11.5.08

mala mía

drunking winehouse revival

la la la, la la la

no . no . no .

chasquido, chasquido, chasquido

silencio

chiste

risas. (mías que entendí)

silencio

no, no, no

chasquido, chasquido, chasquido

no, no ,no 

palmas (plac) palmas (plac) palmas (plac)

éste carajo es un intenso. está borracho

nou, nou, no.

i do i do i do

roger moore, i told ya!


Ni mis perfumes ni mis noches

Y pensar que comenzó como cualquiera, como la noche de rubeola. Es que la colección de epitafios fue eterna y la cosa es la querencia. Yo por cualquiera, como he dicho y ella. Hermosa, mi compañera. Otras veces olvidando y yo regresando. Es que las cosas pasan y el escritor está para contar sin ver. Y fue rápido, el principio, porque después llegó el suplicio y el dolor y las llagas de antaño y tú, flaca, que no comprendiste las súplicas detrás del mozo de buenas maneras que no. Y no. Y entonces la vida se va como un suplicio de venganza y sólo se entiende entre carnes y pieles. Rojo vivo. Rojo. Dolor en óleo que no se comprende y si no se aprecia y germinan las alabanzas por usted, maestro. Más allá quedan palabras para el bien y el mal. Expliquemos que el infierno es un verbo. Bienvenido, como el de las buenas ofrendas. Y las noches pasan sin mi, porque son suyas. Madame. Soy yo. Paso adelante y ahora nos toca comprender ¡Bla!

Me encontré solo y apasionado

28.4.08

ocho cosas

La Perfecta me trajo hasta acá. Otro meme. La tarea: enumerar ocho cosas que quieres hacer antes de morir. 

1.- Tener hijos. De varios tamaños y  colores. Pueden ser cinco, aunque es negociable. Procuraré no radicarme en China hasta que estén mayores.
2.- Escribir un buen libro.
3.- Hacer una película de bajo presupuesto que no me dé pena.
4.- Vivir frente a la playa.
5.- Trabajar como voluntario en alguna misión en un sitio inhóspito.
6.- Ir a la final de un Campeonato Mundial de fútbol y a la inauguración de unos Juegos Olímpicos.
7.- Viajar a más sitios de los que pueda recordar.
8.- Tocar la nieve.

En teoría, ahora deberían hacer lo propio ocho blogueros. No llego a tantos. Entonces: Elqueescribe, hijo, Bono, Lamássimpática, +Ari y Flequillo tienen tarea.

24.4.08

Raúl Amundaray


Pasó el momento. Yeneida no te recuerda. Ni nadie. El tiempo te sepultó. Ya no es lo mismo. Nótalo. Date cuenta. Es así. Warhol te maldijo, como lo hizo con la Taylor. Pero ella es la Taylor y tú no. Ahora debes explicarte un poco mejor para que te comprendan. No hay sobreentendidos. Las cosas como son. Sin jugueteos. No tienes tiempo para eso. Ni encanto. Ni nada. Pensaste que podías recuperarlo, pero sólo rehiciste una mala versión de ti. El peo es que pensaste. Y sigues pensando. Soñando de pie. Asume. Reinventa. No insistas con lo mismo que aburres. Da sueño. Pero no respondas, porque se enteran. Albertico Limonta no existió, chamo. Sólo eras tú. Una vez más. 

22.4.08

Textos incompletos

Como algunas cosas no se pueden hacer sin algo de ayuda, decidí llamar al ruso. Para hablarles del ruso, es necesario que antes les cuente cómo lo conocí.

El punto de encuentro era la estación del metro de Sabana Grande. A mediados de los años noventa era el sitio perfecto para adolescentes ociosos en temporadas vacacionales. Yo siempre estaba ahí. Por adolescente y, más aun, por ocioso. La vida de un joven en una ciudad como Caracas está íntimamente ligada a sus amistades y a la calle, que vienen a convertirse en lo mismo. Los amigos y la calle se transforman en definición única que deriva, siempre, en problemas.

Ese encuentro con el reto permanente que representa la inmensidad de una ciudad perpetrada por nosotros hacía que aquellas horas irrigaran sangre con violencia dentro de nuestros cuerpos, cuando corríamos con suerte. Culpa de la televisión o de la falta de identidad, dirían algunos. La verdad nadie tiene la culpa, simplemente las cosas callejón abajo son así.

Vivir de esta manera, retando lo que viniera, poniendo el pecho al sistema que nos tragaba, y nos devoró a la larga, hacía que pasar las noches encerrado dentro de un apartamento valiera la pena. No importaba lo chica de tu habitación, si la compartías con alguien o no. Ese lugar era sólo un sitio cómodo en donde dormir. Luego vendría la calle y ese cuarto con tv era el castigo por lo que estabas por hacer al día siguiente; también tu refugio, porque de seguro en algún momento lo ibas a necesitar.

La ciudad que conocimos entonces -y que nos dio a conocer- era una urbe irreverente. No podría calificarla de ciudad tipo, porque rompía con todos los esquemas citadinos convencionales. Tal vez no era la más populosa, ni la más peligrosa. Tampoco la menos transitada o la de menor extensión. Era indescifrable para nosotros mismos y los teóricos no han logrado atinar. A Caracas nunca le fue bien en materia de estadísticas, nunca resaltó. Lo suyo no era cuantificable. Había que palparla como lo hicimos nosotros entonces. Desde sus entrañas, sin saberlo.

Descubrimos que en este valle se esconde maldad disfrazada tras la fama de ciudad afable. Caracas por dentro está llena de injusticias, de desequilibrios que en su momento logramos asimilar, pero no para bien, sino para seguir fermentando la descomposición de una ciudad de post guerra en un país que ha vivido por décadas en "paz". Caracas no es el Ávila, ni la cuna de nadie. Es el epicentro del mundo, nuestro, que no se cansaba de dar bofetadas para que asimilaras la realidad más allá del estómago a medio llenar.

Fue acá donde nos criamos, nos hicimos prepotentes y renegamos de todo. En esta ciudad aprendimos que las bombas caían y no explotaban, así que perdimos el miedo. No nos asustan los índices delictivos, no tenemos miedo a los muertos. Nos acostumbramos a ello y ahora son sólo cifras que venden una fama bien habida, pero llena de hechos parciales. La ciudad que no está en las páginas de sucesos está repleta de pasión, pero los editores no comprenden de eso. Pobres. Encerrados en frías oficinas, vistiendo trajes helados, hablando de esto y de lo otro, diciendo que saben, cuando no tienen idea. Acá se ama, y mucho, pero a nuestra manera que, por parecer irracional, pasa por punto ciego. “Vivo en Caracas” es una frase compleja, señores.

Las llagas dejaron cicatrices y sólo así comprendimos que todos es cuestión de azar y nuestra suerte es infinita. Acá, más allá de las fallas de suelo, no tiembla. Si pasa, no nos preocupamos hasta ese día. Problema, resolvemos. A medias, o a fondo, eso queda en cada uno. Es la dinámica social que impone la jungla y que todos hemos aceptado. Firmamos y no leímos las letras pequeñas. Nunca nos interesó leer.

Entonces, en los años que descubrimos todo, nos movíamos entrañas adentro. El metro es seguro, reconfortante. La gente, la masa, se comporta distinto allá abajo. Pareciera que el infierno está arriba y dentro de la tierra reina la cordura y la decencia. Es una de esas contradicciones caraqueñas que no se pueden entender. Parte de la doble moral que te obliga a estudiar con las monjas sabiendo que te graduarás un poco más pervertida, niña. No es algo que esté bien o mal. Simplemente existe, acá, en el trópico. Siempre me encantó pensar que todo era culpa del trópico. Entiendo que es nuestro encanto genético. Una savia espesa que transpiras.

