La monstruosa resaca que produce la brutal ingesta de ron en los bares de Caracas deja como consecuencia espacios como éste. Las autoridades deberían tomar medidas urgentes para estos casos ¡Ja! Está claro que este blog puede quedar abandonado muy pronto, porque no hay ratón que dure cien años.
5.6.12
La culpa es de Cobain
7.5.12
Caracas a la distancia
La distancia. El concepto. Opacado por los sentimientos y los recuerdos. Una palabra que a veces se hace dura, más lejana, porque a veces un océano es infinito. Y las querencias, siempre presentes, toman forma de monte y cielo y olores a verde y asfalto. Y ella se hace polvo, pero hacen falta los abrazos, las miradas y las palabras. Entonces la distancia es mayúscula, desproporcionada, duele.
20.11.09
Buenas noches, Caracas

Y como si no fuera suficiente con regresar, decidió buscar excusas.Vio en la misma calle de siempre, la de los peatones rebeldes, esos temerarios que no se ausentan nunca, el color especial de las cinco de la tarde, la luz ámbar, cálida y muy de la ciudad del pecho abierto, de la salsa que invade las mansiones, de un Caribe mayúsculo. La transitó, despacio, poco a poco, temiendo no encontrar la sensación de otros días y se equivocó. Allí estaba, latiendo con el coraje de mil cornetas desesperadas, buscando escapar del encierro del costillar. Hay vida, y hielo, y cervezas por cajas como se lee en el abasto que tampoco había cambiado -sólo en sus precios, tal vez- desde el día en que el regente, con mucho esfuerzo y más esperanzas decidió colocar esto por allá y aquello en su lugar.
Y de tanto andar, despacito, como no queriendo, cuando sí, se topa con lo lindo, con los rostros indiferentes de la gente, suya, que son más bien un manantial. Se encuentra, se ve así plasmado en la canela, en las caras lindas que no saben lo que es sufrir, porque hace siglos que hay un pacto para olvidar las penurias. Y si te das cuenta, sonríe. Queda al descubierto. Pertenece a esa calle que sube por lo que fueron colinas y que no estuvo planeada, como él, pero existe, también.
Y así va andando sin temor. No puedes tener miedo de ti mismo, se lee en el cartel que inventó en ese instante de incertidumbre. No vale tan siquiera una sospecha sobre la cuna de aquel y la urna de todos, la del oeste que se expande haciendo justicia, retomando la lucha desigual por una tierra que es de nadie y donde los desencuentros, eternos matices del qué dirán y la imposición divina, porque sí, están en la piel que suda por el calor nuevo, que no aparece en las historias de antaño. Es la ciudad que se engaña queriendo ser este, que lo aparenta con total naturalidad, que miente y se hace daño porque no se asume, todavía. "Eres norte, del verde, del que no se puede ocultar, del que está imponente cuando amanece y en la noche no se ve, pero está, siempre", dice la canción que no existe.
Y como si no fuera suficiente con regresar, con volver a la deliciosa mezcla y reencontrarse, se decide a no olvidar. Como si eso fuera posible. Estás de vuelta, chamo. Date cuenta: nunca nos fuimos de ti.
Recomendaciones de hoy:
El blog: Morado es que es bueno - La peli: Whatever Works, dirigida por Woody Allen - El trago: Anís (Lo compras, lo enfrías y te lo tomas) - La ñapa: No seas tímida, echemos un pie
6.3.09
Déjà vu
30.1.09
Mi azafata, debo decir

Nos conocimos por casualidad, aunque decir eso es redundar. No hay nada más casual que una aeromoza, tengo que decir. Me tocaba estar sentado atrás, en el último de los asientos del vuelo 757, en un Airbus 330 con asientos de semi cuero negro que se veían más elegantes que los de tela, pero eran igual de incómodos, como siempre.
Decía que estaba sentado atrás, en aquel lugar donde mandan las turbinas que gozan al hacer escándalo tortuoso. Se les perdona todo el ruido del mundo; ¡que hagan lo que les dé la gana! Es mejor así que escuchar su silencio a 30 mil pies de altura.
Digo que me tocó el último asiento, porque no elegí ése puesto. Así como luego les diré que me tocó aquella azafata, la más bonita del 757, y, la verdad, no me puedo quejar. Lo de mi sitio en la nave fue cosa de Ana María, la chica detrás del mostrador de la aerolínea que en el aeropuerto pudo resolver, a última hora, el percance de mi primer traslado. Porque tal vez no había comentado lo del problema previo a la llegada de mi azafata, la del 757.
