30.4.07

Las Hermanas Calle, mi despecho y la cuenta

Lo de las Hermanitas Calle conmigo fue una unión fuerte, mágica, desde el aquella vez, nuestro primer encuentro. En los bares y tascas de La Candelaria las conocí siendo un carajito. Fue en la barra de la tasca Cuchileros cuando me dejé arropar por su canto fabuloso. Me acompañaba un trago de cacique puro, como lo toman los machos, más si están despechados, padeciendo con la piel desnuda un guayabo fabuloso producto de un amor no correspondido. El ron estaba amargo, estremeció mi ser en cada sorbo, pero parecía muy dulce en comparación con mi dolor. El ron era lo de menos; realmente amarga era aquella escena: estaba yo sentado —más bien colocado— en la gastada barra de un bar, rodeado por desconocidos que se veían, quizás, mucho más golpeados que yo. Era un ambiente de sombras, de fantasmas y muertos en vida que se mecían sin cadencia. Alguien blasfemó y todos lo entendimos. ¡Maldito sea el infierno! Y como en un coro de iglesia todos asentimos. Éramos una cofradía de derrotados; así nos veíamos. Humillados, abatidos, borrachos y con ganas de seguir bebiendo. Un espectro me sacó del trance en el que me encontraba y fue entonces cuando escuché los compases de una ranchera, presté atención y oí a las Hermanas Calle decir:

Si no me querés, te corto la cara
con una cuchilla de esas de afeitar,
el día de la boda
te doy puñaladas, te arranco el ombligo
y mato tu mamá.

¡Qué vaina tan hermosa!, pensé. Levanté mi copa y brindé mil veces por aquello, por ese momento sublime. Descubrí lo bello de la vida en aquel húmedo bar de ciudad. En ese momento me supe feliz por un instante, para siempre. Comencé a soñar de nuevo. Entendí de qué iba todo. Ya era hora de salir de ese sitio. Bebí lo poco que quedaba en mi vaso y pedí el del estribo. El tipo de la barra me sirvió con gusto, puso el trago frente a mi y me dijo: “Tranquilo, muchacho. Hoy va por cuenta de la casa”. Desde esa noche de abril he pasado otras tantas ahí en Cuchilleros, rodeado de fantasmas desconocidos y esperando con gusto el momento de pagar la cuenta que no tiene precio. Como aquella noche, siempre salgo de ahí dando tumbos, chocando con los postes, volando sobre el suelo, cantando junto a las Hermanitas Calle por culpa de algún desamor ingrato, de esos que abundan y me hacen sentir vivo.

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Recomendaciones de hoy:
El blog: Mal de amores - El sitio: Cuaimas despechadas - La peli: Notes on a Scandall, dirigida por Richard Eyre - El trago: Cacique - La ñapa: Contra el despecho prefiero el ron

27.4.07

Ciudad múltiple


Acá en mi ciudad el día puede comenzar en Bello Monte. Te verás echado sobre una helada plancha de aluminio, usando una incómoda etiqueta en el pie. Algunas veces el día se transforma en prolongación de la noche y el guaguancó no termina nunca. También hay días que se ven nacer desde el club, con los campos de golf de fondo y un conleche en la taza. El día es día antes del sol, muy temprano cuando saludas al quiosquero o haces colas interminables para agarrar el primero de los carritos de tu jornada. Hay días de días, como esos en los que amaneces empiernado con la más fugaz de las pasiones. Hay días de lluvia y otros calurosos. Caracas y su rutina que parece tragar tu espíritu para llevarlo por el drenaje que desemboca en el Guaire; río que nunca más fue un río, por lo menos no uno apetecible, pero sigue estando ahí para recordarnos la ciudad que somos.

Un día te topas con una mujer embarazada manejando una moto china y otro te encuentras subiendo las longuísimas escaleras del cerro para llegar al hogar después de una jornada de trabajo inclemente. Hay días de no hacer nada y otros de subir el Ávila con ganas y bajar exhausto. Un día vi la muerte cerca de la Concepción Palacios donde a veces se confunden a los bebés y nace todo el mundo. Acá en Caracas, ciudad de profundos contrastes, el verde se mezcla con el concreto y el smog arropa sin que lo notes. Acá las mujeres siempre son bellas y nunca paran de caminar. Acá, en Caracas, hay colinas, montes y valles, cerros y calles desordenadas que nunca se encuentran con semáforos. La basura abunda frente al museo de mi ciudad y en los domingos de parrilla o mondongo en lata las plazas están más solas que los centros comerciales.

En Caracas no nos vemos a los ojos, con la falta que nos hace. En Caracas, ciudad profunda, nos nos conocemos y constantemente negamos al otro, como si este y oeste estuvieran divorciados irremediablemente. Sobrevivimos en realidades opuestas, que se desencuentran aquí y más allá; la ciudad se convierte en cosa ajena, cosa de otros, de aquellos que nos miran a lo lejos. Y aun hoy, por negligencia, no conocemos a fondo la ciudad que despierta de madrugada y no se acuesta nunca; ciudad que devoramos y nos devora. Caracas, la de los afectos y demonios. La ciudad que cada día está más viva.

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23.4.07

Coming to Town

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Corto:
Coming to Town
Director: Carles Torrens
Año: 2006
Duración: 18 minutos
País: España/EEUU
Idioma: Inglés
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22.4.07

Manual práctico del perfecto idiota


Esta es una guía, mi querido aspirante a idiota, que no tiene nada que ver con Plinio, Mario y Carlos Alberto. No. Si pensaste en eso a primera vista, te darás cuenta que es importante para ti seguir leyendo un poco más. Si, por le contrario, el título de este post no se te hace para nada familiar, es imprescindible, imperante, que le eches una leidita y aportes algunos datos que, de seguro, te sobran.

En principio te preguntarás: “¿Qué demonios le pasa a este idiota? Cómo va a venir a hablarme a mi del perfecto idiota. Qué se cree.” Elemental, mi querido Jackson. Un idiota, un perfecto idiota, puede hablar de lo que le venga en gana, con toda la propiedad del caso, las veces que le parezca. Te explico: el primer gran paso para llegar a ser un idiota con todas las de la ley y así optar por la gloria póstuma es hablar en cantidad. Sólo la práctica hace al maestro. Es por esto que debes —desde ya— intervenir cuando nadie te lo ha pedido, inmiscuirte en cuanta conversación ajena encuentres, opinar, opinar y opinar un poco más. Acá no importa si eres ducho o no en el tema de conversación. Lo esensial es que hables. Si escuchas a alguien hablando de boxeo di que Muhammad Ali arregló todas su peleas y que en el 49 fue noqueado en el primer asalto por Lee Harvey Oswald. Si alguien, por ejemplo, habla de inseguridad, afirma —con gran elocuencia, querido idiota— que todo se resuelve dando créditos populares para compra de armas. El universo de la idiotez humana no tiene límites. De eso debes estar convencido.

Una vez superado el escollo inicial de darte a conocer como un idiota, debes asegurarte de que esa fama no se pierda. Recuerda, fueron muchas horas/hombre de estupideces a vox populi que no pueden caer en grama japonesa. Ahora debes ser un idiota orgulloso. Las palabras en el aire son para presumidos, no para idiotas. Debes llevar tu verbo a la acción. Concretar todo eso que has logrado crear a tu alrededor. No te sirve de nada ser un idiota mítico. Debes convertirte en una leyenda y eso se logra actuando.

Por ejemplo, se me ocurre que en esta fase puedes llegar a una tienda de ropa y probarte todas las franelas y pantalones del lugar para luego no comprar nada. Créeme que el vendedor, mientras dobla todo tu desastre, sabrá lo idiota que puedes ser. Hay mil formas de hacer el idiota por ahí, querido aprendiz. Tal vez puedas comenzar metiéndote en una piscina después de disfrutar de un buen mondongo. O mejor, no le des paso a los peatones cuando manejes o, lo que es brutal, gasta todos tus ahorros poniendo tu carro tunning. Una vez a bordo de tu nave, imagina que la Francisco de Miranda es el circuito de Turagua. Comienza a calentar tus motores hasta que las revoluciones lleguen al tope. Cuando el semáforo esté en verde, pica cauchos hasta que el ruido sea ensordecedor y ríe en tu soledad. ¡Qué idiota eres! Vas por buen camino.

Todo buen idiota consumado debe tener como misión prolongar la especie. Es por esto, querido idiota, que en este punto debes buscar pareja. Eso lo consigues facilito siendo ya un idiota. Créeme, mientras más idiota seas, más linda será tu chica. Nunca faltará quien diga: "mira a esa mami tan linda, con tremendo idiota en el brazo". Trátala mal, sé infiel descaradamente, no tengas detalles con ella, úsala, despotrica de tu suegra. Si la chica sigue contigo después de todas estas acciones te darás cuenta de que ella es tanto o más idiota que tú. Una vez establecida la pareja de idiotas debes buscar un crío. Eso sí, trata de estar desempleado para cuando llegue ese momento.