Esa mañana subí por las escaleras mecánicas. Lentamente, a su ritmo, iba ascendiendo hacia la luz que me encandilaba. Ese resplandor del que otros escapaban. La adrenalina se apoderaba de mi. Esa sensación nunca la olvidaré. Siempre tengo latente ese vacío en el estómago, el vértigo que me producía salir a ras de suelo, esa incomodidad en el esternón que con el tiempo no sentí más, pero tengo muy fresca en la memoria.

Aquella vez había llovido, como de costumbre esos meses. El agua se acumulaba en los desniveles del asfalto. Habían charcos colocados aquí y allá. Estaban por todos lados. Siempre los pisaba fuerte para salpicar. Irritaba a los que notaban mi estupidez. Aprendí a no tomarlos en cuenta. Las tiendas varias a cada lado del boulevard estaban abiertas y había mucha gente caminando en sentido a Plaza Venezuela. Cuando veía la tromba venir hacia mi, los embestía. Idiota me decían. Así me sentía, pero las terribles ganas de arrollar a los anónimos se apoderaba de mi diminuta humanidad. Necesitaba hacerles daño, molestarles y que notarán que estaba ahí. ¡La tuya! Y a reir, idiotas.

Usaba franela de Metallica, o de Nirvana, o de Gun´s, o la que fuera. Era el ritual más estúpido entonces. No. Hice cosas peores. Mi madre habría pagado fortunas que desposeía para que mi idiotez más grande fuera tener a Cobain en el pecho. Mis franelas siempre estaban tan desgastadas como mis jeans, mis únicos pantalones, los que recuerdo y siempre usaba. Roídos, no por la moda del momento, sino por el uso excesivo. Mi descuido al vestir era reflejo de mi filosofía de vida. Igual que aquel tatuaje rudimentario que nos hicimos con tinta china, una aguja caliente y poca destreza. O las laceraciones en los brazos producto de los cigarros que apagábamos en la piel y consumían de a poco la dermis, la epidermis y dejaban ampollas agradables en los brazos. No importaba el mañana, porque la desesperanza era total. Con 16 años de edad se es inmortal y se vive como tal.

No era de los que tocaba guitarra, pero nunca fue problema para mi hablar de música, jugar y ganar en las maquinitas de Chacaíto y fumar aquellos Fortuna, cigarrillos económicos que comprábamos junto a los obreros de turno. Todas estas banalidades eran tan sólo nuestra forma de mantenernos a raya de la verdadera pasión en aquellos años convulsos de ciudad. Antes, hablemos del ruso.

Papelera a rebosar

Escribir. Borrar. Comenzar de nuevo. Borrar otra vez. Publicar con temor. Volver a escribir. Que todo se vaya al carajo ¿De qué vas? No lo sé. Inténtalo. En eso estoy. Se me hace difícil. Escribir.

No me gusta nada de lo que escribo. No me siento orgulloso de eso, ni de esto. Quiero experimentar, pero se me hace jodido. Tal vez es una etapa que debo superar para llegar a algún lado, pero no soporto engendrar a un mal querido. Hay que practicar y no temo, pero me estoy cansando. Tengo mil historias en la cabeza, mil cosas que quiero contarte, pero no hallo la manera de llegar. Es complicado complacerme en estos momentos y tú debes padecerlo. Poco importa la mujer que caminaba de espaldas vendiendo suerte a extraños si no puedo lograr que la sientas. De nada vale el olor bondadoso de su cuello erizado por mis roces si no logro que lo vivas. No te puedo hacer reír, porque adeudo una sonrisa. Nada bueno sale en estos días, pero quiero revertirlo y no sé cómo empezar. Cosas del aprendiz que no aprende. Qué se le va a hacer.


Anamorphic love sense

There’s no shape. Not at all. Some times it could be hard to describe. Most of the time there’s no reason to. It just happens. Now, you have to deal with it, like a big thing, a huge monster that lives inside of you triying to get out. You don’t have any chance. That’s the best thing.
Talking about it doesn’t make you feel better, no. So, don’t talk. No one word. Just keep the silence, feel, touch the time with your hands and reach the holly.


Pendejo, regálame tu tiempo

La realidad es una vaina seria. No es que quiera comenzar con una charla barata de filosofía barata. Es que la realidad es una vaina bien seria. Comenzando por el hecho de que cada quien construye eso que defiende como realidad, sin saber que es apenas su realidad. Por lo tanto, vivimos inmersos en una fantasía, nuestra fantasía, que crea algo que llamamos realidad, que en realidad, es sólo mi realidad, tuya o de él.

A ver. Sólo tú has vivido las experiencias tuyas, que son las que se acumulan a lo largo de tu historial muy tuyo. Estas experiencias, tuyas, son las que construyen ese background que te ayuda, o no, a construir tu realidad. Ahora, es imposible que el jugo de melón que pediste en aquel almuerzo te sepa igual que el jugo de melón que pedí yo ese mismo día, aunque puedes jurar que así es, porque te niegas a aceptar que tu realidad no es la realidad de otros.

Imponer tu realidad a otros es pretender borrar a aquellos de un coñazo cósmico. Primero, es imposible y, por otra parte, es muy pretensioso de tu parte ya que, para mi –obviamente- eres un pobre pendejo, aunque para ti seas el centro del universo, tu universo. Entendiendo las cosas de esta manera, este texto te puede parecer la peor basura que nadie jamás escribió. Es cierto, para ti. Pero en otra realidad, la mía, es una excusa perfecta para no perder el hábito, jugar con tu tiempo y ejercitar unas manos que parecían entumecidas ya.

Ah, y también sirve para decirte pendejo en tu cara, desde acá.

9.4.08

Yeneida, mon amour


Hablar de ti, Yeneida, es hablar de la playa limpiecita donde nos conocimos. De caracoles rotos y mucha arena marrón. Te recuerdo tumbadita de espaldas sobre esta toalla grandota estampada con motivos de cierto dibujo animado. Qué toalla más fea, Yeneida. Qué diferente es éste pedazo de trapo a ti. Tan distintas, y tú tan consciente de eso. Con qué elegancia yacías ahí, ebria hasta más no poder, con tu pecho desvergonzado ocultando las deformidades de la toalla insípida. Con el sol dando de lleno en ti y tu piel blanquita, indefensa, expuesta a los designios inclementes del catire. Te aliaste con las nubes, que de vez en cuando te liberaban del fuego. Tu torso, rojo, en carne viva, agradecía el favor. Hablo de ti, de mi soledad, de ese instante, del jueves santo, de Chirimena abarrotada, con sus casas de salitre, las calles recién asfaltadas, de los cuatro litros de guarapa de parchita que bebiste –tu favorita, imagino- y recuerdo a los niños. Todos los carajitos del mundo corrían a tu alrededor, jugando como es de suponer, hacían lo imposible por no tropezar contigo. La infancia y sus destrezas. Vaya que eran hábiles aquellos chiquillos. Tus enormes dimensiones, fabulosas, detenían cualquier andar. Alguno salpicó un poco de arena sobre tu cóccix tatuado. Confieso que en ese momento maldije aquel tatuaje que nunca logré comprender a la distancia. Una tonelada de arena no era suficiente para tapar esa mancha de tinta que adornaba tu espalda baja, tu hermosa espalda baja. Nunca te diste cuenta. Tentado por tu inconsciencia, pensé en llegar y sacudir un poco el sábulo sobre tu torso, pero comenzaste a balbucear. No entendí lo que decías, pero imaginé mil cosas hermosas, la vida en esas frases, la grandeza de un campo de olivos. Me aproximé a ti. Me acerqué para entenderte y vi burbujitas de saliva densa salir de la comisura de tus labios resecos, quebrados y pálidos; terrible placer. Luego un eructo. Otro. Y percibí el aroma de tu aliento, de tu bilis, de parchitas añejas de nuestra tierra. Una densa mezcolanza que penetró mi paladar y procuró que la boca de mi estómago se estremeciera con arcadas. Pasión. No podía ser otra cosa. Sentí tu alma dentro de mi, Yeneida. Intenté levantarte. Tenía que llevarte conmigo, pero la tragedia se hizo presente en la figura de tu marido. Fue él quien pronunció tu nombre. Aquel infame develó tu identidad para mi. Yeneida. Me agradeció el gesto. No hay nada que agradecer. Y te llevó. De a poco tu asimétrica figura se iba alejando de mi, apoyada de aquel villano, dando tumbos, tropezando a los niños que antes te esquivaron. Detenías el paso para recobrar el aliento, tu aliento, el que compartiste conmigo, para ir dejándome atrás, solo de nuevo, en compañía de ésta terrible toalla que guardo como tu único recuerdo palpable, Yeneida, mon amour.

