18.11.07

Un poco de suerte

A mi querida Maru Mazzei, con quien estoy en deuda



"Aquél que dijo "más vale tener suerte que talento", conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido hay momentos en que la pelota golpea con el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacía delante o hacía detrás. Con un poco de suerte sigue hacía delante y ganas, o no lo hace y pierdes."
Woody Allen – Introducción de Match Point (2005)


Para Shaniqua Thompson el mejor regalo que pudo recibir de la vida no era tangible. Estaba dotada con una suerte suprema que, para los entendidos, es mucho más importante que cualquier otra cosa. A decir verdad, Shaniqua y yo tenemos el mismo poder, sólo que ella ha sabido explotarlo para hacer de su fortuna algo enorme, absurdo. Yo, por mi parte, me he dedicado a usar, diariamente, la suerte que tengo para seguir vivo y disfrutar de la vida como el que más. Shaniqua, a pesar de haber nacido hace 47 años en un barrio pobre de Nairobi, donde sus vecinos se mataban por un galón de agua, ahora posee la colección más grande de Rolls Royce del planeta. Por supuesto, la huérfana, como le decían con cariño los vecinos, esos mismos que mataron a sus padres por un galón de agua, no conduce ninguno de los autos de su colección. Contrató no a uno, sino a seis diferentes chóferes para que la llevaran de aquí a allá ¡Vaya que los chóferes de Shaniqua tienen suerte! Trabajar una vez a la semana y recibir a final de mes un cheque de 3.000 libras esterlinas no es para quejarse. A decir verdad, yo no me puedo dar el lujo de pagar eso a nadie, pero aun así confieso que mi suerte me ha hecho llevar satisfactoriamente mis jóvenes años de vida. Eso ya es bastante. Y es que cuando se nace con suerte no hay que ser talentoso, ni súper dotado. No. De eso que se encarguen los demás. Shaniqua no tiene ninguna virtud conocida. Tampoco sus choferes. Obtener una licencia de conducir no es algo del otro mundo. Yo mismo tengo una y nunca presenté un examen para recibirla. Tampoco tuve que sobornar a nadie. Suerte. Esa de la que tanto les hablo.

Nacer afortunado se convierte en un bien invalorable porque la fortuna tiene la virtud, que no la maldición, de ser eterna. Ni muriendo uno llega a despojarse de ella, porque te persigue, como un enorme y eterno tatuaje en el homoplato, más allá de los llantos y cenizas. Y así nació Shaniqua, bañada en suerte. A ella le gusta pensar que fue producto de dios, pero ya hemos dicho que el ingenio, ni remotamente, es lo suyo. Vaya que tuvo buena estrella de ser la menor de siete hermanos. Hoy sólo ella queda viva. Recientemente, el tercero de aquellos niños Thompson murió producto de una septicemia bucal. A Shaniqua le vino bien el asesinato de sus padres. No le gusta pensar en eso, pero es la verdad. Gracias a eso y a no ser abortada de manera espontánea cuando su madre recibió una coz por parte de una mula terca durante el cuarto mes de gestación, Shaniqua se sienta en el cómodo asiento trasero de su Rolls Royce rumbo al aeropuerto de Kuala Lumpur, en donde tomará un vuelo que la dejará en Frankfurt donde va a disfrutar de unos días de otoño en una de las propiedades que tiene tiempo sin visitar; es lo que siempre soñó. Los chóferes, bastardos con suerte, van con ella a todos lados. Yo no he abandonado Caracas, pero tengo la buenaventura de saberme vivo.

Soy el que salió ileso luego de que el comisario –encargado- de la delegación de la zona 5 descargara su recién asignada 9 mm al encontrarme in fragranti, como le gusta decir, copulando con su única hija, en su cama tamaño king size, la misma cama enorme donde días atrás forniqué con su esposa. No quiero ser irrespetuoso con el comisario –encargado- de la zona 5, así que no ahondaré en detalles que puedan descubrir lo amorosa y complaciente que es su única hija, aunque la madre, su esposa, no se deja opacar en su notable desempeño entre sábanas. Mi interés apunta directo a describir la gran fortuna que tuve, no de haber estado con ambas amantes y así cumplir un deseo reprimido, sino al sortear las balas de una cacerina repleta. No recibí impacto de alguno, a pesar de la fama de buen gatillo que tiene el comisario –encargado- en cuestión. En ese momento, el destino me demostró que estaba de mi lado, como otras tantas veces. Tuve suerte, él no. Así se manejan estas cosas. No me puedo jactar de ser un buen amante, ni de ser experto esquivando balas; se sabe que cuando se nace con suerte, se viene al mundo sólo con eso. Con nada más. Es así. Por eso me jacto exclusivamente de esa fuerza abrumadora, desconocida para tantos, que me ha hecho llegar hasta acá. La suerte, de la buena, aparece sin que se espere por ella. No hay que rogar, ni preocuparse mucho. Pasa a tu lado sin que puedas percibirla, sin que dé oportunidad de planear nada. El universo del azar es infinito, mucho más que el universo en si. Por eso en las noches no temo, como tampoco lo hacen Shaniqua y su séquito de chóferes. Sólo vivo mientras duermo, porque estoy convencido de poder despertar. Cuando me levanto, cuando espero que me esperes en la inmensidad abrumadora de la noche negra, lo hago convencido de que así será, porque así tiene que ser. Por eso, cuando olvidé el rojo en el semáforo, no cometí una infracción. Entonces, fue ahí en donde ellos, desafortunados, se detuvieron, precavidos, y sufrieron la amarga burla de los malandrines de poco centimetraje. Luego me ausenté de la boda de mi hermana alegando una terrible jaqueca que no era enorme, ni jaqueca, sino ganas de estar contigo y evitamos así una indigestión producto de unos exóticos canapés de camarón que tanto dinero le costaron a la pobre. Y así pasan mis días, con pequeños detalles que parecieran irrelevantes, pero lo son todo; entre mentiras que no pude escuchar para salvarme de una decepción y amores frustrados por la cobardía de asumirlos, que nunca llegarían a ser amores realmente. Son muchas las cuentas por pagar que luego serán olvidadas. Tantas las llamadas que no hice y que luego interpretarás como el mayor de los abrazos. Por eso, sólo por eso, espero que comprendas que hoy, a pesar de la ausencia que produce la distancia, pretendo darte desde acá lo mejor de mi, de mi día a día, lo único que tengo, y eso no es otra cosa que un poco de suerte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Caramba... estoy atónita! y a la vez feliz de al menos poder decir y jactarme con ganas de que conozco a esta mentecita! besos! me volveré adicta a tu blog, así como lo soy del de Andrés Schmucke.. te lo recomiendo..Vick