La crianza de un pequeño idiota comienza desde los primeros días de vida. Cuando tenga una semana de nacido no lo dejes dormir y juega con él lanzándolo por los aires. Dile que no hay nada en el mundo mejor que la ropa de marca, que los niños de piel oscura son malos y que leer es de gallos. Enséñale a jugar caballos a temprana edad alegando que “un día vas a resolverte para toda la vida”. Enséñale a mentir para no ir al colegio. Todo eso será fundamental para su formación como idiota.

Ahora, querido idiota, si crees que tu misión en la vida está cumplida te equivocas, como siempre. Intenta subir al escaño superior: debes influir en el colectivo. Sé que no eres tan idiota como para ser ministro, pero intenta. Tal vez ya hayas logrado ser policía o tener un rango militar. Si fracasas, porque hay gente más idiota que tú, intenta ganar la junta de vecinos o la sociedad de padres y representantes. Una vez ahí, no tendrás que usar tu nombre, sino que serás “el idiota del bigote” o “el idiota aquel”. Sé que puedes.

Nota para idiotas: estoy siendo sarcástico.

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Recomendaciones de hoy:
El blog: La vida es un cuento narrado por un idiota - El sitio: La página idiota - La peli: La cena de los idiotas, dirigida por Francis Veber - El trago: Big Dumb Russian - La ñapa: El regreso del idiota

15.4.07

Don

Hoy imaginé que un día me levanté después de dormir en la arena y perdí el don de imaginar. Entonces la arena no era aquella colcha maravillosa que compartíamos con gente desconocida, sino un montón de granos dispuestos ahí producto de la erosión milenaria. Ya no podía imaginar, por eso no te vi junto a mi cuando había pasado mucho tiempo, éramos unos ancianos ya; caminábamos de la mano por calles de goma y se escuchaba el viejo violín de aquel muchacho en el café y sonreímos. No pude imaginarlo nunca y te vi terrible acostada a mi lado, presionando mi brazo dormido con tu cabeza y sentí que me molestabas; no pude imaginar otra cosa. Me quedé viendo tu rostro. Tú dormías y no pude imaginarte despierta y alegre, viva. Te vi ahí, indefensa, haciendo daño a un brazo que nada te había hecho y pensé que era una injusticia. Pobre extremidad mía, tal vez más indefensa que tú. No pude imaginar lo agotaba que estabas, porque dormida no podías decirlo y entonces la cólera llamó a la puerta y entró sin preguntar. Acepté su invitación, sin prever las consecuencias; no te dio tiempo de decir nada por última vez y de pronto pude imaginar que aquello nunca pasó.

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3.4.07

Arenita, playita... ¿y guarapita?

Me voy para Puerto La Cruz a reflexionar profundamente. Aprovecharé estos días sagrados para encontrarme con mi "yo" interno. La meditación me hará alcanzar el nirvana. Estaré en contacto con mi escencia: Beberé por ustedes -en vivo y directo desde alguna playa de Mochima-, amigos que se quedan a gozar de la paz de Caracas. Sé que me sacrifico, pero todo lo hago por el equipo. Hoy por ustedes, mañana por mi. Ya les contaré, a modo de guía práctica, cómo evadir la ley seca y no sobornar en el intento.
Paz!

900-Pánico

1/2

2/2


Corto: 900-Pánico
Director: Hernán Jabes
Año: 2003
Duración: 15 minutos
País: Venezuela
Idioma: Español
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29.3.07

Tiene que ser una pesadilla


Amigos, una de estas noches tuve una pesadilla que no me permitió conciliar el sueño. Levanté con el corazón bombeando galones de sangre helada. No pude dormir otra vez. No he dormido más y nunca lo haré. Tengo miedo, pánico, pavor de que aquel sueño espantoso se repita. Esa noche me supe infeliz para el resto de mis días. Mi piel se convierte en cuero cuando recuerdo aquello ¡Mierda, que visión más terrible! Cómo es posible que en alguna parte de mi subconsciente esconda mensajes tan perversos. De existir el diablo podría jurar que estuvo gozando un mundo maquinando en mi cabeza durante aquella pesadilla. De existir buenos psicólogos habría ido a una consulta. Ahora estoy perdido. Todo mi ser está atemorizado pensando en que esa asquerosa ensoñación se pueda hacer realidad algún día. Temo por mi, por la humanidad, por el futuro de la civilización tal como la conocemos. Ahora me armaré de valor para contarles, aun cuando recomiendo no seguir leyendo estas líneas. Advertidos están. Todo comenzó…

… señor, me vende el periódico de siempre, por favor. Son mil bolívares, muchacho, como siempre. Mil gracias, señor. Tenga. Gracias. Tomé la prensa de ése día y me senté en el banco de la plaza a leerla, mientras veía a los niños que iban apurados al colegio. Me saludaban. Buenos días, señor. Yo sonreía pensando en que me sentía muy joven para ser un señor, pero para esos niños inocentes era ya todo un viejo. Cosas de la percepción humana, pensé. Vi la primera plana y me enteré de la victoria de la selección por goleada. Sonreí otra vez pensando que Australia le había endosado dos docenas de goles a aquel equipo del pacífico y nosotros celebrábamos con los cinco que le hicimos. Alegría de tísico, pensé. Seguí ojeando y vi más de lo mismo. Me cuestioné por haber comprado el periódico para leer lo de siempre. No habían noticias, sino que todas las informaciones parecían recicladas. Esas son cosas de señor, muchacho, me dije. No me presté mucha atención, porque nunca gano una en esos diálogos internos. Seguí pasando las hojas con una técnica fabulosa. Modestia aparte, creo que son pocos los que gozan del estilo que me sobra para leer un estándar. Llegué a la página de obituarios y me sorprendí. Abrí los ojos y los cerré fuerte. Enfoqué la mirada en aquella página. Tenía que ser una visión terrible. No tenía nada que ver con la misa a la señora viuda de colmenares, ni con la prestigiosa empresa que solicitaba los servicios de una mecanógrafa de buena presencia —que en el Caribe no es más que una hembra que tenga buenas piernas y no entienda de qué va el sexual harassment—. Lo que me perturbó estaba en letras muy pequeñas, como los contratos de las polizas de seguros. En el encabezado se leía “GACETA OFICIAL”. En el diminuto texto se leía:

Plan Nacional Integral de Seguridad, Prevención y Atención en Períodos Festivos, de Asueto y Vacacionales

Leí aquello, lo analicé, volví a leer y entendí que era cierto. Habían decretado Ley Seca. La ley más aberrante que ha conocido jamás el hombre se pondría en práctica una vez más. Lo que es peor aun, la activarán en semana santa. Imaginé por unos segundos aquel escenario. Especuladores a sus anchas vendiendo a sobreprecio el elixir. Vi las iglesias repletas, llenas de gente que no eran precisamente feligreses sino hombres y mujeres de a pie buscando un sorbito del vino que el padre se negaría a compartir. Ni tonto que fuera. Imaginé que el plan tendría éxito y bajarían las cifras de accidentes y utilizarían aquella maléfica ley para regir nuestras vidas. En vez de meter presos a los conductores imprudentes; o ponerlos a acomodar los archivos de la onidex a toditos. En vez de eso, nos quitarán la alegría a nosotros, los hombres de bien. Comencé a temblar cuando visualicé que la ley seca se haría costumbre para los carnavales, navidades, año nuevo, tambores de san juan y verbenas universitarias. La semana santa se convertiría en una fecha aburrida. Lo mismo le pasó hace años al día de la bandera; lo que pasa es que la gente no lo sabe. Pensé en las personas que ahorraron durante todo un año para poder ir a Margarita, buscando gozadera; los vi dando vueltas como autómatas por el sambil o comprando compulsivamente en rattan para saciar la tripa cañera. Pobres aquellos que tenían todas sus esperanzas puestas en aparearse durante el asueto primaveral a costa de unos grados de más. Vi a todo el mundo regresar triste, malhumorado, mentando madre y aumentando los niveles de violencia una vez de regreso en la capital. Me vi sobrio…

… tengo miedo. Amigos, no dormiré jamás. Tengo miedo que esa pesadilla cobre vida.

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25.3.07

Crónicas de un mochilero XXIII

Bruselas ¿y ahora qué?