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6.3.08

Un viaje a Buenos Aires

No sé; la verdad es que sí. Éstas palabras, definitivamente, vienen influenciadas directamente por Bolaño y sus Detectives Salvajes. A modo de plagio usaré la vetusta costumbre de llevar un diario, mi primer diario. Que emoción. En principio, esto viene a ser parte de una lucha interna en contra de mi jodida memoria. He comenzado a olvidar. Es así. Lo prudente: tomar nota de estos días en Buenos Aires.

20 de febrero

Me pregunto qué demonios me impulsó a tomar este viaje. No es que me arrepienta a priori (¿o sí?), simplemente no hay una verdadera razón. Impulsivamente compré el pasaje hace un par de meses. Hasta este punto, cuando espero por el avión, nunca me puse a reflexionar seriamente si había tomado una buena decisión.
El viaje lo haré con Daniel Mariani y Pablo Amair. Ambos, compañeros de clases en la Escuela de Comunicación Social. Daniel se acaba de graduar. Pablo defendió hace pocos días la tesis y su acto de grado es en julio. A mi todavía me falta un año. Entre otras cosas, me reprocho no estar montado en terminar la carrera. Hacer el anteproyecto de tesis en estos días habría sido una buena opción. Esa es otra historia, ahora me espera un vuelo directo de poco más de siete horas.
La verdad es que estos últimos días han sido frenéticos. Se suponía que partíamos el lunes 18 de febrero. Aerolíneas Argentinas nos cambió en tres oportunidades el itinerario. Creo tener todo listo. Como es costumbre en mi, hice las maletas a último minuto. Creo que no se me queda nada. Pablo me viene a buscar a la casa después de la medianoche. El vuelo parte a las seis de la mañana, pero ya no nos fiamos. Queremos estar con tiempo en el aeropuerto. Bajaremos hasta Maiquetía en un taxi que pasa por casa de Pablo, el punto de encuentro, a las dos de la madrugada.

21 de febrero

Al fin llegamos a Buenos Aires. El viaje fue eterno. Antes, cuando bajábamos en el taxi al aeropuerto desde Caracas, creo que apenas cruzamos alguna palabra entre nosotros. Todos íbamos muy callados. Sólo hablamos un par de veces, muy brevemente, de ítems aislados, sin relación evidente. Hubo algún incidente gracioso con la calefacción de mi asiento. Reímos por un instante y luego volvimos a callar. Estando en el terminal fuimos al área de chequeo. Habían apenas unas tres familias por delante de nosotros. Me preocupó. Pensé que la aerolínea había avisado a los demás que el vuelo estaba suspendido nuevamente. Cosas mías, porque pasada una hora comenzaron a llegar progresivamente el resto de los pasajeros. El vuelo estaba pautado para despegar a las seis de la mañana. A las ocho estábamos abordando. Antes, compramos algunas cosas en el duty free. No desaproveché la oportunidad para comprar un par de botellas de ron. Minutos antes de abordar el avión, Daniel me llevó hasta una pequeña librería que, extrañamente, estaba ubicada en la puerta de embarque. Ahí seguro encuentras el libro de Bolaño. Le había comentado que lo había bajado de internet y de cómo leerlo desde la computadora me había estado jodiendo la vista. Al entrar lo primero que vi fue una recopilación de poemas de Bukowski. En la contratapa se leía algo como: “… del gran escritor norteamericano, subestimado por su debilidad hacia el alcohol…” Qué pendejada, pensé. Preguntamos por Los Detectives Salvajes de Bolaño. Cuesta cinco bolívares. No lo pude creer y me eché a reír con Daniel ante esa ganga. No aceptaban tarjeta de crédito, así que sólo me alcanzó para Bolaños. Mi efectivo estaba recortado después de un instante en el duty free. A Bukowski lo dejaré para después. Mientras tanto, Pablo trataba de dormir un poco en la sala de espera de la última puerta de embarque del aeropuerto Simón Bolívar. La veintitantos. Todos estábamos hechos mierda y aun no abordábamos el avión. Una vez ahí, tuvimos suerte. No iba lleno. Cada uno pudo tomar dos asientos. La comida estuvo mal, el café terrible, la película parecía insípida, pero Daniel reía con ella. Según me contó era graciosa y entretenida. El monitor estaba muy lejos de mi asiento y mi astigmatismo me ayudó -¿?- a no verla. Durante el vuelo no dejé de pensar en desastres, que el avión caería y vi mi cuerpo aderezando el verde amazónico. Carne irreconocible. Cuando estoy aburrido me da por imaginar tragedias. Sentí miedo. Según el mapa íbamos sobre Bolivia. Me quedé dormido unos minutos; al despertar Pablo me contó que se había mareado. Algo le había sentado mal. Tal vez las arepas que comimos apresurados en el terminal. – A mi me fue de maravilla con ellas-. Aterrizamos en Ezeiza. Al fin en nuestro destino. Pablo nos pidió que esperáramos a que todo el mundo desembarcara la nave. Se veía pálido. Esperamos. Se le dificultaba bajar del avión. Esperamos un poco más. Una de las aeromozas nos brindó atención. Tenía unas tetas enormes, naturales, gloriosas. Durante el viaje la vi un par de veces. Esperaba que me devolviera la mirada. Nunca me notó. Luego de unos minutos bajamos del avión y fuimos a una sala esperando a que Pablo recobrara fuerzas. En inmigración había un poco de cola. Amair se sentó en el piso, intentando recobrar fuerzas. Unos turistas brasileros que estaban en la cola lo veían asombrados y se reían. Estos pendejos nunca vieron a nadie sentarse en el piso, pensé. Un remis –así le dicen acá a los taxis que tienen tarifas predefinidas- nos estaba esperando. En eso había quedado Daniel con Isabel, una amiga suya que vive en Buenos Aires desde hace tres años. El remisero no estaba en el punto acordado. Esperamos, llamamos, pagamos y bebimos un agua costosísima. Esperamos por mucho rato más, salíamos del lobby del terminal y no habían rastros de nuestro chofer designado. Amair decía sentirse un poco mejor. Yo me fui a dar una vuelta. Me topé con el taxista. Estaba en el Terminal A, nosotros en el B. Montamos su Citroen amarillo con negro y enfilamos directo al microcentro. El taxista, hincha de River, nos dijo que una golondrina no hace verano, en referencia a nuestros comentarios sobre la derrota que sufriera su equipo en manos del Caracas en la Libertadores del año anterior. Pasamos por los terrenos hermosos de Ezeiza y unos tres peajes, legado del negro Menem, nos iban acompañando a lo largo del rcorrido por la autopista. Fuimos al hostal “El Patio”, en la avenida Entre Ríos, justo entre México y Venezuela, las calles; muy cerca de Congreso. Típico hostal de estudiantes. Cargamos el pesado equipaje por unas infinitas escaleras hasta el primer piso. Pedimos una habitación con baño privado. Otra vez nos salió costosa la gracia. Era hora de comer algo.