Antes de estar sentado en el 22 E del Air Bus color azul estuve montado en un aparato blanquirojo que iba comiéndose a toda velocidad la pista, como es habitual, en las manobras de despegue. Lo hizo, pero no tomó la altura necesaria. Y el piloto, como sabiendo mi futuro, decidió regresar. El aparato vibró de manera extraña, le escuché decir después. Antes, en medio de la incertidumbre de aquel conato, la gente se persignó, como encomendándose a las divinidades. Dios, escuché. Yo, asustado como el que más, al ver la aproximación del suelo, pensaba sólo en los titulares de prensa a 8 columnas, en mi cadáver irreconocible, las deducciones que sacarían los expertos gracias a la caja negra, lo insólita de mi suerte y el montón de cosas por hacer que iba a dejar.
El aborto de viaje, satisfactorio, hizo que cambiáramos de avión, no sin antes esperar por más de una hora en el terminal. Un nuevo vuelo, el 757, esperaba por nosotros, por mí, y conocí a la azafata, viuda precoz, que me hacía cariños en la nuca justo antes de despegar. Como si conociera de mi terror previo y actual, como si supiera lo mucho que puede gustar a quien escribe algo de cariño en el cuello. La azafata, la mía, no dio las indicaciones de rigor antes de partir, sus manos estaban ocupadas en mi, en el cuello erizado del pasajero que se sentó atrás, a su alcance, aquel que sólo pensaba que tanto cariño espontáneo era la señal que se percibe antes de morir. Y así fue. Murió el tipo que, sin creer, rezó durante los treinta minutos que duró el vuelo de regreso a casa y, por ley, nació el dueño de la azafata, viuda precoz, que era la más linda del vuelo 757.
Un par de noches fueron suficientes para que partiera, para que dejara de pertenecer, y se fue, volando, para convertirse en una casualidad que siempre busco al final del avión, en el último asiento; para transformarse en la historia breve de un cuento corto, en la única razón para sentarme acá. Sabrás que nunca la encontré, aunque decir eso es redundar, debo decir.
Recomendaciones de hoy:
El blog: Viajes - El sitio: Conviértete en una - La peli: Slumdog Millionaire, dirigida por Danny Boyle - El trago: Flight Attendant - La ñapa: Anécdotas de azafatas
21.10.08
10.9.08
El día en que inventamos mucho

Hoy me levanté preocupado por las deudas y para más leo que lo que parece ser el fin del mundo, ahora de verdad verdad, va a llegar. Un grupo de científicos suizos inventó cierto aparato que pretende reproducir el longevo big bang que nos trajo hasta acá, aunque el cura de mi parroquia no esté muy de acuerdo. Unos suizos hicieron un coso que los detractores, prudentes, dicen puede crear un caos sin precedentes y abrir un hoyo negro que chupará el mundo que conocemos sin remedio. "Un gran invento" que será probado hoy y si las cosas salen como dicen no nos podremos jactar de eso. Qué sentido tiene nada si no podemos llamar a la máquina con el apellido afrancesado de alguno de sus inventores y ponerla en libros de escuelas globalizadas. Sé que las revistas de tecnología que cada vez se leen menos, pero no por eso hay que boicotearlas así. Qué importa nada si el mundo se acaba de la forma más pendeja. Nada de meteoritos, ni jinete de apocalipsis alguno. Bush no apretará el botón, negro, son los suizos con su cara de pendejos. Neutrales mis bolas. Ellos trabajaron por décadas para adelantarse un día a Al Qaeda. Y yo, en mis últimas horas, sin poder tomarme ni el Kool-Aid de Jim Jones y su Templo del Pueblo. Con tantas cosas que me quedan por hacer, tanto. Sólo queda esperar, chamo, me digo con temor, si este mundo no se acaba, todavía habrán cuentas por pagar. Horror.