La cultura del tren en Europa comenzaba a sorprenderme. Nunca había imaginado a la gente viajando en tren con sus bicicletas. Así era. Habían compartimientos dispuestos para ello, para llevar bicicletas que es un transporte muy común en muchas ciudades europeas. A mitad de camino desde París, un empleado del tren pasó diligentemente chequeando los boletos. Se desplazaba por cada vagón. Me habían recomendado que llenara previamente el ticket para no hacer molestar a los empleados que tenían la potestad de multarme. Así que al abordar llene mi boleto de múltiples viajes con mi destino final ese día: Bruselas.

Estos hombres, los empleados del tren, tienen mala fama entre los mochileros. Por lo general se tiene el concepto de que son amargados. En realidad vienen a ser los enemigos naturales de cualquier mochilero, los primeros depredadores de la cadena —los carteristas y policías les seguirían, en ese orden—de ahí vienen los roces. Cada quien hace su trabajo. Los mochileros expertos tratan de viajar sin pagar y los empleados del tren no pueden permitir que esto suceda. Es una relación en donde no hay buenos ni malos. Sólo mochileros evadiendo a la gente del tren. Yo no necesitaba esconderme, por ahora. Tenía boletos pagos por los próximos trece viajes en tren. El empleado de turno, un hombre regordete, me selló el boleto y siguió en lo mismo asiento por asiento, vagón tras vagón.

El tren llegó a Bruselas unos minutos antes de lo previsto. Cuando me monté pensé que era un tren directo, pero hizo varias paradas durante el recorrido. A pesar de esto, habíamos llegado sin que el reloj lo notara. Le habíamos ganado una batalla al itinerario. No tenía claro si me iría directo al hostal o comenzaría a recorrer la ciudad. Inmediatamente lo que más se me apetecía era bajar del tren. De Bruselas tenía referencias muy vagas. Así que esta ciudad sería un verdadero descubrimiento.

En la estación Bruxelles-Midi comenzó mi recorrido por esta ciudad bilingüe de barrios medievales. Todas las señalizaciones y letreros estaban en francés y neerlandés. Tomé un folleto en la caseta de turismo que me dio luces. Ya lo tenía claro. Iría rumbo al centro de la ciudad a buscar el Manneken Pis.

22.3.07

La patética levedad del ser o no ser

He ahí el dilema. Ser patético no es más que una forma de no ser. Estar sin existir. Una cosa fantasmagórica, tal vez. Caminar sin hacer ruido y ver desde afuera sin ser visto, ni siquiera como un ánima en pena, ya que velones no habrán. Es un limbo, puedo decir, que no tiene colores, porque lo monocromático es in y tú, ser patético y desvalido, eres cualquier cosa opuesta a lo chic en un mundo superficial. Tal vez emanes intensidad, pero te ahogas en ella, porque nadie la percibe y tú no la comprendes. Es así. Patético cuando al fin encajas en el disfraz que todos deben llevar, porque así son las cosas y así lo dice vogue. Unos centímetros cúbicos de más te hacen menos terrible la existencia o por el contrario te encajan en rebaño del señor dior ¡Qué más! No todo es el outfit y crees saberlo y por eso lees, cuando en verdad ni comprendes, los consejos de cohelo y buscas desesperadamente el queso que alguien robo, no entiendes nada, pero qué demonios importa si afuera está todo lleno de muertos de hambre que miras en picado. Ellos que no son más que seres que te dan grima; te recuerdan a ti en la miseria del no ser y les das algo de dinero, muy rápido, para que desaparezcan; no soportas verlos ahí como un espejo reflejándote en vivo y directo, maldita vida, qué has hecho para merecer esto. Tu respuesta es tan patética como tú y echas guante de la suerte, ¡oh dolor!, que terrible es todo y, para más, ahora debes tener ideología por que de eso se habla en el club; no sabes muy bien lo que significa aquello pero seguramente es algo dañino como los carbohidratos de noche o un disco mal quemado de esos que compras a escondidas. Seguramente alguien te vio, piensas que siempre hay alguien viéndote, para eso estás acá, o por lo menos crees que es tu función y se lo comentas muy bajito al cura todos los domingos mientras exprimes tus vestiduras; te compadeces de él por tener que escuchar tantas estupideces y él hace lo propio contigo, está harto de tus masturbaciones y tus groserías insípidas, quiere algo más de acción, pero te niegas porque en el fondo le tienes tan poca fe como a ti mismo. Y así continuas tu paso, sonriendo diligentemente cuando te provoca estrangular, sonrojándote ante preguntas inocentes como si nadie supiera de tus perversiones íntimas. Y después me juzgas y crees estar reflejado en estas líneas —eso quisieras— que, en realidad, son una simpleza tan patética como la levedad del ser o no ser. He ahí el dilema.

20.3.07

Cuatro en una cama

Hoy la felicidad sabe a fruta fresca y tiene el aroma del mastranto que crece cerca del río.

Llegué primero, pero siempre los esperé. A veces no sabía muy bien cómo sucedía aquello, pero sé que me llenaba de alegría al verlos, a todos. La misma alegría que me produce escribir hoy estas líneas que de cursi lo tienen todo. Venían poco a poco. Nana llegó muy rápido y confieso que no recuerdo bien ese día de marzo, porque tal vez ella siempre estuvo ahí, conmigo. Tal vez porque no sabía qué demonios significaba marzo. Éramos nosotros dos, confidentes despiertos, unidos como siameses. Ella curiosa, inteligente, valiente, protegiéndome todo el tiempo a mí que era un viejo ya. Nana soy yo, pero con coraje. Creo que de verdad nacimos el mismo día, sólo que ella llegó once meses después. Ella soy yo con otra cara. Me gusta pensar que ella tiene todo de mi y mucho más, porque es enorme. Mi Nana es gigante. Sin que lo notáramos llegó la princesa, mi princesa muy mía. Como a toda princesa, desde siempre le sobró actitud. Es que para ser una princesa hay que saberlo y ella lo tenía claro desde que llegó. Terca, más inteligente que Nana y yo, devoraba libros antes de tiempo y con su belleza nos conquistó a todos. La princesa tiene una mezcla de sabiduría y belleza que la hacen irresistible, pero además es fuerte, muy fuerte. Muy sólida, casi imperturbable. Sólo yo tengo la capacidad de desmoronarla y lo he hecho y no ha estado bien. Cuando ha llorado, yo también lo he hecho desde adentro, porque la verdad es que ella es una reina y duele verla así. Mi princesa/reina siempre lo ha tenido claro y fue a buscarlo, no muy lejos, pero lo suficiente como para extrañarla constantemente y así vernos menos que antes, pero la necesito mucho más. Y estábamos Nana, la princesa y yo, todos juntos, cuando nos llegó la alegría en un cuerpo redondo. Era un gordo impresionante, de ojos enormes, negrísimos y muy vivos. Desde siempre fue muy simpático adentro, pero penoso afuera. Se escondía detrás de mis piernas cuando alguien lo interrogaba y desde entonces yo sabía que debía protegerlo. Él es pura felicidad, con ocurrencias geniales y sentimientos muy puros, muy suyos, únicos. Y recuerdo que siendo cuatro dormíamos en una cama, todos juntos, porque no nos gustaba estar separados. Quedaban otras tres camas vacías y no las extrañamos. Y estábamos juntos en la cama y nos acostábamos como podíamos, de forma horizontal, de lado, alguno acurrucado en una esquina. Nana, la princesa, el gordito y yo. Siempre juntos. Riendo, peleando, jugando, sufriendo lo incomprensible y dando un paso adelante. Y hoy recordé que tenía mucho tiempo sin decirle a mis hermanos lo mucho que los quiero.

Crónicas de un mochilero (XXII)


Adiós, París

La despedida se hacía inminente. Ya llevaba acá poco más de una semana y era tiempo de partir. No podía quedarme más, aunque debí radicarme en esta ciudad para siempre. Decisiones que se toman o no sin pensarlo mucho. Carecí de agallas. Estas calles me tendrán que esperar en otro momento que llegará. No había más París para mi. No por ahora. Una mañana lo decidí. Me voy.

En París caminé como nunca antes. La recorrí sin cansancio, en compañía o sin ella. Vi la ciudad de suburbios, de inmigrantes de todos colores, París clásica con el Hôtel de Ville y modernista a la vez llegando a La Défense. La ciudad del metro bohemio como los cafés de Montmartre y de jardines de colores fabulosos que abundan en Luxembourg. No era como la imaginaba. La realidad me superó siempre. En las galerías de Louvre, con todo su arte, con pasillos que se cruzaban y gente que se amontonaba frente a la Gioconda me dio jaqueca de tanto contemplar. Estaba el Arco de Triunfo, con la llama eterna al soldado desconocido que un mexicano apagó con sus micciones en el 98 en medio de la algarabía que produjo la victoria francesa en la copa del mundo. Y por supuesto, el nombre de Miranda entre los héroes de la revolución francesa. Todo me acompañó en París a lo largo de Champs Elysées y mucho más allá.