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19.2.08

Dos años después

“Escribo para que me quieran más mis amigos”
Gabriel García Márquez

De aquel día recuerdo que era domingo. Recuerdo también que me senté como autómata frente al computador y empecé a escribir. Cualquier vaina. No tenía una idea clara de qué iba todo esto. La interfaz de blogger no era tan amigable como hoy. Duré toda la tarde tratando de dar forma a algo que sigue tan intangible como entonces, víctima de la resaca y de las ganas de contar alguna historia. El ron iluminó el camino para comprender de qué iba el código html. Gracias a él –al ron, reitero- por todos los favores recibidos y por venir.

Aprovecho la oportunidad para agradecer a los que han llegado a este lugar por cosas del azar. Un saludo especial a los que escriben “chicas prepago” en google y caen acá desesperanzados; sigan buscando. El amor está en el aire. Pero para quienes de verdad van estás palabras, y todas las que acá se cuelgan, es para mis amigos, los entrañables e imprescindibles. A los que han colaborado con este espacio, a los que leen los textos y los que comentan; también a los que nunca han pasado por acá o no pretenden regresar. Para todos ustedes. Gracias por dedicar algo de su tiempo, por reclamar y ayudarme a cultivar un hábito jodido de llevar. Para ser sincero el fin último de estar acá es poder compartir con ustedes un rato. Nunca tuve miedo de escribir, porque siempre me sentí entre amigos. Gracias.

Acá, en una de revival, aquel primer día:



Tributo a los Beatles


Anoche soñé algo terrible. Ya no quedaba ningún Beatle vivo. No recuerdo como habían muerto Paul y Ringo, pero sé que fue algo muy tonto. Nada de enfermedades trágicas, mucho menos exisitó algún fanático demente que disparara a quemarropa. Murieron y ya. Casi simultaneamente.
Cuando me levanté, inmediatamente imaginé el desastre en Liverpool. Millones de fanáticos llenarían en instantes todas las calles. La gente lloraría desconsolada. Se moriría junto a los Beatles una generación completa. Una forma de ver al mundo. Pensé que ya deberían estar en marcha los preparativos para increibles conciertos simultáneos en todos los continentes. Mick Jagger versionaría A hard day´s night desde Londres, mientras Bono se luciría con Strawberry Fields Forever en Ciudad del Cabo.
Luego de unos instantes, se me ocurrió prender la G4 para buscar noticias sobre el suceso en google. No quería perderme nada.
En ese momento pensé lo genial que sería estar en Liverpool. “Lástima que soy un pelabola”, pensé.

Cuando comencé a teclear en la barra de búsqueda algo como: “muerte ringo paul beatles”, caí en cuenta de que todo era un sueño. ¡Qué cara de pendejo puse! Mi nivel de conciencia llegó a un punto razonable y adecuado. Es que después de beber como lo hice la noche anterior, como mínimo me sentía aturdido. ¡Todavía nos quedan un par de beatles!
Abrí el Itunes y puse a sonar a todo volumen Lucy in the sky with diamonds. Fui a tomarme un Benadón. Me sentía feliz. Y así canté.



Recomendaciones de hoy:
El blog: Los cuatro - El sitio: Página oficial de los Beatles - La peli: A Hard Day's night, dirigida por Richard Lester - El trago: Beatles cocktail (es el #23) - La ñapa: Letras de las canciones de los Beatles
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¿Por qué diablos no?



Pasar horas enteras frente al computador no es ningún esfuerzo para mi. De hecho, el tiempo vuela mientras estoy frente a mi eMac. Puede que pertenezca a ese enorme grupo de geeks que no se sienten cómodos si no han revisado su correo, por lo menos, un par de veces al día. Ese mismo grupo que no encuentra nada interesante de qué hablar con el 60% de los contactos que tiene en el messenger, porque ya los encuentra aburridos y monótonos. Tanto, que se van pareciendo a esos colegas que uno no soporta más por culpa del hastío infernal que emanan.

Pues, hoy decidí que dejaré de ser el usuario pasivo de internet. Ya basta de tragar todos los contenidos que ofrece la red sin que me dé chance de masticar. Es el momento correcto para dejar a un lado mi comodidad y ponerme a escribir. A crear.

Las pretensiones de un blog como este, que nace producto de una resaca, sin un rumbo bien defindo, sin orientación ideológica clara y sin un administrador experto, no puden ser más que las de no morir de inanición.
Veremos qué pasa con el tiempo. Tal vez muy pronto pueda llegar a pertenecer al enorme grupo de geeks que no se sienten cómodos si no han publicado -por lo menos- su post del día.

Amanecerá en Caracas, después veremos.

©Fotografía de Manuel Rodríguez



Recomendaciones de hoy:


El blog: Puntoini.net - El sitio: Qué vida más triste! - La peli: The science of sleep, dirigida por Michel Gondry - El trago: Long Island Iced Tea - La ñapa: Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol


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10.2.08

Entre letra y letra

Yo te dejo

Mis ganas de partir, lo que olvidé de abajo, un tema incluso como tantas cosas. Un millón de ideas que son ideas y sólo eso. Un mundo mejor que ya ni se entera. Una tonelada de cenizas con sus noches y algún chiste malo. Algo de azúcar para el café amargo y una de mil lunas en vela esperando ese terremoto. Un poco de miedo escénico que se confunde con unas copas de más. A mis muertos que son tuyos y la ropa regada en la esquina, con mis ganas de ser; tuyo eso es todo. El dolor del fuego y las casas que se encuentran enterradas más allá del tiempo que llevo en vida, como queriendo decir lo que digo entre letra y letra. Un acertijo que es juego y no tanto, con grama mojada por montones y un solar despreocupado. Esa foto escondida y que busco dormido, alguna almohada perdida y un carnaval de abrazos. La sonrisa de un niño que descubre y todo aquello que creía saldado. Te regalo apenas cien años de vida. Un futuro a la suerte, la bebida del día. El azul, la bañera, mis manos, la brisa. Unas palabras, lo que soy, fui, serás y nada más.

Yo me quejo

Sólo de eso, y serás, cuando fui siendo lo que soy, de esas palabras. Del aire que golpea, unos dedos interminables, lo aburrido del baño y el terrible color. De beber cada día, de dejarlo a la suerte. Por lo breve de la vida. Son las deudas y el errar para aprender. El afecto que miente, encontrar, el insomnio y guardarte a los lejos. El terreno vacío, mojarme los pies, que no entiendas los juegos. Del dolor del fuego y las casas que se encuentran enterradas más allá del tiempo que llevo en vida, como queriendo decir lo que digo entre letra y letra. Todo lo odio; no poder ser, el desorden, recordarles. La falta de aplomo. La angustia de la espera y la mentira del dulce. No hacerte reír y el sabor de la noche cuando amanece. Un mundo que no comprende. Sólo de eso y de soñar despierto. No terminar, lo que olvidé y mis ganas de partir.