9.9.08
Jurungando mi Itunes

Devendra Banhart
6.7.08
Siete vidas de mosca común para el viernes
Jurungando mi Itunes

Julieta Venegas
Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50'W
8.6.08
Tan bella mi Yeneida

A Yeneida la conocí vestida de conejita en la despedida de soltero de mi compadre. Ella restregaba la colita esponjosita y blanquita de su disfraz contra la humanidad de los presentes y me pareció un bonito detalle. Nalgaditas le daban y ella, tan bonita, no se molestaba. Es un ángel. Así la vi la segunda vez, vestida de querubín haciendo piruetas en un poste cromado de un club no campestre. Yo no quería ir a ese sitio, menos mal que me insistieron. La volví a ver. Ella me reconoció en el acto, porque sin pensarlo se bajó de la tarima y se sentó en mis piernas diciéndome "papito" como aquella vez en la fiesta del compadre. Yeneida, tan bonita, me hacía cariñitos sin importar que los demás vieran. Eso es amor y del bueno. Lo supe porque cuando nos fuimos enseriando la convencí para que me acompañara a los viajes de negocio en Europa y el Caribe. Ella, tan Yeneida, aguantaba la incomodidad del hotel durante mis horas de trabajo. Pobrecita. Soy un desalmado. Tanto que se sacrifica mi nené y yo dudando. Seguro Dios me castiga y me abandona por andar con mis celos ridículos. Soy de lo peor. Un orangután mal pensado. A veces no lo puedo evitar. Los celos me invaden sin razón. Si la vieran. Es que es tan linda, tan bella mi Yeneida.
16.5.08
Crónicas de un mochilero XXIX

El tipo de la trompeta, si es que se puede afirmar tal cosa
La armonía no era lo suyo. Creo que la trompeta tampoco le pertenecía. Quién es este caballero que desafina por allá, un domingo, en el patio de un hostal cerrado. Alguna vez fue pelirrojo. Una hebras insípidas lo delatan; ha quedado calvo. Usa unos lentes a lo Scorsese, que, a decir verdad, le dan un toque amistoso, como a Scorsese. Tendrá más de cuarenta años y todo el aspecto de un belga promedio, si es que se puede afirmar tal cosa. Comencé a elucubrar. Tengo como hobby hacer eso con los desconocidos. En unos segundos deduje que era uno de esos serial killers de una película danesa. Me pareció un cliché rebuscado. Tampoco tuve mucho tiempo para pensar en algo más. Lo intenté otra vez. Mientras me acercaba para hablarle tuve la idea de que más bien era un profesor, frustrado tal vez, que venía a este rincón, con un poco de rubor, a exhalar en soledad unas notas que, evidentemente, necesitaban más de algo de talento que de unas horas de práctica. Tal vez fue el paltó desgastado que vestía en pleno verano, las gafas, el maletín negro que reposaba a un lado del estuche de la trompeta que no dejaba de sonar, rompiendo con la armonía de aquella redoma repleta de flores, lo que me hacía dudar que este tipo pudiera entrar dentro de la curva de lo normal, si es que se puede afirmar tal cosa. Cuando estuve a unos dos metros de aquel individuo, que con la cercanía me producía un poco de lástima -porque su soledad se me hacía indescifrable-, la trompeta dejó de sonar. Hola, trabajo acá. También espero a que sean las catorce.
Disculpas a la muchachada
11.5.08
drunking winehouse revival
Ni mis perfumes ni mis noches
Me encontré solo y apasionado
28.4.08
ocho cosas
24.4.08
Raúl Amundaray

Pasó el momento. Yeneida no te recuerda. Ni nadie. El tiempo te sepultó. Ya no es lo mismo. Nótalo. Date cuenta. Es así. Warhol te maldijo, como lo hizo con la Taylor. Pero ella es la Taylor y tú no. Ahora debes explicarte un poco mejor para que te comprendan. No hay sobreentendidos. Las cosas como son. Sin jugueteos. No tienes tiempo para eso. Ni encanto. Ni nada. Pensaste que podías recuperarlo, pero sólo rehiciste una mala versión de ti. El peo es que pensaste. Y sigues pensando. Soñando de pie. Asume. Reinventa. No insistas con lo mismo que aburres. Da sueño. Pero no respondas, porque se enteran. Albertico Limonta no existió, chamo. Sólo eras tú. Una vez más.