Le comenté a Gabriela, la mexicana, que partiría esa tarde. Tomaría un tren hasta Bruselas. Nos dimos un fuerte abrazo, fraternal, infinito. Era mi gran amiga, mi primera referencia de esta ciudad. La mexicana siempre me recordaría a París. Tal vez no nos encontraríamos otra vez a pesar del intercambio de correos, de números y direcciones. Me regaló una postal de Oaxaca, yo no había tomado esas previsiones y le di un sentido beso, de esos que son profundos y cargados de cariño. Nos sentamos a comer juntos como siempre.

— ¿Ahora qué, muchacho?
— No lo sé bien. En principio, llegar a Bruselas. Continuar con el viaje. A lo que vine. No te niego que siento miedo.
— ¿Miedo?
— Sí.
— No me vengas con eso.
— ¿Tú no sientes lo mismo?
— No, amigo. No siento miedo. Tampoco temo por ti. La soledad te sienta bien. Te veías muy bien, muy seguro cuando nos conocimos.
— Debe ser cierto. Te cautivé, porque nunca más me has soltado. Hasta ahora.
— ¡Qué idiota! Eres creído, muchacho. Además, tú te aferraste a mi.
— Es verdad ¿Es posible encontrarnos otra vez en un museo?
— Por lo menos no en Pompidou.
— ¿Y tú qué harás?
— Por ahora, quedarme unos días más en París. Luego quiero llegar a Orleans.
— ¡Olalá! Francia te cautivó.
— ¿A ti no? ¿Por qué no nos quedamos a probar suerte acá?

Sentado en el tren, vía Bruselas, aquella pregunta se hizo recurrente en mis pensamientos. La mexicana con su tono familiar me había dado con qué entretenerme. Creí que era muy pronto para decidir. Todavía falta mucho a este viaje, pensé.

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15.3.07

No hagas ruido


El cigarro se consumía sin remedio, abandonado, en el cenicero de cerámica china. Estaba elaborado a base de formas extrañas, con muchas aristas. El cenicero llevaba años puesto de la misma manera sobre la mesita de caoba. Abandonaba su postura en aquella mesa barnizada por unos segundos cada dos o tres días, cuando estaba repleto de colillas, y era ya momento de vaciarlo para no ensuciar la mesa con cenizas. La mesita de caoba, quizá el mueble mejor cuidado de toda la habitación, llegó una tarde a aquella habitación sin aviso. Desde entonces se había acoplado casi a la perfección a una gran cama de hierro forjado que sostenía dos inmensos colchones, ya roídos por el interminable paso de los segundos que parecían avanzar lentamente, pero de forma implacable, en aquella habitación sin ventanales. El modesto cuarto estaba compuesto también por una especie de biblioteca improvisada con retazos de madera acuñados sobre unos bloques de concreto. Aquella rústica biblioteca tenía todos los libros de Henri Troyat, decenas de ellos, la colección más impresionante del escritor de origen armenio, radicado en París desde siempre y muerto hace pocos días. La noticia de su muerte dio más vida a sus libros que traté de devorar una y otra vez, incansablemente. Los leía traducidos al español y en lengua original, especialmente disfrutaba la biografía de Rasputín y La nieve está de luto. Esta colección era mi orgullo, pero no tenía con quien jactarme, aunque mucho me habría gustado.

Mi vida solitaria era consecuencia de mis propias convicciones. Hace algún tiempo había tomado la decisión de aislarme, por decepción tal vez, de todo lo que me rodeaba. De un mundo que me costaba un montón comprender. No éramos compatibles. Yo, con mi calma asfixiante, definitivamente había nacido en otro planeta. Así lo asumí y nunca sufrí por ello. Al contrario, me producía enorme incomodidad, dolor quizá, tener que abandonar mi diminuto departamento una o dos veces por semana en procura de abastecer mis necesidades: cigarrillos, algo de comestibles y un poco de agua potable. Así es mi vida, austera, pero en definitiva mi vida. La considero divina, a decir verdad. En el apartamento heredado creé mi propio universo, mi sociedad particular. Créanme que soy muy feliz así. En ocasiones hablo con el espejo, tenemos en muchas oportunidades discusiones terribles que me dejan extenuado. Si alguien de afuera me viera no dudaría un segundo en asegurar que estoy loco, cuando, la verdad, no es así. No quiero imaginar qué pensarían si se enteran de mis amores con el cenicero, que constantemente penetro con el ardor de mis cigarrillos hasta que la pequeña braza de tabaco se apaga, extasiada. El cenicero siempre está dispuesto a más y yo, mientras doy placenteras bocanadas a mi cigarro, lo miro y pienso en su goce. Nos la llevamos muy bien, a decir verdad. Ninguno se queja y eso es lo que necesito. Lo que siempre quise.

Afuera se sufre, acá no. Acá las reglas las pongo yo y son flexibles. En temporadas está prohibido tomar un baño y la ley se cumple sin necesidad de castigar a nadie. Cuando eso pasa lo tomo con tranquilidad y no me ducho por semanas hasta que las reglas cambian y por fin siento las gotas de agua fría, liberadas, que se estrellan contra mi piel curtida. Y me regocijo infinitamente, con alegría desmedida por haberle dado cauce al agua de tonos marrones que sale de la ducha y que poco a poco va transparentando su esencia, como dándome las gracias. No hay de qué, muchachas y nos echamos a reír.

Cuando algún intruso toca la puerta, busco la mejor manera de espantarlo. El silencio es el mejor repelente contra los que quieren romper mi armonía. Así, al escuchar el golpe de una mano extraña contra la madera de mi puerta de entrada, hago silencio total. Pido lo mismo al espejo, a la mesita de caoba y especialmente al cenicero. Todos comprenden y no hay ruido alguno. El silencio da la señal que busco y al paso del tiempo el intruso desaparece. Y me percato asomándome cuidadosamente por una grieta en la chapa de la madera. No pueden darse cuenta de que estoy acá o me lo quitarán todo. Pongo en contacto el pabellón de mi oreja contra la madera y escucho en estéreo y nadie está por ahí. Voy de regreso a la habitación, caminando de puntillas, porque nunca se sabe de las mañas de los extranjeros. No me siento en la cama, por temor a que el hierro forjado haga algún chirrido. Él siempre ha mostrado rebeldía frente al silencio. Entonces, me siento en el piso y tomo algún libro de Troyat para hacerle compañía. Total, ahora, muerto como está, debe padecer de gran soledad. Al principio no es fácil y lo sé. Le tiendo mi mano y pongo mis sentidos a la orden. Poco a poco comprenderá una nueva manera, la mejor forma de vivir.

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11.3.07

La playa entre semana




… y el jueves se convirtió en domingo y todo está muy bien

El viaje de esta semana a la playa hizo mucho bien. No tanto a mi espalda poco acostumbrada a dormir sobre la irregularidad de la arena, pero sí fue una terapia que necesitaba con urgencia. No voy a decir que necesitaba quitarme un poco el estrés, porque no sufro de eso (en principio, porque no hago nada que me pueda estresar). En cambio, sí suplicaba por un cambio de rutina, de paisaje, de sonidos y sensaciones menos “babilónicas”. Tenía que salir corriendo de Caracas. A veces me pasa. La ciudad que me engendró en oportunidades me aburre y sé que yo la incomodo también. Así que, en un acuerdo tácito, de vez en cuando me alejo para que todo entre nosotros siga bien.

Así las cosas, huí hasta la tan de moda Cuyagua. Llegué un lunes por la noche, después de sortear, tras hora y media de revisión exhaustiva, la alcabala de la Guardia Nacional que se ubica a la entrada del parque Henri Pittier. De los militares que ahí estaban basta decir que son militares, por lo tanto, buscaban algo de plata ajena para reacomodar su quincena. Lo lograron, porque no teníamos los papeles del carro al día. Tanto show para quitarnos plata. Se pudieron ahorrar todo y pedirnos la plata de una vez, así tipo “de pana”.

Subiendo las montañas del Parque Nacional, nos topamos con densa neblina que hizo el viaje más largo. Escuchábamos música y todavía no superábamos la arrechera por haber mojado al distinguido de turno. Llegamos a Ocumare y sugerí hacer una parada en el cementerio del pueblo para conseguir buenas fotos. La negativa fue generalizada. Me acompañaban dos amigos y la novia polaca de uno de ellos. Creo que ella fue la única que no se negó. Tal vez porque no comprende nada de español. Seguimos y por fin llegamos a Cuyagaua. Armamos el campamento cerca del área en recuperación. Teníamos unas jóvenes palmeras, maravillosas, que nos darían sombra. El sitio era perfecto.