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7.2.08

Jurungando mi Itunes


Joaquín Sabina

En una de esas noches entrañables volví a escuchar a Sabina. Estaba bien acompañado, como es menester. Noté que por primera vez le escuchaba en un bar. Nunca antes me había topado con él en esas circunstancias, lo que en el momento me pareció bastante extraño, contra natura me puse a pensar. Regresé varias páginas y traté de recordar. Mi primer encuentro con Sabina fue más bien fortuito, como pasa cuando te topas con una buena noticia, como pasó en aquella última noche que ya había mencionado. Fue hace algunos años, en plena adolescencia, mía que no de Sabina. Desde entonces me pareció un gran tipo. Fueron buenos años. Años de Sabina, Milanés, Charlie y Silvio. Buenos recuerdos.

Supe que algunos años después de sortear con fortuna un infarto cerebral, publicó su disco 18, Alivio de luto (2005). Supe también que estuvo de gira hace poco con el bueno de Serrat. Por ahí encontré una entrevista para la televisión que le hiciera Jaime Bayly. Creo que no tiene desperdicio alguno [parte1][2][3][4][5][6[7][...y 8]

Se me hace difícil escribir sobre un tipo por el que siento tanta empatía. No sería honesto conmigo. Acá cuelgo el video de 19 días y 500 noches (1999). ¡Salud!




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30.1.08

Crónicas de un mochilero XXVIII


Brujas y mis descuidos


Breve recordatorio del viaje hasta este punto, para lectores con poca memoria y el narrador que olvida:
Nuestro temerario héroe había llegado, sin planearlo, a Brujas en Bélgica. Cuestiones del azar y otras hierbas. Recordar es vivir [link]

Llegar a Brujas de esta manera me hacía sentir confiado. Poco importaba ya el itinerario que me había planteado una y mil veces en Caracas. La falta de comodidad hogareña le hacía bien a mi espíritu. Tenerlo todo planeado podía tornar la travesía en algo tedioso, por lo menos eso pensé estando ahí parado en el vetusto hangar. Eso sí, tampoco la cosa iba siempre de improvisar. Tomé una guía de hostales que llevaba conmigo y comencé a buscar albergue. Según esto, el más próximo estaba a unos dos kilómetros de la estación central. Ahí mismo, pues. La verdad, la mochila se me hacía pesada y, a pesar de estar a unos 15 minutos a pie, me decidí por usar el transporte público. Podía acercarme en autobús. Tenía que montarme en el número dos y bajar en la tercera parada. Hasta acá todo bien.

El conductor del autobús se mostró bastante amable conmigo. No hablaba inglés, pero hicimos rápida empatía gracias al lenguaje de señas. Eso pensé. Estoy seguro que él también. En todo momento se mostró dispuesto a ayudar. Lo cierto, las señas no resultaron tan universales como pensaba. Lo noté cuando me tocó bajar y darme cuenta minutos después, mapa en mano, que me había dejado a unos siete kilómetros del hostal. Era mi culpa por confiar en las señas y no percatarme que había abordado el bus número tres. ¡Era el dos, pendejo! Me toca caminar, pensé, y sin buscar otra alternativa emprendí el recorrido.

Muy a pesar del verano y de la pesada mochila y de mis pocas habilidades atléticas, el recorrido se me hizo, en retrospectiva, imprescindible. Recordé lo que había aprendido: al caminar se conoce a fondo la ciudad, se disfruta y se llega hasta el punto de sentir pertenencia por aquel lugar. En poco menos de una hora decidí que quería que mis hijos crecieran en una ciudad así. Brujas opacó mis recuerdos parisinos por un instante y la encontré perfecta, tranquila, amable. Muchos puentes componen esta ciudad de casas con techos a dos aguas y ciclistas por doquier. Con cada cuadra recorrida ya iría olvidando todo lo demás para embelezarme con la oportunidad que mi descuido me había dado. Fue el azar, una vez más, pero no el último descuido.

Sin darme cuenta había llegado al hostal, Albergue Europa, un sitio enorme. La pequeña entrada que da a la calle Baron Ruzettelaan, oculta las dimensiones del lugar. El hostal más grande que había visitado, sin dudas. A modo de bienvenida me topé con una plazoleta redonda en la entrada, adornada por flores que se me asemejaban a tulipanes amarillos y rojos, y noté que las paredes estaban revestidas por pequeños ladrillos muy marrones. Parecía uno de esos grandes colegios salesianos. Me acerqué agotado hasta la puerta. Estaba cerrada. Un letrero avisaba que los domingos abrían después de las catorce. En la guía se señalaba claramente el horario, pero una vez más no me percaté. Tendría que esperar. Puse la mochila en el suelo y fue entonces cuando escuché hacia mi costado izquierdo lo que parecía una trompeta terriblemente desafinada.



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14.1.08

Sigo tomando ron


Antes de salir llené la mochila de recuerdos y paisajes. Lo único que poseo y siempre me acompañó. En el bolsillo llevo algo de cambio y trozos de lo que en vida fue un panfleto que invitaba a aprender a hablar francés gracias a las novedosas técnicas del profesor tal, respaldadas por acuciosos testimonios de anónimos satisfechos. Según leí, en su momento, la cosa era fácil. Caminando calle abajo, por la acera como corresponde, me topé con la mujer que me veía a lo lejos en aquel vagón de metro que, atiborrado de gente, se me hizo el lugar más cómodo de toda Caracas. Ahora ella entonaba para si una canción ridícula que aprendió en una visita al Museo de los Niños años atrás. Yo no lo sabía, pero lo deduje por la expresión de su rostro. Estaba ida, tal vez trasvolándose hasta el museo y más atrás. “Qué loca”, pensé y seguí mi rumbo; recordando el episodio, maldije al desconocido que escogió aquel momento sublime en que nuestras miradas se encontraban en el subterráneo para liberar flatulencias reprimidas por minutos. Ese olor se hizo presente, de nuevo, y, como entonces, tuve que aguantar la respiración. No paré mi rumbo porque hace rato me estaban esperando y, como es normal en el Caribe, ya iba tarde.

Desperté desorientado. Hacía mucho calor y me encontraba en una cama que no era la mía. A mi lado estaba una chica que tampoco me pertenecía. Por lo menos no la recordaba así. Ella me abrazaba y seguía durmiendo. Roncaba. Tal vez eso fue lo que me levantó. O fue el calor. Quizá el dolor de cabeza. Sin saber por qué, de manera instintiva, acaricié sus cabellos. Palpé su rostro como buscando otras formas de reconocerla, tratando de indagar cómo había terminado a su lado, en aquella habitación decorada con motivos infantiles. Ella no paraba de roncar. Tantos peluches ridículos puestos en una repisa llamaron mi atención. Estuve intranquilo, como alguna vez. Me asusté. Estaba a punto de desesperarme. “¡Qué carajo hice!”. Me di un segundo. La vi bien. Definitivamente no era ninguna niña. Sentí alivio. Tal vez era la mamá de alguien. No me quiero enterar. Desorientado, decidí que era momento de irme. Con cuidado la aparté de mi lado, la arropé y me quedé un rato a su lado tratando de descifrar su identidad. Nunca la había visto, por lo menos eso pensaba. Tomé mis cosas, me vestí y salí con cuidado de aquel cuarto. Estaba en un apartamento que parecía de clase media. No había nadie. Fui a la nevera, comí algo de cereal con leche fría y lavé los platos. Luego, noté que mi mochila estaba tirada en el piso.

