25.1.07

El mejor en el oficio

Mi mamá nunca imaginó que me vería el lunes treinta de mayo de 2005 en el diario El Progreso. Ella no es muy amante de los diarios. Particularmente odiaba El Progreso. Yo, que era un poco más aficionado a la lectura, sí recorría sus páginas. Mi hobby consistía en encontrar errores, señalarlos y enumerarlos. Era realmente bueno en mi oficio. Al principio todo comenzó sin pensarlo mucho. Recuerdo el primer titular. A cuatro columnas se leía: “Resagada la delegación criolla”. Lo marqué con color rojo, mi color favorito. De a poco aquella mundana afición se convertía en obsesión. El promedio era de cuarenta errores en cada edición. Habían días gloriosos, días de setenta errores. Comencé marcando errores ortográficos, pero me hice cada vez más exigente. Entonces resaltaba errores de estilo y diagramación, todos en rojo. La edición 3245 estuvo inmaculada en doce de sus páginas. Aquella edición, la 3245, se convirtió en particular entretenimiento. Pasé semanas enteras revisándola en detalle. Buscando algún error de impresión en esa docena de páginas que, para aumentar mi desesperación, eran consecutivas. Por fin encontré un gazapo en un aviso de la tintorería Marbella. El número telefónico era incorrecto. El que aparecía en esa edición correspondía a una familia que vivía en la Plaza Miranda. Lo supe cuando llamé. Hablé con la señora de la casa y le insistí varias veces. Siempre me dijo que estaba equivocado, que ahí no había ninguna tintorería. Me lo juró. También me dijo que nunca nadie había llamado para preguntar por la Marbella y entendí que ese aviso, abajo en página par, no era muy rentable. Llamé a la tintorería Marbella y le comenté al dueño, un señor muy amable, por cierto, que el aviso no surtía efecto, que debía ubicarlo en otro sitio. Días más tarde, hurgando en las páginas de El Progreso, vi que los de la Marbella siguieron mi consejo y, por suerte para ellos —que no para mi— el número ahora era el correcto. El domingo 29 de mayo de 2005 me levanté muy temprano. Tenía ganas de desayunar, como lo hacía cada día, dos empandas de carne, de esas que son bien generosas, con un jugo de melón mientras leía el periódico. Ese día, Manuel, el del quiosco, no tenía El Progreso. No puedo negar que me perturbó. Tanto, que fui a La Paragua a buscarlo. Seguro allá lo conseguía. No llegué a La Paragua, ni a desayunar, tampoco cené. Nadie supo de mi hasta el día siguiente, cuando ocupé la última página de El Progreso, una página marcada de rojo, otra vez gracias a mis buenos oficios.

7 comentarios:

hijo dijo...

yep, definitivo... desde siempre, A.5 era la elección indicada.

kudos, mah friend

Angelines dijo...

Todo por encontrar "El Progreso"... ¿no?

21 puntos caballero

Muvimeiquer dijo...

Las memorias del progreso...

¿Por qué las memorias del progreso siempre terminan en rojo?

Ir a la luna: unos cuantos astronautas en rojo durante el intento.

Acabar con el comunismo: unos cuantas tumbas en rojo.

Acabar con la democracia: unos siete años en rojo.

Acabar con la niñez femenina: unas cuantas gots en rojo.

Acabar con el planeta: ¿Huir a un planeta rojo?

El progreso siempre va de rojo.

Anónimo dijo...

Viva el chavismo recalcitrante.

Y ustedes todavía creen que son mayoría

Acuario dijo...

Conclusión: El chamo del 114 juega rojo...

PD.- Quiero leer una "secuela" (o precuela) de esta historia.-

Fran Monroy Moret dijo...

Excelente historia, muy bien contada.

Katyca dijo...

muy gracioso tu reseña sobre un periódico regional... Será que todos son así? cuando estaba en la universidad, nos mandaban a comprarlo y a buscarle todos los errores y horrores que uno pudiese encontrar. Como que están hechos para eso?

Saludos chico del 114!!

Katyca!!