22.4.08
Textos incompletos
El punto de encuentro era la estación del metro de Sabana Grande. A mediados de los años noventa era el sitio perfecto para adolescentes ociosos en temporadas vacacionales. Yo siempre estaba ahí. Por adolescente y, más aun, por ocioso. La vida de un joven en una ciudad como Caracas está íntimamente ligada a sus amistades y a la calle, que vienen a convertirse en lo mismo. Los amigos y la calle se transforman en definición única que deriva, siempre, en problemas.
Ese encuentro con el reto permanente que representa la inmensidad de una ciudad perpetrada por nosotros hacía que aquellas horas irrigaran sangre con violencia dentro de nuestros cuerpos, cuando corríamos con suerte. Culpa de la televisión o de la falta de identidad, dirían algunos. La verdad nadie tiene la culpa, simplemente las cosas callejón abajo son así.
Vivir de esta manera, retando lo que viniera, poniendo el pecho al sistema que nos tragaba, y nos devoró a la larga, hacía que pasar las noches encerrado dentro de un apartamento valiera la pena. No importaba lo chica de tu habitación, si la compartías con alguien o no. Ese lugar era sólo un sitio cómodo en donde dormir. Luego vendría la calle y ese cuarto con tv era el castigo por lo que estabas por hacer al día siguiente; también tu refugio, porque de seguro en algún momento lo ibas a necesitar.
La ciudad que conocimos entonces -y que nos dio a conocer- era una urbe irreverente. No podría calificarla de ciudad tipo, porque rompía con todos los esquemas citadinos convencionales. Tal vez no era la más populosa, ni la más peligrosa. Tampoco la menos transitada o la de menor extensión. Era indescifrable para nosotros mismos y los teóricos no han logrado atinar. A Caracas nunca le fue bien en materia de estadísticas, nunca resaltó. Lo suyo no era cuantificable. Había que palparla como lo hicimos nosotros entonces. Desde sus entrañas, sin saberlo.
Descubrimos que en este valle se esconde maldad disfrazada tras la fama de ciudad afable. Caracas por dentro está llena de injusticias, de desequilibrios que en su momento logramos asimilar, pero no para bien, sino para seguir fermentando la descomposición de una ciudad de post guerra en un país que ha vivido por décadas en "paz". Caracas no es el Ávila, ni la cuna de nadie. Es el epicentro del mundo, nuestro, que no se cansaba de dar bofetadas para que asimilaras la realidad más allá del estómago a medio llenar.
Fue acá donde nos criamos, nos hicimos prepotentes y renegamos de todo. En esta ciudad aprendimos que las bombas caían y no explotaban, así que perdimos el miedo. No nos asustan los índices delictivos, no tenemos miedo a los muertos. Nos acostumbramos a ello y ahora son sólo cifras que venden una fama bien habida, pero llena de hechos parciales. La ciudad que no está en las páginas de sucesos está repleta de pasión, pero los editores no comprenden de eso. Pobres. Encerrados en frías oficinas, vistiendo trajes helados, hablando de esto y de lo otro, diciendo que saben, cuando no tienen idea. Acá se ama, y mucho, pero a nuestra manera que, por parecer irracional, pasa por punto ciego. “Vivo en Caracas” es una frase compleja, señores.
Las llagas dejaron cicatrices y sólo así comprendimos que todos es cuestión de azar y nuestra suerte es infinita. Acá, más allá de las fallas de suelo, no tiembla. Si pasa, no nos preocupamos hasta ese día. Problema, resolvemos. A medias, o a fondo, eso queda en cada uno. Es la dinámica social que impone la jungla y que todos hemos aceptado. Firmamos y no leímos las letras pequeñas. Nunca nos interesó leer.
Entonces, en los años que descubrimos todo, nos movíamos entrañas adentro. El metro es seguro, reconfortante. La gente, la masa, se comporta distinto allá abajo. Pareciera que el infierno está arriba y dentro de la tierra reina la cordura y la decencia. Es una de esas contradicciones caraqueñas que no se pueden entender. Parte de la doble moral que te obliga a estudiar con las monjas sabiendo que te graduarás un poco más pervertida, niña. No es algo que esté bien o mal. Simplemente existe, acá, en el trópico. Siempre me encantó pensar que todo era culpa del trópico. Entiendo que es nuestro encanto genético. Una savia espesa que transpiras.