Mi primer día fuera comenzó tarde. Después del papeleo de rigor, firmar varias copias y estampar la huella de mis dedos índice y pulgar, tuve que esperar a un fulano que tenía que autorizar mi salida. Al llegar no me saludó. “Mañana debes presentarte temprano en tribunales. Ahora vete”, y me dio la mochila con mis cosas. Salí apresurado de aquel sitio. Cada segundo ahí me parecía eterno. Se abrió la última puerta. Afuera había luz y se podía respirar. Tomé una larga bocanada de aire. El aroma se sentía tan distinto, tan transparente, tibio. No aguanté y vomité repugnado. Me había acostumbrado a la mierda. Entre lágrimas vomité una vez más. Noté que había un letrero en donde se leía: “Bienvenidos”. Hijos de puta. Necesitaba reencontrarme con la vida. No pensé en otro lugar más apropiado y me enfilé hasta el bar de siempre. Ahí el tiempo parecía haberse detenido. Justo lo que necesitaba. Todo estaba igual. La misma decoración. La misma gente que se acercaba de a poco hasta abarrotar el lugar. Muchas mujeres irían llegando hasta el bar, llenas de historias. Todos ahí buscábamos escapar de algo y así nos entregábamos de lleno al alcohol confiando en su poder terapéutico. En ese sitio me sentí reconfortado, por primera vez en mucho tiempo. Trabajaban los mismos empleados de antaño. “Viejo, guarda esta mochila y me la das cuando me vaya. Hoy quiero beber en cantidad. Lo necesito”, le dije al mesonero. Él, complaciente como antes, me recordó. No preguntó por mi ausencia. “¿Te sirvo lo mismo de siempre?”, indagó. Correcto. Sigo tomando ron.


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Recomendaciones de hoy:
El blog: Diario de un preso - El sitio: Mazzinia - La peli: Le Scaphandre et le papillion, dirigida por Julian Schnabel - El trago: Ron con Ron - La Ñapa: Murió AGL

4.1.08

Una chiva, una burra negra, una yegua blanca, una buena suegra


Año nuevo, vida nueva, dice la canción. Un nuevo ciclo temporal siempre es buen pretexto para implantarnos nuevos retos, cumplir con deberes que han quedado a medias o simplemente evaluar el récord de vida. A mi, a modo de penitencia, me da por hacer un recuento de lo que hice o dejé de hacer en el año que inmediatamente acaba de terminar. La evaluación de 2007 es agridulce. Como dice un buen amigo al referirse a una película: “fue de esas buenas/malas que no puedes dejar de ver”. Así fue el 2007, como una película de Steve Martin.

No me gusta ser ingrato, mucho menos conmigo mismo, pero el año pasado la cagué varias veces. Yo, que me caracterizo por mi eterna amabilidad para con la viejitas, confieso que últimamente no he tomado decisiones muy sabias ¡Quién lo diría! Con el paso de los años me esmero en ser más torpe. Sin querer, por instinto, acelero cuando está en rojo. Me la estoy comiendo. Coñazo. Choco de frente contra los eternos amigos de la policía de tránsito. Trato de arreglarlo a la vieja usanza ¿Me está sobornando? No, nunca sería capaz. ¿Y esos billetes? Son una ofrenda. Una ofensa, querrá decir. No me diga que ustedes son los incorruptibles. Sí, señor, medalla de plata de la delegación ¡Maldita sea! No diga esas palabras. ¿A quién le dan la de oro en su delegación, entonces? A los corruptos. Típico. Acompáñenos a la jefatura. Típico. Móntese en la patrulla. Okey, ¿pero puedo hacer una llamada? Si tiene saldo ¡Mierda! Cuidado con las palabras, señor. Creo que esa se puede decir. Creo que tiene razón ¡No te metas en esto, Pacheco! No puede ser que me salgan con lo de policía bueno-policía malo. No somos exactamente policías. Lo que falta es que me lean mis derechos, a lo gringou polís. ¿Cuáles derechos? Nada, sólo imaginaba en voz alta. Ahora que lo menciona, se imagina qué pasaría si a un gandolero se le aparece la sayona en pleno Siglo XXI. La sayona no existe, Pacheco ¡Coño, no, mejor me llevan preso de una vez! En realidad no pensábamos hacerlo ¿Entonces qué? ¿Qué de qué? ¡No me jodan! Jodido está, tiene aliento etílico. ¿Me creen si digo que era un caramelo de anís? Esos caramelos ya no existen. ¡Coño, me agarraron! Hace rato. Móntate que hoy te sale calabozo. Será.

Pues sí. Tomé malas decisiones, me fui por caminos irregulares, no insistí, jodí en momentos inapropiados, tuve poca paciencia y mentí cuando no debía. Todo derivó en que, a pesar de la buena fortuna momentánea, mi año no fuera de esos que uno recuerda toda la vida. Este año me hice la promesa solemne de cambiar. Me prometí mil veces evitar malos hábitos y comenzar desde cero ¡Éste es mi año! No habrá fiscal alguno que pueda evitarlo. Lo juro, así como lo hice el año pasado.

Aclaratoria:
Los caramelos de anís siguen a la venta.



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Recomendaciones de hoy:
El blog:
Jubileo de Lourdes 2008 - El sitio: 2008 - La peli: No Country for Old Men, dirigida por Ethan y Joel Cohen - El trago: Corona michelada - La Ñapa: Habló Hermes

9.12.07

Jurungando mi Itunes


Y regresa la sección menos polémica del año, empujada por vientos de ventilador promedio. Esta vez, más comercial que nunca.

Amy Winehouse

Confieso que llegué a esta británica gracias a los chismes de su vida personal. Que si es anoréxica, bulímica, alcohólica, drogadicta y violenta. Todo un sol, pensé. Luego la vi en fotos, con tatuajes en los brazos y el pecho, diva impresentable, usando un piercing que asemeja el lunar de la Crawford y me gustó. Me puse a leer un poco más y encontré que había sido diagnosticada como maniaco depresiva ¡Gran vaina! Ella no agradece los premios que recibe y es abucheada por eso, para luego ser ovacionada de pie cuando regresa a la tarima a hacer lo suyo: cantar; un poco de jazz, algo de blues. Su música, que es ya mundialmente famosa, va de cara a los maltrechos y variopintos Grammys con un montón de nominaciones.

Por primera vez la escuché cantando Rehab [+ video], primer sencillo de su segundo disco, Back to black. En este track se negaba rotundamente a asistir a rehabilitación. “No quiero beber otra vez / Sólo necesito un amigo / No voy a gastar 10 semanas/ para que todos piensen que estoy mejorando”. No sé si creerle. Ahora que ser acabatrapos está de moda en el star system, me parece sospechoso, pero de todas formas disfruto de su voz.

Lo que a continuación comparto con ustedes, por cortesía de youtube, hijo putativo del dios google, es Tears Dry on Their Own



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1.12.07

La intrascendente historia de Paco Alegría


Cuando Paco Alegría cumplió setenta años contaba con 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos, legítimos y presentados en la parroquia como mandaba la ley. Todos varones, llevaban el apellido del patriarca, que no era poca cosa.

Paco Alegría siempre se hizo una promesa que, a estas alturas de su vida ya había cumplido notablemente. “El apellido debe multiplicarse”, se juró estando muy joven. No era una pretensión de casta. No había un dejo de banalidad en aquello.

