25.3.07

Crónicas de un mochilero XXIII

Bruselas ¿y ahora qué?


La cultura del tren en Europa comenzaba a sorprenderme. Nunca había imaginado a la gente viajando en tren con sus bicicletas. Así era. Habían compartimientos dispuestos para ello, para llevar bicicletas que es un transporte muy común en muchas ciudades europeas. A mitad de camino desde París, un empleado del tren pasó diligentemente chequeando los boletos. Se desplazaba por cada vagón. Me habían recomendado que llenara previamente el ticket para no hacer molestar a los empleados que tenían la potestad de multarme. Así que al abordar llene mi boleto de múltiples viajes con mi destino final ese día: Bruselas.

Estos hombres, los empleados del tren, tienen mala fama entre los mochileros. Por lo general se tiene el concepto de que son amargados. En realidad vienen a ser los enemigos naturales de cualquier mochilero, los primeros depredadores de la cadena —los carteristas y policías les seguirían, en ese orden—de ahí vienen los roces. Cada quien hace su trabajo. Los mochileros expertos tratan de viajar sin pagar y los empleados del tren no pueden permitir que esto suceda. Es una relación en donde no hay buenos ni malos. Sólo mochileros evadiendo a la gente del tren. Yo no necesitaba esconderme, por ahora. Tenía boletos pagos por los próximos trece viajes en tren. El empleado de turno, un hombre regordete, me selló el boleto y siguió en lo mismo asiento por asiento, vagón tras vagón.

El tren llegó a Bruselas unos minutos antes de lo previsto. Cuando me monté pensé que era un tren directo, pero hizo varias paradas durante el recorrido. A pesar de esto, habíamos llegado sin que el reloj lo notara. Le habíamos ganado una batalla al itinerario. No tenía claro si me iría directo al hostal o comenzaría a recorrer la ciudad. Inmediatamente lo que más se me apetecía era bajar del tren. De Bruselas tenía referencias muy vagas. Así que esta ciudad sería un verdadero descubrimiento.

En la estación Bruxelles-Midi comenzó mi recorrido por esta ciudad bilingüe de barrios medievales. Todas las señalizaciones y letreros estaban en francés y neerlandés. Tomé un folleto en la caseta de turismo que me dio luces. Ya lo tenía claro. Iría rumbo al centro de la ciudad a buscar el Manneken Pis.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Como quisiera pasar ileso en un Tren Europeo...
Crónicas de un Sueño no Logrado.

La niña del bigote dijo...

Eeeeee, qué felicidad, el mochilero is back...y en un lugar donde hablan las lenguas que tanto amo...hermoso regalo para un domingo!

Gracias chamín del 114!

Anónimo dijo...

No te engañes, bigotuda. El belga es al idioma francés lo que un maracucho ordinario, malandro y grosero (que se fue a vivir a México hace más de 14 años y que gusta de imitar a Don Omal) es a la lengua castellana.

PD: Bonito inciso, el mío