Esa mañana subí por las escaleras mecánicas. Lentamente, a su ritmo, iba ascendiendo hacia la luz que me encandilaba. Ese resplandor del que otros escapaban. La adrenalina se apoderaba de mi. Esa sensación nunca la olvidaré. Siempre tengo latente ese vacío en el estómago, el vértigo que me producía salir a ras de suelo, esa incomodidad en el esternón que con el tiempo no sentí más, pero tengo muy fresca en la memoria.
Aquella vez había llovido, como de costumbre esos meses. El agua se acumulaba en los desniveles del asfalto. Habían charcos colocados aquí y allá. Estaban por todos lados. Siempre los pisaba fuerte para salpicar. Irritaba a los que notaban mi estupidez. Aprendí a no tomarlos en cuenta. Las tiendas varias a cada lado del boulevard estaban abiertas y había mucha gente caminando en sentido a Plaza Venezuela. Cuando veía la tromba venir hacia mi, los embestía. Idiota me decían. Así me sentía, pero las terribles ganas de arrollar a los anónimos se apoderaba de mi diminuta humanidad. Necesitaba hacerles daño, molestarles y que notarán que estaba ahí. ¡La tuya! Y a reir, idiotas.
Usaba franela de Metallica, o de Nirvana, o de Gun´s, o la que fuera. Era el ritual más estúpido entonces. No. Hice cosas peores. Mi madre habría pagado fortunas que desposeía para que mi idiotez más grande fuera tener a Cobain en el pecho. Mis franelas siempre estaban tan desgastadas como mis jeans, mis únicos pantalones, los que recuerdo y siempre usaba. Roídos, no por la moda del momento, sino por el uso excesivo. Mi descuido al vestir era reflejo de mi filosofía de vida. Igual que aquel tatuaje rudimentario que nos hicimos con tinta china, una aguja caliente y poca destreza. O las laceraciones en los brazos producto de los cigarros que apagábamos en la piel y consumían de a poco la dermis, la epidermis y dejaban ampollas agradables en los brazos. No importaba el mañana, porque la desesperanza era total. Con 16 años de edad se es inmortal y se vive como tal.
No era de los que tocaba guitarra, pero nunca fue problema para mi hablar de música, jugar y ganar en las maquinitas de Chacaíto y fumar aquellos Fortuna, cigarrillos económicos que comprábamos junto a los obreros de turno. Todas estas banalidades eran tan sólo nuestra forma de mantenernos a raya de la verdadera pasión en aquellos años convulsos de ciudad. Antes, hablemos del ruso.
Papelera a rebosar
Escribir. Borrar. Comenzar de nuevo. Borrar otra vez. Publicar con temor. Volver a escribir. Que todo se vaya al carajo ¿De qué vas? No lo sé. Inténtalo. En eso estoy. Se me hace difícil. Escribir.
No me gusta nada de lo que escribo. No me siento orgulloso de eso, ni de esto. Quiero experimentar, pero se me hace jodido. Tal vez es una etapa que debo superar para llegar a algún lado, pero no soporto engendrar a un mal querido. Hay que practicar y no temo, pero me estoy cansando. Tengo mil historias en la cabeza, mil cosas que quiero contarte, pero no hallo la manera de llegar. Es complicado complacerme en estos momentos y tú debes padecerlo. Poco importa la mujer que caminaba de espaldas vendiendo suerte a extraños si no puedo lograr que la sientas. De nada vale el olor bondadoso de su cuello erizado por mis roces si no logro que lo vivas. No te puedo hacer reír, porque adeudo una sonrisa. Nada bueno sale en estos días, pero quiero revertirlo y no sé cómo empezar. Cosas del aprendiz que no aprende. Qué se le va a hacer.
Anamorphic love sense
There’s no shape. Not at all. Some times it could be hard to describe. Most of the time there’s no reason to. It just happens. Now, you have to deal with it, like a big thing, a huge monster that lives inside of you triying to get out. You don’t have any chance. That’s the best thing.
Talking about it doesn’t make you feel better, no. So, don’t talk. No one word. Just keep the silence, feel, touch the time with your hands and reach the holly.
Pendejo, regálame tu tiempo
La realidad es una vaina seria. No es que quiera comenzar con una charla barata de filosofía barata. Es que la realidad es una vaina bien seria. Comenzando por el hecho de que cada quien construye eso que defiende como realidad, sin saber que es apenas su realidad. Por lo tanto, vivimos inmersos en una fantasía, nuestra fantasía, que crea algo que llamamos realidad, que en realidad, es sólo mi realidad, tuya o de él.