Paco, en su momento, fue el último de los Alegría. Había quedado solo, por cosas del azar y de un mundo cada vez más injusto. Una mañana se percató de eso. Buscando en la guía telefónica, notó que el único era él. Al principio pensó que era un error de imprenta y llamó, sólo para confirmar la precisión de los datos publicados. Indagó en los archivos municipales, en las listas del registro de identificación. En embajadas. En todos lados. Nada. Paco Alegría era único en el mundo. Ahora le tocaba revertir aquella calamidad.

Y así conoció a la señora Alegría. Ella, rubia como él, murió hace unos años. Murió convencida de que el primer encuentro con Paco había sido fortuito. Que el destino, al que tanta fe siempre le tuvo, los había puesto en el mismo camino. Nada más lejos de la verdad. El buen Paco la había visto varias veces caminando calle abajo temprano en las mañanas. En una oportunidad, tratando de llamar su atención, la detuvo y le pidió la hora. Ella iba muy apurada. “Son las siete”, respondió sin levantar la mirada hacia él. Entonces, Paco tuvo la certeza que hace sonreír. Supo que era ella.

A las siete de la mañana del día siguiente, Paco le volvió a preguntar la hora. Ella respondió y siguió su camino. Ese día se vieron por primera vez a los ojos. Por un segundo, tal vez. Un instante que fue largo más allá de la demencia del tiempo. Los días pasaban y con una puntualidad milimétrica ambos se encontraban en el mismo lugar, a las siete de la mañana. Vaya que era difícil lograrlo, pero bien valía el esfuerzo. “Ya son las siete, hora de verte otra vez”, le decía Paco. Ella sonreía y apuraba el paso como tratando de apurar la marcha de los minutos y las horas y así hacer que la mañana siguiente llegara más rápido.

Un día ella, puntual como siempre, llegó a la cita de rutina. Paco no estaba y eso la desconcertó. Siguió caminando, pero esta vez su paso perdió la agilidad de siempre. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y ahí estaba él, esperándola. “Deja que te acompañe más allá de las siete”, le dijo Paco. Y así caminaron hasta llegar al destino, en donde les esperaban 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos. Todos Alegría.

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Recomendaciones de hoy:
El blog: Perlas de TV - El sitio: CNE - La peli: Match Point, dirigida por Woody Allen - El trago: Almond Joy - La Ñapa: Soda was here

27.11.07

La Tarea


Esta noche promete. Se estrena el cortometraje independiente "La Tarea", dirigido por Diego Guerrero y Javier Mateos.  La proyección será en la Sala 2 del Celarg a las 9:00 p.m. La entrada es libre. Nos vemos allá!


ACTÚAN
SORAYA ACOSTA - DIEGO GUERRERO 
ANA M. MEDINA - MERCEDES CARRASQUERO

CREW / STAFF
 Dirección y Producción General
JAVIER MATEOS Y DIEGO GUERRERO
Guión
JAVIER MATEOS
Jefe de Producción
CARLOS L. BETANCOURT
Dirección de fotografía: 
ALEXANDRA HENAO
Dirección de Arte
ANA BADELL
Cámara
JULIO CÉSAR CASTRO
Sonido
AMAURY CEDENO
Música
OSWALDO RODRÍGUEZ
Montaje
ALFREDO HUECK

18.11.07

Un poco de suerte

A mi querida Maru Mazzei, con quien estoy en deuda



"Aquél que dijo "más vale tener suerte que talento", conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido hay momentos en que la pelota golpea con el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacía delante o hacía detrás. Con un poco de suerte sigue hacía delante y ganas, o no lo hace y pierdes."
Woody Allen – Introducción de Match Point (2005)


Para Shaniqua Thompson el mejor regalo que pudo recibir de la vida no era tangible. Estaba dotada con una suerte suprema que, para los entendidos, es mucho más importante que cualquier otra cosa. A decir verdad, Shaniqua y yo tenemos el mismo poder, sólo que ella ha sabido explotarlo para hacer de su fortuna algo enorme, absurdo. Yo, por mi parte, me he dedicado a usar, diariamente, la suerte que tengo para seguir vivo y disfrutar de la vida como el que más. Shaniqua, a pesar de haber nacido hace 47 años en un barrio pobre de Nairobi, donde sus vecinos se mataban por un galón de agua, ahora posee la colección más grande de Rolls Royce del planeta. Por supuesto, la huérfana, como le decían con cariño los vecinos, esos mismos que mataron a sus padres por un galón de agua, no conduce ninguno de los autos de su colección. Contrató no a uno, sino a seis diferentes chóferes para que la llevaran de aquí a allá ¡Vaya que los chóferes de Shaniqua tienen suerte! Trabajar una vez a la semana y recibir a final de mes un cheque de 3.000 libras esterlinas no es para quejarse. A decir verdad, yo no me puedo dar el lujo de pagar eso a nadie, pero aun así confieso que mi suerte me ha hecho llevar satisfactoriamente mis jóvenes años de vida. Eso ya es bastante. Y es que cuando se nace con suerte no hay que ser talentoso, ni súper dotado. No. De eso que se encarguen los demás. Shaniqua no tiene ninguna virtud conocida. Tampoco sus choferes. Obtener una licencia de conducir no es algo del otro mundo. Yo mismo tengo una y nunca presenté un examen para recibirla. Tampoco tuve que sobornar a nadie. Suerte. Esa de la que tanto les hablo.

Nacer afortunado se convierte en un bien invalorable porque la fortuna tiene la virtud, que no la maldición, de ser eterna. Ni muriendo uno llega a despojarse de ella, porque te persigue, como un enorme y eterno tatuaje en el homoplato, más allá de los llantos y cenizas. Y así nació Shaniqua, bañada en suerte. A ella le gusta pensar que fue producto de dios, pero ya hemos dicho que el ingenio, ni remotamente, es lo suyo. Vaya que tuvo buena estrella de ser la menor de siete hermanos. Hoy sólo ella queda viva. Recientemente, el tercero de aquellos niños Thompson murió producto de una septicemia bucal. A Shaniqua le vino bien el asesinato de sus padres. No le gusta pensar en eso, pero es la verdad. Gracias a eso y a no ser abortada de manera espontánea cuando su madre recibió una coz por parte de una mula terca durante el cuarto mes de gestación, Shaniqua se sienta en el cómodo asiento trasero de su Rolls Royce rumbo al aeropuerto de Kuala Lumpur, en donde tomará un vuelo que la dejará en Frankfurt donde va a disfrutar de unos días de otoño en una de las propiedades que tiene tiempo sin visitar; es lo que siempre soñó. Los chóferes, bastardos con suerte, van con ella a todos lados. Yo no he abandonado Caracas, pero tengo la buenaventura de saberme vivo.

