1.12.07

La intrascendente historia de Paco Alegría


Cuando Paco Alegría cumplió setenta años contaba con 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos, legítimos y presentados en la parroquia como mandaba la ley. Todos varones, llevaban el apellido del patriarca, que no era poca cosa.

Paco Alegría siempre se hizo una promesa que, a estas alturas de su vida ya había cumplido notablemente. “El apellido debe multiplicarse”, se juró estando muy joven. No era una pretensión de casta. No había un dejo de banalidad en aquello.

Paco, en su momento, fue el último de los Alegría. Había quedado solo, por cosas del azar y de un mundo cada vez más injusto. Una mañana se percató de eso. Buscando en la guía telefónica, notó que el único era él. Al principio pensó que era un error de imprenta y llamó, sólo para confirmar la precisión de los datos publicados. Indagó en los archivos municipales, en las listas del registro de identificación. En embajadas. En todos lados. Nada. Paco Alegría era único en el mundo. Ahora le tocaba revertir aquella calamidad.

Y así conoció a la señora Alegría. Ella, rubia como él, murió hace unos años. Murió convencida de que el primer encuentro con Paco había sido fortuito. Que el destino, al que tanta fe siempre le tuvo, los había puesto en el mismo camino. Nada más lejos de la verdad. El buen Paco la había visto varias veces caminando calle abajo temprano en las mañanas. En una oportunidad, tratando de llamar su atención, la detuvo y le pidió la hora. Ella iba muy apurada. “Son las siete”, respondió sin levantar la mirada hacia él. Entonces, Paco tuvo la certeza que hace sonreír. Supo que era ella.

A las siete de la mañana del día siguiente, Paco le volvió a preguntar la hora. Ella respondió y siguió su camino. Ese día se vieron por primera vez a los ojos. Por un segundo, tal vez. Un instante que fue largo más allá de la demencia del tiempo. Los días pasaban y con una puntualidad milimétrica ambos se encontraban en el mismo lugar, a las siete de la mañana. Vaya que era difícil lograrlo, pero bien valía el esfuerzo. “Ya son las siete, hora de verte otra vez”, le decía Paco. Ella sonreía y apuraba el paso como tratando de apurar la marcha de los minutos y las horas y así hacer que la mañana siguiente llegara más rápido.

Un día ella, puntual como siempre, llegó a la cita de rutina. Paco no estaba y eso la desconcertó. Siguió caminando, pero esta vez su paso perdió la agilidad de siempre. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y ahí estaba él, esperándola. “Deja que te acompañe más allá de las siete”, le dijo Paco. Y así caminaron hasta llegar al destino, en donde les esperaban 14 hijos, 28 nietos y seis bisnietos. Todos Alegría.

Ubicación al escribir esta entrada:
Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50'W

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4 comentarios:

VICKYZOE dijo...

Que hermosa forma de rendirle un tributo al tiempo.. Bravo!

hijo dijo...

cómo mierda se te ocurre matarle la mujer a paco, tu eres marico o escuchas changa tuki????

que feo eso

La Perfecta dijo...

Es hermoso tener una certeza que te haga sonreir :D
Gracias por recordármelo.

Besitos!!

PD: me encanta que estén de vuelta las "Recomendaciones de hoy"

Litro dijo...

olé olé olé... chamo chamo!!!
olé olé olé... paco paco!!!