En las mañanas me levantaba gracias a los rayos de sol que penetraban la carpa. El mar nos regalaba constantemente el fabuloso sonido del oleaje en total armonía con el reggae que tenían unas carpas más allá. La polaca se despertó maravillada por aquel paisaje. Nunca en su vida imaginó ver una playa así. Era un sueño todo aquel mar infinito. Nos preguntaba en buen inglés si estábamos al tanto de nuestra fortuna. De vivir en un país con tanta belleza y clima envidiable. Sinceramente creo que no estamos muy conscientes de eso y se notaba por la basura que quedó regada en la arena producto de los visitantes que llegaron el fin de semana anterior, dejando ese molesto recuerdo que los habitantes del pueblo desde muy temprano se esmeraban por recoger rastrillo en mano.

Los días en Cuyagua pasaron muy rápido. No había mucha gente, cosa que agradecimos. El río estaba helado como siempre y el pescado fresco, inigualable. Subimos a El Yajure, tomamos buenas fotos, jugamos con una pelota en la inmensa playa, mis amigos entraron al mar a pescar buenas olas para surfear y nos topamos con algún piedrero buscando algo de plata para calmar su ansiedad. De regreso a Caracas pasamos por la alcabala, donde los militares tenían detenidos a varios carros. No los maldije. Los imaginé pasando su semana ahí, en plantón a las puertas del parque, sin poder entrar, viendo a la gente regresar de unos días del carajo, a pesar de sus esfuerzos por arruinarlo. Ya estaban bien jodidos.

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5.3.07

Fuera de servicio

Queridos lectores:

Voy saliendo para la playa. Por lo tanto, no habrán posts nuevos hasta el jueves. Cosas de la juventud desempleada y ociosa. SI consigo algún cyber en Cuyagua les comentaré.
Saludos!
El Chamo del 114

3.3.07

Fragmentos caraqueños



Titulo: el zamuro no es fijo
Técnica: Digital
Locación: Parque Los Caobos
Fecha: Enero 2005
Autor: Isaac Bonyuet


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28.2.07

Delicioso laberinto

Él, tosco en sus maneras, impreciso en sus argumentos, visceral como sólo él y sus antepasados pueden serlo, de gustos muy extraños, estaba sentado frente a la ventana de su cuarto de periferia. No sé qué lo ataba a ese pequeño ventanal que estaba ya corroído en todos sus bordes por la perseverante humedad de esta región. Desde ahí sólo se divisaba, apenas, la vieja pared mohosa del edificio 63, ese que está ahí enfrente desde que su abuela no lo era. Tenía horas ahí, preocupando a todos, dejando que respondieran con conceptos vagos todas las preguntas sobre aquello. Elevaron hipótesis, injuriaron a su madre, desesperados por no saber. Creyeron que algo le pasaría. Sólo él sabía lo que hacía.

Con su dedo índice recorría la silueta de una pegantina a medio romper que puso en ese vidrio cuando cumplió 8 años. Una calcomanía horrible. Él lo sabía, pero prefería dejarla ahí como recuerdo a medias de una infancia que también lo fue. Su mirada estaba perdida entre los ladrillos y el cemento del edificio 63. De reojo trataba de asomarme a ver si podía ver algo diferente, que llamara la atención, pero ni el gato negro de siempre estaba esa tarde buscando qué comer. Hice ruidos a ver si lograba romper su concentración, pero él no parecía notarlo. Desistí rápidamente. Sabía que era una causa inútil.

Esa tarde naranja, aquel buen amigo había resuelto lo inexplicable. Desde ese día todos sus esfuerzos en vida empujaban una sola causa que para occidentales y orientales de buena fe, era dura de comprender. Hoy día no existen sectas como esa, muy a lo old fashion, muy de Guyana o de Manson tal vez. Una secta que no comenzaba en el Ávila sino en las afueras de una ciudad de valles y colinas, esa tarde de un lunes o martes, la verdad nadie recuerda bien. En aquella habitación, mi camarada de años, había resuelto que dedicaría enteros sus días y sus noches a esperar el día final. Asombrados ante la determinación de sus palabras, optamos por reírnos una y mil veces. Las múltiples contracciones de nuestro abdomen, producto de la risa a carcajadas, dejaba un dolor incómodo, pero justo ante semejante disparate. Él no comprendió aquella explosión, nunca pensó que se burlaban de él, como en efecto hicieron una y otra vez, sino que tenía la certeza de que él era un ente superior, el elegido entre los hombres, el que debía cumplir los designios de su nuevo dios: johnnie drunkin.

Desde esa tarde no dejó de hablar de jhonnie drunkin, en minúsculas, porque era un dios humilde, en palabras de mi aturdido amigo. Así que para honrarlo tomaría todo el licor que un hombre pudiera beber jamás. Los primeros días pareció una excusa barata para emborracharse. Así, bebió de la botella hasta vaciarla. Y cuando la meta era cumplida, llegaba el momento de la otra y así. Esos primeros días, mi buen amigo caía inconsciente al piso. Diligentemente, lo recogieron de la alfombra curtida, regalo de una tía que no la quería más.

Un día, caminando por la Plaza Bolívar, vi un tumulto de gente que estaba agrupada en torno a un espectáculo. Ha de ser algo magnífico, pensé. Y lo vi ahí, declamando a la sombra del libertador, con la mirada fija, como cegado, aturdido. “No teman, porque el fin llegará. Prepárense para lo inevitable. Del cielo no vendrá nuestro salvador, así que la cara no tendrán que alzar. Es él, sin darnos pista alguna se acercará con toda su gloria a salvarnos de un mundo de abstemios. jhonnie drunkin, vendrá a rescatarnos del caos, de la ley seca y cualquier otro sacrilegio, hombres de poca fe. Deben beber hasta más no poder para entrar en el reino que siempre soñaron, un reino de eternidad donde sólo los hombres de buen beber pueden entrar. Es el reino de la felicidad, hermanos. Escuchen a este humilde pastor, que tuvo la dicha de topárselo una tarde cualquiera. Crean que él cree en ustedes.”

Aquella función bizarra en el fondo me pareció lamentable. Sentí pena por mi buen amigo. Pena por mi, por haberme marchado, dejándolo ahí. No tuve el valor de llevarlo a otro sitio. Sentí pánico a las miradas vigilantes de todos los demás. Mal por mi. Qué clase de amigo puedo ser. Mala mía.

Después de que todo el espectáculo terminó, seguí mi rumbo, directo a mis papeles y a mis horas extra de trabajo no forzado en un cubículo modernista, que era apenas uno de los cientos que hay en la oficina gris, de una compañía del mismo tono. A esa oficina que tantas veces maldije, que no tenía ni un mísero ventanal por donde respirar. Regresé a mi infierno particular, con mi traje y mi corbata que en ese momento se asemajaban más a la vestimenta de un verdugo que ya había sentenciado a mi buen amigo, dejándolo preso en su trastorno. Haciendo el ridículo en aquella plaza pública llena de gentes que no valoraban nada, ni su propia vida, que se dedicarían a comentar, a modo de anécdota, la historia de aquel pobre infeliz que gritaba que el mundo se acabaría y que beber nos salvaría de la perdición.

Pensé mucho en él, pero pensar no resuelve nada. Así que intenté comunicarme una y mil veces. Nunca pude. Seguro dejó su trabajo y comenzó otra vez con su escándalo. Lo habrían detenido. La policía no tiene compasión. Es su labor. Nacieron así, el sistema los educó. Seguro lo habrían metido en un calabozo parroquial, húmedo, lleno de delincuentes e inocentes. O tal vez, la indigencia se lo había tragado. Viviendo en la calle, comiendo de los desperdicios de la gente bien. Dependiendo de la basura de los demás.

Iba a los sitios de siempre y nada. El que fuera en otros días el hombre más popular entre sus conocidos, había desaparecido sin dejar indicios. Dónde estará mi amigo. Aquel buen hombre. No se ve ni la sombra. Regresé a la plaza, pero el espectáculo del día estaba a cargo de un malabarista insípido. Pregunté a la gente y como respuesta recibí muecas de desagrado. Yo no estoy loco. Él alguna vez se paró al lado de la estatua y declamó. La gente me veía con horror. Yo no estoy loco.