Soy el que salió ileso luego de que el comisario –encargado- de la delegación de la zona 5 descargara su recién asignada 9 mm al encontrarme in fragranti, como le gusta decir, copulando con su única hija, en su cama tamaño king size, la misma cama enorme donde días atrás forniqué con su esposa. No quiero ser irrespetuoso con el comisario –encargado- de la zona 5, así que no ahondaré en detalles que puedan descubrir lo amorosa y complaciente que es su única hija, aunque la madre, su esposa, no se deja opacar en su notable desempeño entre sábanas. Mi interés apunta directo a describir la gran fortuna que tuve, no de haber estado con ambas amantes y así cumplir un deseo reprimido, sino al sortear las balas de una cacerina repleta. No recibí impacto de alguno, a pesar de la fama de buen gatillo que tiene el comisario –encargado- en cuestión. En ese momento, el destino me demostró que estaba de mi lado, como otras tantas veces. Tuve suerte, él no. Así se manejan estas cosas. No me puedo jactar de ser un buen amante, ni de ser experto esquivando balas; se sabe que cuando se nace con suerte, se viene al mundo sólo con eso. Con nada más. Es así. Por eso me jacto exclusivamente de esa fuerza abrumadora, desconocida para tantos, que me ha hecho llegar hasta acá. La suerte, de la buena, aparece sin que se espere por ella. No hay que rogar, ni preocuparse mucho. Pasa a tu lado sin que puedas percibirla, sin que dé oportunidad de planear nada. El universo del azar es infinito, mucho más que el universo en si. Por eso en las noches no temo, como tampoco lo hacen Shaniqua y su séquito de chóferes. Sólo vivo mientras duermo, porque estoy convencido de poder despertar. Cuando me levanto, cuando espero que me esperes en la inmensidad abrumadora de la noche negra, lo hago convencido de que así será, porque así tiene que ser. Por eso, cuando olvidé el rojo en el semáforo, no cometí una infracción. Entonces, fue ahí en donde ellos, desafortunados, se detuvieron, precavidos, y sufrieron la amarga burla de los malandrines de poco centimetraje. Luego me ausenté de la boda de mi hermana alegando una terrible jaqueca que no era enorme, ni jaqueca, sino ganas de estar contigo y evitamos así una indigestión producto de unos exóticos canapés de camarón que tanto dinero le costaron a la pobre. Y así pasan mis días, con pequeños detalles que parecieran irrelevantes, pero lo son todo; entre mentiras que no pude escuchar para salvarme de una decepción y amores frustrados por la cobardía de asumirlos, que nunca llegarían a ser amores realmente. Son muchas las cuentas por pagar que luego serán olvidadas. Tantas las llamadas que no hice y que luego interpretarás como el mayor de los abrazos. Por eso, sólo por eso, espero que comprendas que hoy, a pesar de la ausencia que produce la distancia, pretendo darte desde acá lo mejor de mi, de mi día a día, lo único que tengo, y eso no es otra cosa que un poco de suerte.

7.9.07

El blog sin comentarios


Esta es una vaina intolerable para cualquier bloguero. Que no hayan comentarios en un post es más triste que aquel Dj que no ponía música, no ponía nada, y la gente no bailaba, no bailaba. Fue horrible, así como la canción. Entonces, ante la ausencia de comentarios, que son el fin inmediato de la socarrona interactividad que da razón de ser a una bitácora de éstas, me declaro en emergencia. Para usar la jerga de Bush: “estamos en permanente alerta naranja”. Ya ni siquiera entran comentarios de spam. Esto ta´feo, a lo Beto Perdomo meneando un escocés.

Las soluciones son varias. Puedo, en principio, prostituirme; que, ojo, no es la decisión más fácil, pero sí la más lucrativa, de buenas a primeras. Entonces, comienzo a postear hembras inmensas, de caderas inmensas, y piernas inmensas, semi desnudas, en principio. Luego me depravo y las monto usando juguetitos o empoliedradas. Meto la coba de que son venezolanas con un título del tipo: “Yubiris, la criollita de hoy”. Como para ir agarrando nuevo público que comente algo como:

Litro dice:

Mami, tú si estás cheeeeevere. Te comería toditaaaaaaaa. Mi mail es litroymedio@starmedia.com

Porque siempre hay gente que pone ese tipo de comentarios. Como jurando que así van a ganarse a la mami en cuestión, en lugar de una avalancha de spam.

La otra opción, es hacer de éste un blog de información poco seria. Puede tener una línea editorial que apoye los desmanes del régimen fascista, estalinista, pianista o, que es casi lo mismo, se arrodille ante las barrabasadas de la oposiciónderrotadamilvecesporterrible. Entonces, entraría en la penosa dualidad escuálido/chavista, lo que derivaría en una terrible depresión anímica de este servidor. Lo cierto es que después de muchas horas de terapia, ganar a mi psicólogo jugando truco y pensar poquito, me decantaría por alguna corriente y haría del blog un espacio más polémico que unas fotos infraganti de Mario Silva sobando a la Colomina en Playa Culito. Entonces, publicaría “noticias” del tipo:

Ramos Allup se destapa
“Chávez es igual que yo
El “líder” de la “fuerza” “opositora”, “habla claro” y tendido con enalgunlugardecaracas24.com después de unas cervecitas heladas.

(ilustrar con foto de Ramos Allup mirando al horizonte sobre el Monte Sacro)


O algo como:

La presidenta de la AN no se equivoca
FLORES: "EL COMANDANTE ES BELLO"


Bajo la responsabilidad de Aporrealchamo.org, el jefe máximo está como le da la gana. Facinerosos aquellos que busquen tapar el sol con un dedo. El que tenga ojos que vea.


De esta manera, garantizaría un montón de comentarios de baja calaña. De los que despotrican y buscan humillar al adversario. De los que se escriben con la arrechera a flor de piel. De los que te gustan a ti, porque ya perdiste la inocencia de otrora y te entregaste a la depravación, producto de las bajas pasiones.

Otra solución, podría ser la de alimentar a diario el blog con algún texto y responder los comentarios, pero eso no está planteado.

4.9.07

Mentira la mentira


Buenos días. Mi nombre poco les importa. Tengo un problema y al aceptarlo doy el primer paso. He pasado ya doscientos días sin mentir. No ha sido fácil para mi, pero nada vale la pena. Debo decir que no les agradezco a ustedes. De hecho, siento que cada reunión, cada tarde que comparto acá, hace que mi ego se desborde. Es simple. En esta habitación me rodean un montón de perdedores sin oficio real. Además de poco creativos; eso bien merece una muerte súbita. Me aburren mucho sus historias insípidas de mentiras a medias o realidades fantasiosas. No saben mentir. No me interesa para nada que, producto de su poca monta, hayan perdido familias o les invada la desesperanza. Sus familias apestan tanto como ustedes ¿Qué le pasa a la gente? ¿Cómo les creen? El mundo se jodió.

Hace doscientos días llegué acá con grandes expectativas. Pensé que me rodearía gente con poder; políticos, metereólogos, algún sacerdote atormentado ¡Por lo menos un ludópata! Nada. Para mi sorpresa estaban ustedes, “los patéticos”, como les digo cuando cruzo la puerta. Los idiotas de las historias comunes. Los mundanos. Ustedes simples estudiantes, carniceros, amas de casa, periodistas, cocineros, obreros, tipos de a pie. Los que están rodeados de gente tan común que falsea sin percatarse y se da licencia para dar como cierta cualquier bobería. Dan vergüenza. El mundo está jodido.

No sé cuando comenzó la decadencia. No fue mi culpa. Siempre mentí por placer. Por sentir en mis labios la grandeza de la estafa elaborada; en honor a los historiadores y sus héroes necesarios. Mentía por misticismo, porque fue la mentira, la buena y maravillosa mentira, la que engendró civilizaciones. La mentira, bonita mentira, que creó en menos de siete días dioses y consagró reyes. Por eso, me exculpo de todo. No me siento responsable por ustedes, ni por aquella nefasta jornada. Ese maldito día en que todo fue sencillo y las excusas fueron nombradas mentiras. El día de la noche eterna. El arte se convirtió, entonces, en una simple falacia que los intelectuales aplaudían sin parar. El sexo no fue sexo nunca más, olvidando sus palpitaciones para convertirse en moda conveniente. La belleza que se maquillaba, ahora entraba en serie al quirófano. Y ustedes, falsos como todos -que no mentirosos- se dan cuenta, pero callan para ser complacientes y eso, terribles compañeros, definitivamente no es mentir. El mundo, por vuestra complicidad, está irremediablemente jodido.