A ver. Sólo tú has vivido las experiencias tuyas, que son las que se acumulan a lo largo de tu historial muy tuyo. Estas experiencias, tuyas, son las que construyen ese background que te ayuda, o no, a construir tu realidad. Ahora, es imposible que el jugo de melón que pediste en aquel almuerzo te sepa igual que el jugo de melón que pedí yo ese mismo día, aunque puedes jurar que así es, porque te niegas a aceptar que tu realidad no es la realidad de otros.
Imponer tu realidad a otros es pretender borrar a aquellos de un coñazo cósmico. Primero, es imposible y, por otra parte, es muy pretensioso de tu parte ya que, para mi –obviamente- eres un pobre pendejo, aunque para ti seas el centro del universo, tu universo. Entendiendo las cosas de esta manera, este texto te puede parecer la peor basura que nadie jamás escribió. Es cierto, para ti. Pero en otra realidad, la mía, es una excusa perfecta para no perder el hábito, jugar con tu tiempo y ejercitar unas manos que parecían entumecidas ya.
Ah, y también sirve para decirte pendejo en tu cara, desde acá.
9.4.08
Yeneida, mon amour

Hablar de ti, Yeneida, es hablar de la playa limpiecita donde nos conocimos. De caracoles rotos y mucha arena marrón. Te recuerdo tumbadita de espaldas sobre esta toalla grandota estampada con motivos de cierto dibujo animado. Qué toalla más fea, Yeneida. Qué diferente es éste pedazo de trapo a ti. Tan distintas, y tú tan consciente de eso. Con qué elegancia yacías ahí, ebria hasta más no poder, con tu pecho desvergonzado ocultando las deformidades de la toalla insípida. Con el sol dando de lleno en ti y tu piel blanquita, indefensa, expuesta a los designios inclementes del catire. Te aliaste con las nubes, que de vez en cuando te liberaban del fuego. Tu torso, rojo, en carne viva, agradecía el favor. Hablo de ti, de mi soledad, de ese instante, del jueves santo, de Chirimena abarrotada, con sus casas de salitre, las calles recién asfaltadas, de los cuatro litros de guarapa de parchita que bebiste –tu favorita, imagino- y recuerdo a los niños. Todos los carajitos del mundo corrían a tu alrededor, jugando como es de suponer, hacían lo imposible por no tropezar contigo. La infancia y sus destrezas. Vaya que eran hábiles aquellos chiquillos. Tus enormes dimensiones, fabulosas, detenían cualquier andar. Alguno salpicó un poco de arena sobre tu cóccix tatuado. Confieso que en ese momento maldije aquel tatuaje que nunca logré comprender a la distancia. Una tonelada de arena no era suficiente para tapar esa mancha de tinta que adornaba tu espalda baja, tu hermosa espalda baja. Nunca te diste cuenta. Tentado por tu inconsciencia, pensé en llegar y sacudir un poco el sábulo sobre tu torso, pero comenzaste a balbucear. No entendí lo que decías, pero imaginé mil cosas hermosas, la vida en esas frases, la grandeza de un campo de olivos. Me aproximé a ti. Me acerqué para entenderte y vi burbujitas de saliva densa salir de la comisura de tus labios resecos, quebrados y pálidos; terrible placer. Luego un eructo. Otro. Y percibí el aroma de tu aliento, de tu bilis, de parchitas añejas de nuestra tierra. Una densa mezcolanza que penetró mi paladar y procuró que la boca de mi estómago se estremeciera con arcadas. Pasión. No podía ser otra cosa. Sentí tu alma dentro de mi, Yeneida. Intenté levantarte. Tenía que llevarte conmigo, pero la tragedia se hizo presente en la figura de tu marido. Fue él quien pronunció tu nombre. Aquel infame develó tu identidad para mi. Yeneida. Me agradeció el gesto. No hay nada que agradecer. Y te llevó. De a poco tu asimétrica figura se iba alejando de mi, apoyada de aquel villano, dando tumbos, tropezando a los niños que antes te esquivaron. Detenías el paso para recobrar el aliento, tu aliento, el que compartiste conmigo, para ir dejándome atrás, solo de nuevo, en compañía de ésta terrible toalla que guardo como tu único recuerdo palpable, Yeneida, mon amour.