Pasaron los días y mi culpa iba creciendo. En casa las cosas iban mal. Cambiaron la cerradura. No tenía como entrar a mi sitio. Ya ni siquiera me interesaba la silueta de mi exmujer. Ya no quería saber nada de ella, ni de sus muslos gigantes y sus facciones imperfectas. Se lo dije. No me escuchó. Tal vez no me creía. Sabía que en el fondo era un adicto a aquel rostro asimétrico lleno de granos, de esa espalda manchada por unas pecas terribles, de su aliento visceral y su cabello curtido. Ella se sentía orgullosa de su celulitis. Yo también. Siempre me encantó la abundancia. Intentó acariciarme y no me pude contener. Caí. En ese momento el frío se apoderó de mi cuerpo. Con su nariz quebrada rozaba mi cuello y hacía como una cerda. Oink, oink. Y eso me encantaba. Y toque sus piernas sin rasurar y me detuve para verla verla bien. Me encanta cuando está ahí, desnuda, pero no indefensa. Con sus bigotes modestos y su abdomen gigante y la delicadeza de su oink oink me tenía atrapado y volví a por ella. Y todo era muy incómodo por sus enormes proporciones, pero eso me gustaba. Y ella arriba y yo asfixiándome, sintiendo que mi corazón latía en su carne, deleitado ante ese cuerpo monumental. Sentía culpa, dónde estaría mi amigo a esa hora. Ella me mordió con fuerza y no lo recordé más.

Me levanté muy tarde. Estaba agotado. Totalmente aturdido y sin ella. Sin mi fiera. Se fue y me dejó. No más de la cerdita para mi. Era una basura. Así me sentí. Y recordé a mi amigo. Me sentí peor. De inmediato lo fui a buscar. No sabía por dónde comenzar. Esta maldita ciudad es muy grande. Tal vez yo sea muy poca cosa. Insignificante ante ella. Eso era. Era yo y mi minúscula existencia. Conseguí algo de dinero como pude. Voy por un trago.

Llegué al olvidado bar de la cuadra. Apenas estaba abriendo aquel sitio en ruinas ubicado a las afueras. Me senté en la barra y bebí en ayuno. Una, dos, tres, cien copas. Las horas pasaban lentamente, pero los tragos no. El encargado me observaba con asco. Yo le devolví la mirada y le lancé los billetes. Imbécil. Bebí un poco más. Y entró el sacerdote con un gato azul. Se santiguó y siguió derecho al baño. Idiota. No eres nadie. Estás perdido. No te salvarás. Nadie lo hará. Sólo yo. Estoy seco. Necesito beber. Y bebí. Al fondo se escuchaba a Nat King Cole cantar alegremente en español y sonreí. ¡Qué bolas!

A mi lado se sentó un tipo que se me hacía conocido. Preocupado preguntó por mi, por mi paradero. Lo vi a los ojos y después miré mi amargo y delicioso trago. Y recordé una vieja pegantina destrozada, me vi recitando verdades ante la gente en la plaza, y a los malditos policías, un trabajo terrible, el calabozo, el frío de la acera y la recordé muerta, y me empiné otra copa. Una visión azul, terrible. Puse mi mano sobre su hombro y resignado le dije a aquel tipo: “Aquí encontrarás la salvación. Acompáñame con un trago”

27.2.07

Crónicas de un mochilero (XXI)

Saint—Denis de sorpresa

En el hostal parisino, me cambiaron a una habitación más pequeña, que compartiría con dos personas más. Uno de ellos era un joven japonés. El otro era Fredrich, un señor alemán que había llegado a París en bicicleta desde Gelsenkirchen. Con él hice empatía instantánea. Fredrich, a sus sesenta y tantos años era un deportista a todo pulmón. Había llegado hasta Francia usando el Mundial de Atletismo como excusa. En realidad sé que, como nadie, disfrutaba de montar la bicicleta por cientos de kilómetros. Esa nueva habitación contrastaba por todos los costados. Por una parte estaba el joven japonés, metódico como es costumbre. De muy pocas palabras y muy serio, la verdad. En la litera, arriba, dormía Fredrich que tenía una disciplina abrumadora. Mis compañeros de habitación eran muy distintos a mi, a mi pequeño desorden. No es que tuviera todas mis cosas tiradas por ahí, pero debo asegurar que por más esfuerzos que hacía, nunca pude dejar todo perfectamente acomodado; siempre quedé opacado por los dobladillos de sábanas en las otras dos camas.

Pasé varios días compartiendo habitación con ellos, unos perfectos desconocidos, que manejaban códigos distintos a los mios, pero, la verdad, todo iba en perfecta armonía. A pesar de los notables contrastes entre un latino, un japonés y un veterano alemán, el clima de camaradería hacía de todo aquello bastante confortable. Yo siempre era el último en llegar por la noche al cuarto, el japonés pasaba horas enteras llenando postales de París y las enviaba, muy temprano por la mañana a su gente en el lejano Japón. Fredrich a esa hora ya tenía rato haciendo calistenia para recorrer la ciudad en su bicicleta.

Una mañana me levanté a las 8. Estaba solo en la habitación, como ya se había hecho costumbre. Mis compañeros se habían levantado. Bajé a desayunar algo y sólo encontré al japonés leyendo un libro en el lobby del hostal. Le pregunté por Fredrich y me dijo que se había marchado de regreso. Supe, como tantas veces, que nunca más me toparía con él. Es una certeza que se tiene a cada instante.

La noche anterior estuvimos Gabriela, la mexicana, Emilio, un poeta iraní y Fredrich tomando un poco de cerveza en el bar del hostal. Después de un rato, emprendimos una expedición relámpago por Montmartre. Titubeamos un momento para entrar al famoso Moulin Rouge, pero en nuestro presupuesto no entraba aquel lujo. Así que con una foto en la fachada del lugar bastó. Muchos cafés y sitios eróticos estaban por la zona. El neón rojo podía encandilar. Nos sentamos en una mesa desocupada a orillas de la calle. Pedimos una ronda. Entre plática y plática, Fredrich se sorprendió cuando le dije que conocía al FC Schalke 04, su equipo de fútbol favorito. Creo que no supo digerir que yo, viviendo tan lejos, puediera tener idea alguna de un club de fútbol alemán que no se caracteriza por la popularidad que goza en el resto del mundo el Bayern de Munich, por ejemplo.

El viejo Fredrich regresó antes que nosotros al hostal. Una vez en el albergue nos fuimos al bar del sitio y seguimos libando licor por unas horas más. De pronto, Gabriela y Emilio habían desaparecido. El poeta iraní y yo quedamos bebiendo un poco más, pero ya la conversa iba perdiendo sentido. Sin más, subí a la habitación a dormir un poco. Con cuidado entré para no despertar a nadie, pero como siempre me sucede, tropecé con todo. Me tiré en la cama y quedé dormido.

Por primera vez sentí algo de nostalgia cuando el discreto japonés me anunció la partida del viejo alemán. Tal vez no estaba justificada, pero cuando se está solo por el mundo cualquier persona amable puede convertirse en parte de la familia de uno como errante.

Me senté a desayunar un plato de cereal en el comedor del hostal, mientras trataba de entender algo del programa rosa que pasaban por la televisión francesa. Subí a mi habitación para dejar todo listo. Entre mis cosas me di cuenta que había una entrada para el Campeonato Mundial de Atletismo. Decía a mano: Schalke!

Sin tenerlo previsto me fui esa tarde al mítico Stade de France en Saint—Denis a ver como el dominicano Félix Sánchez se hacía campeón mundial en los 400 metros. Todo por cortesía de mi buen amigo, el viejo Fredrich.


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23.2.07

La estatuilla que sube la torre



Hacer una película es similar a edificar un torre. Sí, sí; una torre. Un aposento muy alto, y que visto desde abajo impresiona, para bien o para mal, de buen gusto o todo lo contrario, pero una torre al fin.

Las bases se colocan con mucho tiempo previo de planificación. Se sondea el terreno y se experimenta con el guión. Ladrillo a ladrillo llegan los actores, locaciones, escenarios, utilería, vestuario, maquillaje, equipos, seres humanos y hasta el almuerzo. Se recubre con concreto de emoción y se refuerzan con pasión, esfuerzo y días eternos de insomnio. Piso a piso, la película cobra vida. Cada nivel superado es una escena lista con visto bueno en el script. Y la cúpula final es pintada “sixtinamente” con las pinceladas de la postproducción. Es así. Por esa torre pasaron primero cientos de hombres y mujeres, que dejaron el sudor en cada escalón, pero que ahora disfrutan de las sonrisas generadas automáticamente por la audiencia transeúnte que admira su labor.

