, así lo percibí ese domingo. No recuerdo específicamente qué hizo que me bajara en la estación Châtelet para luego caminar unas cuadras por el Boulevard de Sébastopol. Mi paso era lento. Andaba a la misma velocidad con la que puedes saborear un buen helado.

En mi recorrido por el boulevard busqué, sin mucha suerte, algún sitio para poder tomarme un café. Estaba en París y quería tomarme un café. Tal vez todo estaba cerrado porque era domingo, muy temprano para un domingo al parecer. Saqué el mapa, me senté en plena acera y comencé a preparar mi jornada. Quería llegar —cómo no— a la Torre Eiffel. El mapa que había comprado al llegar a París era muy grande. Terrible. Se desdoblaba en infinitas partes y ubicarse en él era muy complicado ¡Qué carajo! No voy a perder más tiempo buscando. Caminando llegaré.

Mi instinto me decía que debía seguir derecho y cruzar en algún momento. Mi instinto no conocía París y mientras caminaba dejaba cada vez más lejos la Torre Eiffel. En ese momento no sabía que a mis espaldas, a tan sólo tres cuadras, estaba el Sena y que desde ahí se puede divisar la torre. De Sébastopol giré hacia la Rue Rambuteau y luego me metí por la Rue Saint—Martin. Habré caminado unos 20 metros por la Saint—Martin cuando descubrí algo impresionante.

Paré mi andar en seco por unos segundos y contemplé, totalmente sorprendido, aquella estructura. Frente a mi estaba uno de los edificios más increíbles que había visto nunca. No era el más grande, ni el más lujosos, pero sí era el tipo de sitio que te deja con la boca abierta. Mucho más si no esperas toparte con algo así. Aquello rompía con los añejos edificios parisinos. Era como un rompecabezas, parecía de mentira. Era el Museo Nacional de Arte Moderno Georges Pompidou.

Frente al Centro Pompidou hay unos escalones dispuestos de tal forma que permiten que uno se pueda sentar a admirar aquella obra de arte. Adentro, me toparía con Andy Warhol, Jean Arp, Alexander Calder, Jean—Pierre Raynaud, el cinetismo de Cruz—Diez, una brutal exposición de arte chino distribuida en una gigantesca maqueta de Pekín y con Gabriela, la mexicana, mi primera amiga en este viaje. Para llegar a ese punto tendría que esperar hasta las 11 de la mañana. A esa hora abre el museo. Mientras, encontré una máquina de café instantáneo. Ese sería mi primer café en París. Un café de máquina como el que tomo en Caracas. Vainas de la globalización. Me senté en las gradas a comprender el mapa, para hacer algo de tiempo, tomando mi primer café. Mi primer café, frente al Pompidou.

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7.11.06

Cien


Quién lo diría. Van 100 posts. Cien resacas.

Por acá ha pasado de todo en estos últimos meses. Todo comenzó por allá en febrero. Una mañana de ocio. Ahora, lo que fue una iniciativa para ver que tal resultaba esto del blogueo se ha convertido en una rutina. Ojo, una rutina con altibajos. Porque este espacio no es más que el reflejo de quien les escribe. Un tipo normal que tiene altibajos. Hay días en que este tipo amanece con ganas enormes de escribir algo y otros en los que no se presta para eso, pero siempre con un cargo de conciencia por el deber no cumplido.

Este post, uno de los más melosos en la historia de este blog, está acá en agradecimiento a todos los que se dan una vuelta por este sitio. A los que reclaman por la impuntualidad de las crónicas y a los que se atreven a visitar una y otra vez este experimento. Gracias a los que se atreven a publicar algún comentario. Gracias a las gentiles colaboraciones de ustedes, mis amigos. Todo eso se aprecia de este lado del monitor.

No sé qué puede pasar de aquí en adelante. No sé si el ritmo aumente o disminuyan las visitas. Lo cierto es que hasta ahora la he pasado muy bien. Brindo por eso. Cien resacas no son nada.

El Chamo del 114

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Crónicas de un mochilero (XIV)


Paris, al fin

Llegué a París un domingo muy temprano. El hangar principal del Gare du Nord tiene un techo infinito. Es una estructura inalcanzable. Impresionante. Yo me veía diminuto ante aquello.

Decidí en ese momento que no podía perder tiempo y me dispuse a tomar el metro hasta la estación Hoeche. Ahí, según tenía en mis apuntes, estaría a tres cuadras de un albergue juvenil, el Cite des Sciences en Saint Gervais. No hice reservaciones. Nunca las hice en todo el viaje. Me arriesgaba y llegaba al sitio en busca de una cama y un locker para guardar mi pesada mochila.

El metro de París puede ser difícil para un novato por su complejidad. Son 14 lineas que atraviesan toda la ciudad. Así que tome mi tiempo mientras buscaba la forma de conectar con Hoeche. Mientras caminaba por los pasillos subterráneos me topaba con violinistas que hacían competencias entre su música fresca y el típico hilo musical de las estaciones de metro. Si el metro de París es complejo, también lo son sus pasajeros. Aquello estaba repleto de turistas asiáticos, trabajadores africanos y uno que otro parisino. Alguna señora hablaba sola mientras se sostenía fuerte de un pasamanos, otros niños jugaban entre si y había muchos que sólo miraban al horizonte, como perdidos. Curioso es que el horizonte no quedara a más de dos metros de sus narices, justo donde estaba la ventana del vagón.

Al salir de la estación Hoeche me sorprendió el sol que estaba radiante esa mañana. También noté que los periódicos los dejaban amontonados en paquetes al principio de las escaleras de acceso y la gente los tomaba de a uno sin vandalizar. Me sorprendería más tarde, estando en un baño público, que no existieran retretes, sino una especie de hueco en el piso donde la gente deponía sin apoyo alguno.

El Cite des Sciences quedaba en un barrio de iraníes y turcos. Estos inmigrantes poblaron la zona con negocios que no les permitían olvidar sus raíces. Restaurantes de comida típica, centros de telecomunicaciones con ofertas para llamadas a Estambul o Teherán y mercadillos repletos de olores distantes a París.

Después de caminar poco más de 200 metros, di con el hostal, el Cite des Sciences, mi casa en París. Ahí dentro todo era joven, con vida. Había gente multicolor desayunando en el comedor, otros tantos veían las noticias en el televisor de la sala común y alguno se preparaba a salir en bicicleta para dar una vuelta.

En la recepción me explicaron que tenían disponible una habitación de seis personas. Mixta, pregunté. No, sólo para hombres, me contestaron. En principio, me desilusioné, pero no importó. Dejé la mochila guardada en un armario y me explicaron las normas para usar el cuarto de lavandería, el horario del comedor y cómo debía separar mis cosas en la nevera y la alacena.

Subí a mi cuarto y ya a esa hora no había nadie. ¿Quién puede desaprovechar tan solo un segundo en la ciudad luz? Y así, con un koala en el hombro fui rumbo al Metro a ver qué tenía París para mi esa mañana de domingo.

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