16.4.06

Crónicas de un mochilero (I)


Primero lo primero: La Mochila

Para hablarles de mi primera mochila es necesario que les presente a El Primo. El Primo no es un cumanés radicado en Caracas, es en realidad mi primo de sangre. Todos lo conocen por ese mote. Cuando digo “todos” me refiero a cinco de cada siete personas y pueden creerme: no miento. Seguro será concejal en algún momento. No lo sé. El Primo estudia filosofía y ha viajado mucho por Venezuela, además tiene experiencia con mochilas y era el consejero perfecto para un novato como yo, así que lo convoqué para que me asesorara.

Fuimos a varias tiendas a preguntar por los precios y características de los backpacks. Ese día me enteré que así les decían y también supe que su capacidad era medida en litros. Todas las mochilas que veíamos me parecían brutales. Con un montón de cierres y cuerdas que brotaban por todos los costados, compartimentos secretos —que no entendía para qué servían— y características especiales dependiendo el tipo de uso que se le dé. Yo estaba impresionado y confundido. El Primo, en cambio, ponía rostro de circunstancia y probaba cada mochila que veíamos como calibrando su calidad. Buscábamos una que fuera suficientemente liviana, pero a la vez grande para guardar en ella todo lo necesario para sobrevivir en Europa por dos meses. Además, la mochila tenía que ser resistente y debía estar reforzada en el espaldar para no lastimar mi columna.

Una de las tiendas que visitamos estaba en el C.C. Chacaito. Era la tienda menos surtida de todas. Tenía muy pocos artículos en exhibición y parecía que estaban liquidando la mercancía. Confieso que cuando entramos no me dio muy buena espina. Saludamos a la encargada —muy linda, por cierto— y comenzamos a observar los bultos que colgaban muy bien ordenados sobre unas repisas especiales.

— ¿De cuántos litros es aquella?— preguntó El Primo a la encargada mientras señalaba hacia una esquina de la tienda.

— 75 litros— respondió ella inmediatamente.

En ese momento la encargada, como buena vendedora, empezó su discurso de rigor en donde enunciaba todas las características del producto. Nunca presté atención a lo que decía. Mientras ella hablaba sin parar, yo no me enteraba de nada. Simplemente me quedé viendo aquella mochila Acadia azul de 75 litros con barras internas de aluminio, grandes cierres YKK y bolsillos laterales que El Primo había señalado un par de minutos atrás. Ella seguía hablando y yo dirigí la mirada en dirección a El Primo. Él me vio y supo de inmediato que habíamos dado con lo que buscábamos.

Esa noche llegué a casa y le mostré a todos mi nueva adquisición. Me la probé estando vacía, sin imaginar que nunca más la usaría así. Me sentía muy cómodo. Sabía que la mochila sería muy útil, pero nunca pensé que en las próximas semanas se convertiría en mi fiel compañera.

Recomendaciones de hoy:

El blog: Un Francais en Argentine - El sitio: Jaulabierta - La peli (no pregunten por qué): Slam, dirigida por Miguel Martí - El trago: Eastern Manhattan - La Ñapa: La canción de la Semana Mayor

Ubicación al escribir esta entrada:

Latitud 10° 30' N, Longitud 66° 50' W

2 comentarios:

hijo a.k.a. fils dijo...

Yo una vez fui a Francia. No recuerdo como fue ni como se llamaban las calles, pero si vi la torrecita de las postales. Fui con mis amigos del colegio y dos Power Rangers (la rosada y el pargo de verde). La cola nos la dio Pierre Nodoyuna. En el zoo vimos a Pepe le peu y al rey de la selva: el Olympic Lyonnais. Aprendi que a los cruasans los pronuncian de manera crocante y al petipuá con una pequeñísima burbujita de saliva al final de la lengua.
Lo mejor de todo fue que no tueve que desempacar, contar anécdotas ni mucho menos inventar excusas por la ausencia de "recuerditos" para los allegados. El hecho, en sí, nunca fue.

Tio Bob dijo...

te piensas ir de mochilero?? a donde?