Este año, los 79° Premios de La Academia tienen la difícil labor de escoger la mejor obra de arte, la más sólida, bien estructurada y estéticamente correcta. Cinco películas se disputan la estatuilla que define a la mejor realización del año a nivel internacional. Muchos rubros van dibujando el retrato de la máxima producción cinematográfica del 2007; así como varios galardones mundiales previos empiezan a mandar señales de los posibles ganadores. Sin embargo, algo que ha demostrado La Academia, es que el cine es un mundo lleno de sorpresas; y aunque soy partidario de que “la mejor película es aquella que a ti te gusta”, los “expertos” terminan escogiendo a la merecedora de la estatuilla calva y dorada según, valga la redundancia, sus propios gustos, ambiciones o beneficios.

El año pasado; cuando todo el mundo apostaba a la fórmula clásica (pero con un guión débil y “controversial” para algunos) de la Brokeback Mountain de Ang Lee, Crash le arrebató el premio con una estructura de historias cruzadas y un presupuesto muy bajo para los acostumbrados ganadores de la Academia. Sin embargo, la edición anterior fue un edificio de “medium budget”, con producciones que realmente no marcaron al espectador como otras realizaciones lo han hecho en años anteriores.

Pero ésta mala racha del cine mundial se superó en el 2006. Incluso, las cifras monetarias recaudadas por la taquilla gringa crecieron un trece por ciento, y la apatía del espectador norteamericano (provocada, obviamente por los mismos cineastas) mermó en varias recaudaciones multimillonarias, que favorecieron, en varias ocasiones, a directores y productores latinos.

Pues sí; la septuagésima novena entrega de los Oscar se edifica con buenas bases hispanas; y si el año pasado lo coronó el cine independiente, el 2007 trae una lengua castellana que flipa a media humanidad. Y el orgullo que puede sentir un continente es alto, recio y bien merecido.

Las nominadas a mejor película de este año incluyen al mexicano Alejandro González Iñárritu con Babel; Penélope Cruz está nominada a Mejor Actriz Principal y Adriana Barraza buscando la estatuilla a Mejor Actriz de Reparto. Guillermo del Toro puede llevarse el premio a Mejor Película Extranjera (además, es la película española que ha recaudado más millones de dólares en los Estados Unidos); Children of Men , de Alfonso Cuarón tendría bien merecido el Oscar a Mejor Cinematografía; y dos cortometrajes ibéricos se pelean a muerte el primer lugar en su respectivo renglón. Esas y muchas otras buenas noticias hacen que el nuevo cine del mundo venga empaquetado con la franela de “se habla español”.

Para quienes tengan algún dinero en juego, hayan apostado a la novia o el celular, o simplemente quieren restregarle en la cara a su mamá que saben más de cine que ella, estaremos dando un breve paseo por la competencia cumbre de la noche del 25 de febrero: Mejor Película. Es así que los nominados pisan la alfombra roja y todos, absolutamente todos, nos dejan sus huellas cinceladas en nuestro bagaje cinemtográfico: Babel (Alejandro González Iñárritu), The Departed (Martin Scorsese), Letters from Iwo Jima (Clint Eastwood), Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris) y The Queen (Stephen Frears).


“I hate everyone”

A veces podemos llegar a odiar a alguien. Odiarlo por el simple hecho de ser un perdedor. O mejor dicho, de que lo consideremos un perdedor. Es más, podemos odiarnos nosotros mismos por ser unos perdedores. Este término es tan complejo y epistemológicamente enredado que podríamos compararlo con la disyuntiva entre el bien y el mal. Bueno, si lo miramos un poco más detalladamente, es la misma lucha, sólo que algo más sutil. El mundo está lleno de los llamados “ganadores”, mientras que el resto de la humanidad no tiene oportunidad alguna de alzar vuelo en medio de capitalismo y una competencia donde realmente solo sobreviven los más aptos. De esto trata Little Miss Sunshine. Su trama nos relata la historia de una familia guiada por un padre trabajador en empresas a nivel de consultoría emocional y dinámicas de grupo. Su filosofía pretende expandirse por el resto de su familia, pero no lo logra como el quisiera, dirige, para su pesar y frustración, una tribu de “losers”.

Esta historia relata – a modo de road movie – las peripecias de una familia típica nortemericana, con sus potenciales suicidas, sus locos asesinos y viejos aberrados, recorriendo como una happy family las vías de una nación donde impera la competencia salvaje y la obsesión por ser el mejor a como de lugar. Así, su meta final es llevar a la hija menor a un concurso de belleza infantil, donde disputará una larga jornada contra las más expertas mini misses de los Estados Unidos. Obviamente no voy a comentar toda la película, y mucho menos el final, pero ésta cinta se te mete por los ojos y te hace recordar un sin fin de cosas, por más insignificantes que puedan ser, pero que nos traen a colación aquellos pasajes de nuestras vidas donde fuimos – de cualquier manera posible – unos perdedores.

El trabajo actoral de la cinta es fenomenal, de todo el reparto, hasta el papel de la madre abnegada, que es el más neutral del film, se lleva sus méritos de a destellos. El guión de verdad es muy limpio, muy simple, con diálogos verosímiles que, incluso, no necesitan de muchas palabras para expresar una línea emocional. La inseguridad del hijo se ve en su máscara de soberbia nietzcheana; lo grotesco del abuelo se nota en cada línea que esnifa, y Marcel Proust se encarna con lejanía en un cuñado suicida que su mayor dilema es ser el del “segundo lugar”.

Alan Arkin tiene una nominación a Mejor Actor de Reparto por este film, y Jennifer Hudson hace lo mismo con la categoría homóloga femenina; y, por supuesto, el guión también se lleva un ticket para la rifa del premio. Little Miss Sunshine, es una buena película, digna merecedora de varios festivales, y se rescata el hecho de que sea la indie del año, pero, a pesar de todo, hay otras producciones que tienen más méritos.


God save the Queen

Phillipe Seymour Hoffman es para el 2006 lo que es Helen Mirren Para el 2007. El actor interpretó con tal visceralidad a un Truman Capote grotesco, real y hasta destestable que la película “Capote” fue, prácticamente la actuación del señor Hoffman, sin fotografía, sin edición, sin efectos especiales; si hubiesen proyectado un ensayo del actor en vez de la película, el efecto que dejó sería exactamente el mismo.

En el caso de The Queen, Helen Mirren pasará a la historia por su fantástica interpretación de la Reina Isabel II: fría, sombría, sencilla a veces, fuerte en otras, como si de verdad nos hablara con su acento inglés al oído, de carne y hueso. Mirren es el núcleo de una propuesta muy simple, incluso, con varios puntos débiles y toscos por parte del director, pero la falsa reina salva el pellejo de una película en extremo cuidada, y que pudo haber arriesgado más.

Por otro lado, Frears maneja la puesta en escena con bastante elegancia y sin llegar a ser rococó, como se acostumbra en los films de este tipo. Viendo la parte negativa de la producción, Frears se deja llevar por la prudencia, en extremo, y la trama se tambalea en ciertos puntos,incluso, desaprovecha a Mirren en ciertas escenas por colocar a la Princesa Diana.

Obviamente Mirren se lleva el Oscar a Mejor Actriz, eso está claro; pero el Oscar no se le entregará por culpa del propio padre de la criatura.


La epístola de Eastwood

Generalmente, los films hollywoodenses relacionados con alguna guerra en la que perticipó los Estados Unidos de Norteamèrica termina con la típica bandera eztrellada y un mal sabor de boca en el público que, de una u otra forma, no le creemos ni una sola palabra a los gringos. Si te encuentras a un gringo, cualquiera que sea su edad, se hará el héroe diciendo que fue a Hiroshima, Iwo Jima, Vietnam, El Golfo, Kuwait, Irán o Afganistán; a combatir las tiranías de los pueblos e implantar la “democracia” en los pueblos más necesitados (f***in’ gringos). En fin, el asunto político es harina de otro costal, pero lo que si es admirable es que un director proveniente de la vena hollywoodense se atreva a contar de la forma más anti gringa posible lo ocurrido en la masacre de Iwo Jima.

Clint Eastwood nos regala una carta totalmente conmovedora, escrita en verso japonés, y enviada en un paquete tan crudo y realista que deja en el sitio a más de uno.

El guión lo co-escribe con Paul Haggis, también autor de Flags of our Fathers y Million Dollar Baby, del mismo director, y ganador del Oscar con su ópera prima Crash. La historia, realmente es muy densa, pero no se siente ni en la espalda ni en la modorra del público.

Letters from Iwo Jima pudiera ser una sorpresa en la noche de los Oscar. Sin desmerecer a las anteriores dos películas, Eastwood se lanza de nuevo a un reto mucho más grande, y logra vencer. Da libertad plena a la actuación, y pienso que por el mismo hecho de haber nacido artísticamente como actor, Eastwood sabe como manejar las emociones y facciones de los protagonistas.

