5.6.06

Querido inspector de tránsito


Caracas, 5 de junio de 2006

¡Gracias! ¡Mil gracias, inspector! Usted ha sabido forjar mi carácter. Después de tantos encuentros, su cosecha ha dado frutos. Dejé la rebeldía y entré derechito en el carril del sistema ¿Para qué estar en regla? Por su obra y gracia soy sobornador de oficio. Hemos pasado juntos muchos momentos memorables. Son tantas las cosas que me ha enseñado. No sé cómo agradecerle. Usted, camaleón de mil batallas, ha sabido engañarme una y otra vez. Unas veces uniformado como cualquier policía municipal de esta ciudad; otras, acompañado por un grupo de metropolitanos. Es más, recuerdo aquella vez que me detuvo vestido de civil. ¡Usted y sus vainas, inspector!

“Esto es un procedimiento de rutina”, me dijo aquella vez. Fue cuando le pregunté el por qué de mi detención. ¿Recuerda? Me paró, por primera vez, en esa calle de Plaza Venezuela, la que da hacia la torre Polar. Yo tenía 18. Usted llevaba el mismo tiempo en la inspectoría. Me pidió los papeles y se los di. Recuerdo que mi certificado médico estaba vencido. Había expirado un par de días atrás.

“El carro se va retenido”, me dijo con tono intimidador. Yo repliqué de inmediato, pero usted seguía (sigue) con su actitud intransigente. Parecía firme. Iba a llamar a la grúa para remolcar mi carro hasta algún estacionamiento por la Panamericana. Me contó que en ese lugar desvalijaban carros cada minuto. Habló no sé de cuántas unidades tributarias de multa. Le creí. ¡En qué peo me metí! Después, echo el pendejo, abrió la Ley de Tránsito y dijo: “Chamo, te ves buena gente. Pon quince luquitas en el librito y te vas”. Lo hice y me fui. Fue el principio de nuestra interesada relación.

Un tiempo después me puse a ojear la fulana Ley de Tránsito y resulta que por no portar el certificado médico —o tenerlo vencido— me tocaba una amonestación verbal. ¡Vaya que lo hizo bien, inspector! Ese episodio sería el primero de muchos.
Luego, usted comenzó a aparecer en todas partes. Confieso que le tenía miedo. Estaba paranoico. No podía pasar a su lado, porque de inmediato me hacía las señas de costumbre y me tocaba orillar a la derecha. No sé por qué me perseguía. Después supuse que quería ser mi amigo. Sólo los amigos piden plata de esa manera: sin vergüenza, cero desparpajos. Siempre querías —te tuteo, porque ahora somos panas— algo de plata para los frescos o pal café. Tanta cafeína te puede hacer daño, inspector.

Debo decirte que, de un tiempo para acá, he tratado de evitar algún encuentro contigo. Sé que eres lento y torpe, por eso tomo la autopista. Nunca estarás por ahí. También sé que sales de tu cueva —o inspectoría, que es lo mismo— puntualmente los quince y último de cada mes. Vas de cacería. Estás al acecho. Buscas una presa fácil que te dé “algodón” para resolver tu maltrecho sueldo. Es que ya te lo gastaste en caballos y triples. No puedes llegar donde tu mujer con esa cara de inspector. Te conozco bien. Sé exactamente donde colocas las alcabalas, cuales son tus semáforos favoritos. También tengo conciencia de tu pereza, por eso es imposible verte los domingos o al final de la tarde un día que no sea de cobro. Te conozco, pajarito.

Sinceramente, no quiero que nos pongamos melancólicos. Esta carta no es para eso. Sé que extrañas que, como siempre me dices, “te piche algo de rial”. Yo también extraño estar parado a un lado de la vía dándote explicaciones. Pero lo que motiva todo esto, es felicitarte por las cinco décadas que cumple este año tu institución. Y, por supuesto, darte las gracias. Gracias por darle licencia de conducir a cuanta persona se baje de la mula. Mil gracias por no aparecer cuando hay congestionamiento o algún choque en la vía. Un millón de gracias por ser el perfecto prototipo de la mediocridad de mi país —nadie lo hace mejor que tú—. Infinitas gracias por dejarme claro que ser inspector no es mi vocación. ¡Gracias totales, hermano!

Sinceramente
El Chamo del 114

Ubicación al escribir esta entrada:
Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50' W
Ilustración: hijo
Contacto: elchamodel114

4 comentarios:

Khabiria dijo...

Me encantó, me identifico plenamente contigo...es como si estuviera leyendo mi historia...pero no te creas, tambien aparecen en las autopistas, a veces los he visto en la salida de la Yaguara...los encuentras en pareja, (dos inspectores y dos policias municipales) en casi todos lo semaforos, favoreciendo el ya colapasado tráfico caraqueño....son un monumento a la ineficiencia....

hijo dijo...

habiendo tenido que vivir con la vergonzosa marca de peaton toda mi vida, y habiendo cumplido con el osado papel de copiloto y hasta de chispita (el que va atrás sin derecho a pataleo), con la mano en el pecho y la otra en el bolsillo digo: oh grandes fiscales de tránsito!

su encomiable labor es símbolo de que en Venezuela sí se puede salir adelante, aún cuando sea permaneciendo inmóvil en una esquina sin hacer mucho. salve, grandes héroes de la patria!

PD: al que no le gusten los fiscales, los dias de parada para los perreros y el olor de traki en dias de sol, que se vaya. si hay chance, que me lleve.

Anónimo dijo...

Me puedes explicar a qué huele Traki los días de sol? y por cultura general, los de lluvia?

Gracias!

LuisCarlos dijo...

-Ponme la multa
-Bueno pero eso lo podemos arre...
-Ponme la multa
-Mira, chico, el carro queda retenido.
-No, usted me pone la multa y yo sigo mi camino.
-Ah, ¿pero arzadito el carajo?
-No, abogado.
-Entonces apadrinadito
-No, arrecho y con la suegra en mi casa
-Siga su camino...

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Pero me gusta la sinceridad de los tipos. Siempre sabes qué almorzaron cuando le ves el mostacho.