Asimismo, la historia se estructura de manera lineal, con una serie de flashbacks que no cansan y no son predecibles para quienes ven la película. Eastwood puede dar el batacazo el domingo; así que mosca con Iwo Jima.


El olvidado

Por su parte, el gran olvidado del 2006, y del 2005, y del 2004, y de todos los años de su carrera vuelve al ruedo del Oscar en la edición del 2007. Martin Scorsese, que pudo haber ganado el Oscar con The Aviator, con Gangs of New York, con Goodfellas, con The Last Temptation of Christ, con Raging Bull y con Taxi Driver, nos devuelve a sus raíces de violencia, mafia y humor negro, con unos “Infiltrados” irónicos, escatológicos y hasta hipnotizantes.

Al mejor estilo de Taxi Driver con De Niro, Scorsese aprovecha la majestuosidad actoral de un Jack Nicholson de por sí enfermo, demente, actuando como nunca antes había actuado; incluso, me atrevo a decir que Nicholson impacta más en esta película que como lo hizo en The Shining, de su majestad Stanley Kubrick. Nicholson se devora las actuaciones de un DiCaprio que va mejorando, pero aún le falta, y un Mark Wahlberg que también sorprende, pero no como para llevarse el Oscar a Mejor Actor de Reparto. Más bien, a este servidor, le parece una soberana injusticia que Nicholson no estuviera nominado en este renglón.

La película no sólo muestra de manera cruda una ficción real en la cultura policial de los Estados Unidos. Aunque el guión sea una adaptación, Scorsese aprovecha las miserias mundiales y las coloca con mejor resultado en el ámbito del norte. La fotografía es, sinceramente, increíble, con un juego de contrastes y una pulcritud tal que nos envuelve a todos en sombras. The Departed sería la gran ganadora de este año si no se hubiera presentado la siguiente película. Eso sí, Scorsese este año se hace con el Oscar a Mejor Director. La Academia tendrá un atentado terrorista (ya que esta de moda por este blog) por parte de un servidor si Martin no sale puliendo la cabeza de la estatuilla.


Al final de la torre

Llegar al último piso de una torre muy alto genera una gran satisfacción después de tanto esfuerzo y sudor derramado. Al asomarte por la baranda, la ventana, el balcón o la terraza se puede sentir el olor del mundo, el verdadero, el que mezcla a caucásicos con mestizos, indios con negros, hombres y mujeres, en un solo aroma inconfundible: el de la humanidad.

De igual manera, podemos observar las pequeñas sombras en el horizonte, y cada movimiento a escala que hacen los hombres día tras día. Estar en la cima de una torre, muy alta y bien edificada, es ver al orbe como se ve en Babel.

La tercera película del director mexicano Alejandro González Iñárritu llega como la gran favorita para la noche del 25 de febrero. Ésta, es la parte final de una trilogía Iñárritu – Arriaga que no tendrá más luz en historias posteriores para desgracia de los fans. Babel maneja una estructura “clásica” y rutinaria para la dupla, pero que sigue cautivando más y más seguidores, y que maravilla aún más a quienes seguimos sus pasos desde la primera producción.

Babel tiene una formula de guión mucho más simple que Amores Perros (2000), y 21 grams (2003). Donde cuatro historias se cuentan de manera paralela, y que, a diferencia de la primera de éstas, no se cruzan en ningún momento, si no que maneja como le da la gana el concepto de la teoría del caos. Un hecho acaecido en Marruecos afecta la boda más típica en una ciudadela mexicana colindante con EEUU.

Iñárritu se ha caracterizado por manejar un trabajo actoral diferente, con otro toque que no posee cualquiera. Se entrega por completo a los encuadres y los diálogos. Mantiene la atención del espectador con primeros planos en cámara en mano, silencios largos y miradas que advierten sentimientos.

La historia (o historias) de Babel nos presentan el gran dilema que acarrea la incomunicación. No sólo verbal, si no integral. Un abrazo, un gesto, una sonrisa, una mirada dicen mucho más que un monólogo; y para muestra, el botón de la trama desarrollada en Japón. Que sin hilos ni pegamento se sostiene sola, por una artista oriental que puede llevarse el Oscar a Mejor Actriz de Reparto, y que sin embargo considero como la parte más débil y fatua del guión, pero que es la mejor interpretada.

Globalización es sinónimo de distancia, de no necesitar contacto, de poder influenciar en la vida de otro(s) sin necesidad de estar cerca; y es un fenómeno que nos trae igualdad, cierto, pero, según Babel, la consecuencia más grande puede ser la destrucción de nosotros mismos, en conjunto, pero solitarios al mismo tiempo.

No cabe más nada sobre esta película. Se merece el Oscar. Se va a ganar el Oscar. Lo merece. Lo merecemos todos, por su película universal.

La recomendación de este año es la misma que la del 2006. El cine no existe si nadie lo ve. Así de simple. Cualquier película, buena o mala, no es ni buena ni mala, es distinta y con el mismo derecho a ser vista por aquellos que se les antoje verla. Aquí nadie es experto en cine; mucho menos yo, tan sólo doy mi opinión en base a las tantas veces que vi cada una de las películas nominadas, y que me da la sensación de poder predecir, repito, según mis gustos, de la ganadora el Premio de La Academia a Mejor Película, Este año la decisión es compleja, y cualquiera de ellas (cual Miss Venezuela) pudiera ganar en una noche tan linda como esa.

Gracias al Chamodel114 por el espacio, nuevamente. ¡Hagan cine!... ¡Vayan al cine!



Permuticas para el Domingo 25
Una lista con los posibles ganadores en los renglones más importantes (a ver cuántas pego), la primera opción es la ganadora, la segunda pudiera dar la sorpresa.

  • Mejor Actor: Peter O’Toole / Forest Whitaker.

  • Mejor Actor de Reparto: Djimon Hounsou / Jackie Earle Haley.

  • Mejor Actriz: Helen Mirren / Judi Dench.

  • Mejor Actriz de Reparto: Rindo Kikuchi / Cate Blanchett

  • Mejor Película Animada: Happy Feet.

  • Mejor Dirección de Arte: Pan’s Labyrinth / Dreamgirls

  • Mejor Cinematografía: Children of Men / Pan’s Labyrinth

  • Mejor Director: Martin Scorsese / Alejandro González Iñárritu

  • Mejor Edición: Children of Men / Babel

  • Mejor Película Extranjera: Pan’s Labyrinth / The lives of others

  • Mejor Maquillaje: Pan’s Labyrinth / Apocalypto

  • Mejor Cortometraje: Binta y la gran idea / The saviour

  • Mejor Guión Adaptado: The Departed / Children of Men

  • Mejor Guión Original: Babel / Pan’s Labyrinth

  • Mejor Película: Babel / The Departed

21.2.07

Respuesta Anti terrorista

Ante las múltiples amenazas de algunas terroristas, he decidido responder con:

— Las inverosímiles crónicas del mochilero. Esta vez en su capítulo número veinte.
— Resucitando los Fragmentos Caraqueños. Las fotos las pueden enviar a enlagunlugardecaracas@gmail.com
— Un corto español ganador de Espacio Libre 2006.
— Un texto.

Todo esto porque no tengo la fuerza bélica y el poco cerebro para invadir país alguno. No me quedó otra opción más que ponerme al día con los posts pendientes. Así que acá dejo este 4 en 1 con todos los hierros, vitaminas y minerales.

Por cierto, me he dado cuenta que el pasado 17 de febrero cumplimos un año con el blog, así que felicito a todos los ministros del gabinete que han contribuido con sus buenos oficios para que este espacio siga en pie. También quiero agradecer a mi compañía disquera y mi publicista; sin ustedes no habría sido posible todo esto. Extensivas las felicitaciones a mi mae y a mi pae y a todos los que me conocen. Tampoco quiero dejarlos por fuera a ustedes, manganzon@s todos, por darse una vuelta por acá durante todo este tiempo.

Celebraciones especiales no haremos, porque el blog está muy bebé y gastar plata en eso es un pecado, ya que no lo recordará cuando sea un blog adolescente, con espinillas y mal humor. En su defecto, despotricará de mi y su madre.

El Chamo del 114

P.S. 1: Mamirruqui, un besote en la boca. Tengo ganas de dártelo ya. —con voz de ex convicto re(de)generado.—
P.S. 2: Feliz cumpleaños también a minombre. Le echaré la culpa al rey momo por mi descuido, hermano.
P.S. 3: Para el viernes tendremos los esperados y picantes pronósticos de los Oscar. Por lo menos eso me prometió nuestro brujo de cabecera: Marcos, el iluminado del celuloide.